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Elecciones 23J

El sueño de Feijóo se esfuma

Su trayectoria la jalonan triunfos incontestables que enterraron a una larga lista de rivales hasta que ayer ganó pero no derrotó a un resiliente Pedro Sánchez

Alberto Núñez Feijóo.

Alberto Núñez Feijóo. / Fernando Montecruz

Santiago

Hace quince meses, Alberto Núñez Feijóo asumía el liderazgo del PP nacional. Para muchos de su propio partido tomaba las riendas de la primera formación en la bancada de la oposición con retraso, pues entendían que debía haber dado un paso adelante en 2018, cuando Mariano Rajoy perdía la moción de censura y en consecuencia dimitía como presidente de los populares. Feijóo hizo las maletas y se fue a Madrid con un objetivo: devolver al PP a La Moncloa. No lo ha logrado. Ha ganado las elecciones, pero la suma con Vox no le permite gobernar. Le faltan socios dispuestos a auparle a la presidencia del Gobierno. No ha cumplido las expectativas. Tras la debacle del PSOE en las municipales, el PP ya se veía de regreso en el poder.

Feijóo acarició el sueño que albergó durante años desde Galicia, donde siempre estaba atento a lo que sucedía en la capital, donde se dejaba ver y querer. Tras las elecciones municipales de mayo, el sueño parecía que estaba a su alcance, y después del tenso debate con Pedro Sánchez en el arranque de la campaña casi lo tocó, tanto que ya hablaba con tono presidencial y pensaba en caras para sus ministerios, pero al final el sueño se truncó. Se esfumó. ¿Por qué? Porque el electorado de izquierda se movilizó, porque el miedo a que Vox entrara en el Gobierno le pasó factura, porque aunque Feijóo hizo campaña marcando distancias con la formación de Santiago Abascal y apelando al voto útil y pidiendo una mayoría absoluta, los ciudadanos veían en el telediario como el PP pactaba con la extrema derecha en Valencia, Baleares, Extremadura... Y porque el PSOE sacó la artillería en la recta final, recordó la amistad de Feijóo con Marcial Dorado, explotó el error del líder del PP con las pensiones...

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Es la primera vez que Feijóo gana unas elecciones generales, pero pierde porque tiene casi imposible tocar poder. En Galicia ganó la primera vez que se presentó en marzo de 2009, y coleccionó cuatro mayorías absolutas. Puede ser también la última vez que Feijóo gane unos comicios. Sus propias declaraciones, no ayer, insinuando que ésta era su única oportunidad, permiten entrever que el político gallego no será jefe de la oposición en el Congreso. Dos barones autonómicos, como lo fue antes él, despuntan ya desde hace tiempo para sucederle: Isabel Díaz Ayuso y Juanma Moreno.

En los quince meses que Feijóo se puso al frente del PP, no faltaron voces críticas internas con su gestión, con su forma de hacer oposición, con su estilo... Los mismos que le apoyaron para apartar a Casado, parecía que dudaban del relevo, pero la debacle socialista en las elecciones de mayo acalló esas voces y todos a uno se encomendaron en la lucha por el poder. ¿Qué pasará ahora?

Más allá de lo que declaró anoche desde el balcón de la calle Génova, con 61 años, Feijóo podría acercarse al final de su carrera política, una carrera de tres décadas jalonada de éxitos, que empezó en 1991 tras unos años juveniles de coqueteo con la izquierda y de rechazo a participar en política, hasta el punto de que no se afilió hasta pasados los 40 al partido que ahora dirige. Pero antes dará la batalla. Su candidatura es la más votada y reivindica su “derecho” a intentar formar gobierno, pero él y los suyos saben que lo tiene muy difícil, por no decir imposible.

¿Cuándo empezó la carrera política de Feijóo? Allá por los años noventa, cuando comenzó a despuntar como empleado público en la Xunta de Fraga. Fue entonces cuando entró en su vida el hombre que lo guio, aconsejó y promocionó hasta llevar su carrera a lo más alto. Esa persona fue José Manuel Romay Beccaría, uno de los barones del PPdeG que encarnaba la corriente del “birrete” frente al sector de la “boina”, esa parte del partido de corte más galleguista y “enfrentada” a Madrid.

A Romay, como conselleiro de Agricultura, una tercera persona le habló bien de Feijóo. Buscaba un secretario xeral y se le trasladó la propuesta a Feijóo, pero la rechazó. No quería entrar en política y luego ya no abandonaría el despacho oficial. Pasaron dos meses y en un viaje de avión de Buenos Aires a Madrid fue cuando le dio por rumiar su decisión. La plaza seguía vacante y en julio de 1991 aceptó el envite. Ahí se inició el idilio con Romay, su padrino y mentor político, que aún mantiene intacta su influencia.

En 1991 Romay cambia la Consellería de Agricultura por la de Sanidade y se lleva a Feijóo, de nuevo, como secretario xeral técnico. Y ahí estuvo en el puesto hasta 1996, cuando Aznar gana las elecciones generales y nombra a Romay ministro de Sanidad. Como no podía ser de otra forma, Romay se marcha a Madrid acompañado de Feijóo, a quien convierte en presidente del Insalud. Sigue sumando puntos como gestor y tecnócrata, etiquetas que no le disgustan. Esta condición no pasó inadvertida para el todopoderoso Francisco Álvarez Cascos, que lo “ficha” en 2000 como director general de Correos.

Inicio del camino

Dos años después se afilia al PP, por la provincia de Ourense, y es entonces cuando comienza la historia de verdad de Feijóo como político. Pero no por obtener el carnet de militante, sino por al accidente del Prestige, que actuó como desencadenante del ascenso lento pero sin freno, del de Os Peares.

La dirección nacional del partido aprovecha la catástrofe para ajustar cuentas con el sector de la “boina” y, al mismo tiempo, poner los cimientos del despegue de Feijóo, que volvía a Galicia, de nuevo, por recomendación de Romay.

El hasta ese momento eterno delfín de Fraga, el conselleiro de Política Territorial, José Cuiña, fue laminado en enero de 2003 del Gobierno gallego porque una de las empresas familiares vendió material para recoger el fuel del Prestige. Su puesto en el Consello lo cubrió Feijóo, que iniciaba así otra etapa en Galicia. Fraga lo ascendió a vicepresidente primero en septiembre del año siguiente, teniendo a José Manuel Barreiro como vicepresidente segundo.

En 2005, Fraga ganó las elecciones pero perdió la Xunta a manos de la coalición PSOE-BNG, lo que le abrió las puertas a ser Feijóo el sucesor, aunque había varios precandidatos: José Cuiña, Enrique López Veiga, Barreiro... Finalmente se impuso el niño de Os Peares, aunque el favorito de Fraga era otro (Barreiro).

Ahora tocaba recuperar la Xunta. Tenía escaño en el Parlamento y como líder del PPdeG inició una oposición muy dura, sin tregua, contra el bipartito, que fue a más durante la campaña, utilizando todas las armas a su alcance.

Contra pronóstico, el PP ganó las elecciones autonómicas de 2009 y desde entonces ya no se bajó del tren del éxito. A esa primera mayoría absoluta, solo por un diputado, siguieron otras tres consecutivas cada vez más holgadas: en 2012, 2016 y 2020. No hubo manera de meterle mano, mientras que por el Parlamento iban desfilando contrincantes y cambiando su orden de representación los partidos que competían con él.

Los triunfos incontestables de Feijóo tuvieron otros efectos colaterales. Madrid le miraba cada vez más de cerca y en Galicia cosió el PP, llevando al ostracismo a las baronías que en tiempo de Fraga mandaban casi tanto como el propio Fraga. Con Feijóo solo manda Feijóo. Tanto en la Xunta como en el partido, aunque sí sufrió una derrota interna, cuando quiso frenar que José Luis Baltar dejara en “herencia” a su hijo José Manuel la Diputación de Ourense y la presidencia del PP. Lo intentó promoviendo un candidato alternativo, pero perdió ante el clan Baltar. Esa derrota se ha corregido ahora en parte dejando, por de pronto, a José Manuel Baltar fuera de la Diputación.

En su gestión en la Xunta hubo luces y sombras, pero estas últimas no le pasaron factura ante el electorado, como fue promover la fusión de las cajas de ahorro que acabó dejando a Galicia sin entidades financieras propias, anunciar un acuerdo millonario de la petrolera Pemex con Barreras que no solo no se materializó sino que el mayor astillero privado de España está hoy en liquidación, romper el consenso lingüístico de la era Fraga, triplicar la deuda de la comunidad o conocerse, mediante la publicación de unas fotos, que veraneaba con el contrabandista de tabaco Marcial Dorado –más tarde condenado por narcotráfico–.

Con cada vez más notoriedad y predicamento en Madrid, ciudad en la que se prodigaba en medios de comunicación, y con una proyección política reforzada por sus cuatro mayorías absolutas en Galicia, una rareza en el contexto español, se convirtió en el barón más poderoso del PP. La caída de Mariano Rajoy le abrió las puertas a liderar el PP nacional. No lo hizo. En 2018 prefirió quedarse en Galicia. Volvió a ganar las autonómicas en 2020 y tras la defenestración de Pablo Casado y ser reclamado y aclamado por todo el PP para que compitiera por la presidencia del partido, ahora sí que aceptó. Y ganó el congreso claro, en el que no había contrincantes. Y dejó su sucesión atada en Galicia, dando el relevo a Alfonso Rueda, su número dos durante muchos años. ¿Afronta ahora una nueva sucesión? ¿O el destino le brindará una nueva oportunidad con una repetición electoral? 

Resultados elecciones generales 23-J

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