02 de abril de 2014
02.04.2014

Suárez: honrar al muerto, desdeñar al vivo

02.04.2014 | 02:25

La pulsión necrológica nacional se sustenta en una asombrosa capacidad para lavar cadáveres y centrifugar memorias. Vean el mayor ejemplo en Suárez, que anteayer obtuvo frente al desdén del pasado la aflicción del presente, en medio de invocaciones a la Guerra Civil y con la siniestra sombra de Obiang en el funeral de La Almudena.

Se ha instrumentalizado el muerto ad nauseam. El coro de plañideras ha repetido "hay que tomar ejemplo deAdolfo Suárez, aprendamos de él". Y luego cada cual ha tirado del hilo de acuerdo con sus intereses, pidiendo una lectura acertada del más bello de todos los difuntos: una sagrada exégesis acerca de la concordia y la Constitución. La España funeraria ha quedado reflejada en el óbito del primer presidente de la democracia, un hombre sin memoria del que ya nos habíamos olvidado hace tiempo. ¿Acaso alguien se acordaba de Suárez antes de que su hijo saliese por sorpresa a anunciar que a su padre le quedaban todo lo más 48 horas? No.

El retrato de las honras fúnebres por el héroe trágico ha dejado a la vista un país confuso, huérfano de líderes, consecuentemente hundido por su ánimo errático y su decepción democrática. Los políticos, algunos de ellos, como Felipe González, que le despreciaron y llegaron a perseguir hasta el punto de neutralizarlo en aquella encerrona de la historia que precedió al 23-F, han pronunciado frases huecas y llorado lágrimas de cocodrilo. Nadie ha querido quedarse al margen de la necrofilia de Estado.

No solo fue Suárez, desgraciadamente y por culpa de una terrible enfermedad, el que perdió la memoria. Su muerte nos ha permitido rebobinar en la historia y, sin embargo, solo nos hemos quedado con la carga emotiva y honrada que proyecta el hombre solitario, piloto de laTransición. Pero si nos detenemos en todas las imágenes tendremos que admitir también la auténtica verdad de Suárez y de su destino. Eso incluye los claroscuros: entre ellos la desafección del Rey que había recurrido a él como el hombre providencia para acabar dejándolo tirado en la cuneta.

España le ha rendido al muerto la gloriosa honra que le negó en vida cuando decidió enterrar a un político incómodo, condenándolo al olvido. ¿Cuántos votaron a Suárez en 1982? ¿Cuál era la opinión general de entonces sobre el exfalangista que tuvo que reciclarse para encabezar la demanda de libertad de un país? ¿Cuántos demócratas sucumbieron al temor de la intentona militar para dejarlo solo frente a ella en compañía de aquel general anciano? Todo eso y muchas cosas más sucedieron en aquella España pobre que abrigaba las ilusiones de ser un país como los demás deEuropa occidental.

Entonces estaba claro cuáles eran los objetivos. No parece así ahora. Los españoles sabían lo que querían y por qué luchaban. Es cierto que se trataba de un ideal básico, pero eso no quita que, siendo mucho más bisoño, el pueblo comprendiese las necesidades de la política y de la conciliación, como ha escrito acertadamente Fernando Savater. Hasta que, nublado por sus propios representantes soberanos, dejó de hacerlo.

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