El testigo, que trabajó en la explotación con los acusados José Emilio Suárez Trashorras y Raúl González Pelaez --con el formó pareja-- indicó que a primera hora de la mañana cuando llegaban al trabajo "el primero que se cambiaba" pedía las llaves al vigilante para recoger los detonatores que necesitara para la jornada, y que se encontraban guardados en un minipolvorín.

"La llave se iba dejando de unos a otros para que cada uno cogiera lo que necesitaba", dijo el testigo que explicó, además, que el mismo llavero incluía también las llaves de acceso a los minipolvorines donde se guardaba el explosivo. Cuando ya no hacía falta, el llavero se dejara "en el cruce de caminos", destacó y añadió que todos los trabajadores, incluyendo los antiguos, conocían el lugar donde quedaba depositado.

Relató, además, que cuando sobraban cartuchos al final de la jornada, se quedaban "en cajas abiertas" en la boca de la galería o escondida "en el tajo". Añadió que el vigilante, Emilio Llano, nunca le dijo que tenía que devolver el explosivo sobrante y recalcó que éste no se destruía al final de la jornada.

"Todos los compañeros utilizaban explosivos o detonadores y todos ellos tenían acceso a ese material", puso de manifiesto el testigo.

López, añadió que actualmente trabaja para otra de las explotaciones de la empresa, la mina Arbodas, y destacó que la seguridad en otros yacimientos de la compañía era mayor y que aumentó más aún tras los atentados del 11 de marzo de 2004.

Explicó, además, que los últimos días de cada mes se medían los metros de trabajo realizados por cada minero y que, en función de la media resultante, se descontaba de sus sueldos el explosivo utilizado.