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Cuatro generaciones de soldadores en Citic Censa: una saga familiar soldada a fuego

Daniel Canabal ha entrado a trabajar en Citic Censa. A sus 18 años tiene como compañero a su padre, Iván, que lleva casi tres décadas en la «casa», un término que aplica más que nunca en este caso: el abuelo, Quique, y el bisabuelo, Francisco, también formaron parte de la «familia» de la gran calderera de O Porriño. Son cuatro generaciones soldadas a una pasión

Daniel Canabal, Iván Canabal y Quique Canabal, en las instalaciones de Citic Censa.

Daniel Canabal, Iván Canabal y Quique Canabal, en las instalaciones de Citic Censa. / Pedro Mina

Adrián Amoedo

Adrián Amoedo

Vigo

Desde hace dos meses, cuando un Canabal remata su turno de trabajo y sale por las puertas de Citic HIC Gándara Censa, otro entra. Se trata de Daniel, que con 18 años ha comenzado su andadura en el mundo de la soldadura, y su padre, Iván, que lleva ya casi tres décadas desarrollando este oficio en la empresa. Cuando el joven comenzó, su progenitor le entregó parte del equipo necesario antes de que empezasen a saltar las chispas. En concreto, una pantalla de soldadura, ya algo desgastada tras haber vivido cientos de jornadas, pero de una calidad que ya no abunda y, sobre todo, con un componente sentimental: en un lateral tiene un nombre escrito a mano, «Quique», por Enrique Canabal Lozano, abuelo de Dani, que llegó a la fábrica tras recibir la llamada del bisabuelo de este. En total, cuatro generaciones que llevan el oficio de la soldadura «en la sangre».

La industria del metal adolece, como otras, de falta de relevo generacional: no atrae a los jóvenes como antaño. Por eso, casos como el de Dani representan casi una rara avis. Como recuerda su padre, cuando él empezó había varios que tenían 18, 19 o 20 años. Hoy, el que menos años le saca a su hijo tiene 28. Y eso que, como reconocen los tres en una entrevista con FARO, Citic Censa «es como una familia» en muchos aspectos. «Hay varios padres e hijos trabajando aquí. En realidad, hay poca gente de fuera que no tenga relación con alguien que ya estaba dentro», comenta Iván Canabal.

Iván, Daniel y Enrique Canabal. En la pantalla, el nombre de «Quique» escrito a mano

Iván, Daniel y Enrique Canabal. En la pantalla, el nombre de «Quique» escrito a mano / Pedro Mina

En el caso de Dani lo suyo le vino evidentemente de familia, pero también es cierto que es el único de tres hermanos que ha optado por este camino. «Probé una vez y me gustó, quise aprender. Y con un padre soldador y un abuelo soldador, con más empeño», explica. Fue a través de una FP de mecánica cuando tuvo su primera experiencia. Solo era una asignatura, pero para él lo cambió todo. «Me llamó la atención y decidí hacer un curso de soldadura», señala. De ahí dio el salto a la escuela lanzada por Quattro Formación en la antigua Barreras (hoy de Grupo Armón), pero el naval no le llamaba la atención y surgió la oportunidad de Citic.

Cuando entró y recibió la pantalla de su abuelo cerró un círculo de cuatro generaciones de una familia que, además, ha conocido de primera mano las idas y venidas de la calderera. De los tres, Quique (69 años) fue el más joven en entrar a formar parte de Censa como soldador, profesión por la que sentía «inquietud». Fue a los pocos días de cumplir los 18 y de la mano de su suegro, Francisco García Rico, encargado de calderería y bisabuelo de Dani. Por sus ojos pasaron todas las épocas de la empresa: desde sus primeros pasos como Construcción de Elementos Normalizados SA (Censa), pasando por los cambios de nombre y propietarios (incluyendo la sociedad anónima laboral, SAL) y hasta la llegada de Citic en 2011 a cambio de algo más de 50 millones de euros.

La bienvenida de Citic Censa a Daniel Canabal

La bienvenida de Citic Censa a Daniel Canabal / FdV

Cuando Quique llegó a las naves de O Porriño había unas 800 personas trabajando en ellas. Cuando se jubiló hace ocho años, llevaba ya una veintena compartiendo puesto de trabajo con Iván y con los otros más de 200 trabajadores que vivían el renacer de la empresa de la mano del grupo asiático, con el que lograron, entre otros, el pedido más grande de su historia (17 millones para un proyecto minero). «Renovaron toda la fábrica de punta a punta, metieron mucha maquinaria nueva e hicieron mucha inversión aquí dentro», explica el padre de Dani. «Fue lo mejor que le pudo haber pasado a esta empresa», estima por su parte el patriarca familiar.

El futuro ahora pasa por las manos del último eslabón generacional de los Canabal y por las de sus compañeros. Su objetivo es el de emular el ejemplo de su abuelo —«ojalá seguir aprendiendo y poder jubilarme aquí»—, que le aconseja «que haga lo que le gusta y que disfrute», y el de su padre, que le anima a «ser humilde» y a «fijarse en los compañeros y en los que saben realmente» para continuar su formación. Al fin y al cabo, como demuestra el caso de esta familia, «la soldadura es algo que tienes que tener dentro».

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