De haberse celebrado elecciones solo en el País Vasco, en Génova y sus baronías de extrarradio la noche electoral habría tomado un cariz bien distinto, con Pablo Casado tratando de atemperar el batacazo. Pero por todo esto se pasará de puntillas gracias a la victoria de Alberto Núñez Feijóo, que encarna como nadie el doble discurso autonómico de PP. La doctrina Casado traza una línea sibilina entre el nacionalismo rampante y guerracivilista con que Génova demoniza los localismos de la banlieu autonómica y presenta a Feijóo como ejemplo de regionalismo templado que mira hacia la unidad de España. Donde Casado apretaba con la crispación y la deslealtad propias del griterío de la oposición, el gallego salía de cada reunión de presidentes autonómicos con el discurso de la mesura que se espera de un dirigente responsable. En contra de lo que se proponía desde los despachos de Génova, Núñez Feijóo hizo caso omiso de los mensajes que le aconsejaban posibles acercamientos a los restos del naufragio del partido de Arrimadas o de evitar tratar a Vox como la camada negra del fascismo que en realidad representa. "No creo que sea bueno para los gallegos", apuntó. El ganador de las elecciones ha sabido navegar entre ambos votantes y su victoria ha salvado los muebles de la discutible oposición que su presidente nacional ha ejercido desde la imposición del estado de alarma. Ese discurso centrista constituye el premio recogido en las urnas por el jefe de la Xunta, cuya victoria ha sido incontestable. En Galicia ha triunfado el mensaje de la temperancia en la misma medida que en Euskadi ha fracasado el del frentismo. Casado tomará nota por una sencilla cuestión climatológica: de Galicia proceden todas las borrascas, pero también los anticiclones, y si bien Feijóo ha procurado una relativa calma chicha en la sede del partido, no debe olvidarse que en el Cantábrico se ha pasado de marejadilla a fuerte marejada. Y en Madrid van a tener que aprender a navegar.