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El encarecimiento del alquiler pone contra las cuerdas las prácticas de miles de estudiantes de Galicia

Los altos precios y la escasez de la oferta por el uso turístico dejan en el aire el alojamiento

Las empresas avisan de que afecta también a las plantillas

Miguel Casal en las cocinas del CIFP Manuel Antonio de Vigo.

Miguel Casal en las cocinas del CIFP Manuel Antonio de Vigo. / Jose Lores

Vigo

Flambear platos, preparar una exquisita bechamel, controlar temperaturas de cocción o emulsionar salsas. Miguel Casal aprendió diferentes técnicas culinarias con las que estaba cocinando su futuro, pero no se lo iban a servir todo en bandeja. Este joven chapelano de 21 años estudia el grado superior en Dirección de cocina, impartido en el CIFP Manuel Antonio de Vigo. «Al ser un ciclo dual -explica-, tenemos seis meses de teoría y seis de práctica durante dos años, con treinta días de vacaciones». El primer período de formación se realiza en el instituto y culmina con las prácticas en empresas del sector. «Para entrar en la dual, primero tienes que hacer entrevistas. Si en alguna de ellas te cogen, firmas un contrato por un año, que comprende los seis meses del primer curso y los otros seis del segundo». El propio centro educativo propone tres empresas: Paradores, El Corte Inglés y la compañía de hoteles Eurostars. No obstante, el estudiante puede escoger otra entidad si consigue que lo acepte como alumno en prácticas y se reconozca como un establecimiento que apoya la FP dual.

«Una vez que se me adjudicó Paradores, me tocó Baiona. Viviendo en Chapela, no me importaba ir y volver todos los días, pero es cierto que es un tute», comenta el futuro chef, que actualmente cursa el último año del ciclo. «Esta vez, pedí el traslado al Parador de Cambados para vivir una nueva experiencia y seguir formándome de manera diferente», confiesa. Una oportunidad que tenía buena pinta, pero que resultó ser una receta mucho más compleja de lo esperado. La solicitud del traslado se gestionaba a fuego lento: «a menos de un mes de empezar las prácticas, aún no me han confirmado si aceptaban el cambio».

A falta de conocer su destino definitivo, Miguel se enfrenta a un problema mucho mayor, que choca con una realidad más cruda que un entrecot vuelta y vuelta para miles de jóvenes gallegos que, como él, dan el salto desde las aulas a la vida laboral: la dificultad para encontrar alojamiento. «A mí en las prácticas me pagan 670 euros, necesito encontrar un alojamiento acorde con mi sueldo. No me puedo gastar 500 euros porque me quedan 100 para vivir al mes. Entre luz, agua, coche y comida, estoy en números rojos. Además, si te avisan con tan poca antelación es extremadamente difícil encontrar algo», declara.

El estudiante está cursando el segundo año del ciclo superior en Dirección de cocina.

El estudiante está cursando el segundo año del ciclo superior en Dirección de cocina. / Jose Lores

También hay otros ingredientes que hacen que la situación se vuelva más amarga todavía. Ante los caros anuncios de los arrendamientos, que alcanzan los 1.900 euros, una de las soluciones más viables es compartir. Sin embargo, zonas como Cambados o Baiona no se caracterizan por ser lugares de residencia estudiantil y «dudo que consiga a un compañero de piso que se quede conmigo seis meses». Prácticamente la totalidad de los domicilios son pisos turísticos -de temporada corta- o solo están disponibles de septiembre a junio, por lo que julio y agosto quedarían fuera del contrato, «dos meses en los que sigo trabajando», detalla. La mayoría, añade, «pone de requisito ser profesor o un profesional sanitario», dejando fuera de combate a los jóvenes.

Su caso no es una excepción. Muchos de los más de 2.500 estudiantes que firman cada año en Galicia contratos de prácticas deben desplazarse a otras ciudades lejos de su domicilio habitual para realizarlas. La oportunidad de aprender y crecer profesionalmente llega, pero el alojamiento no suele venir incluido, aunque hay casos en los que sí. Entidades como Eurostars ofrecen hospedaje en sus propios hoteles a estos alumnos que dan sus primeros pasos en el mundo laboral. «Es muy cómodo que la empresa que te contrata te brinde alojamiento, ya que te despreocupas de buscar dónde quedarte y agobiarte por si no encuentras nada», relata una de las estudiantes gallegas que va a repetir allí sus prácticas este año. «También es mucho más rentable porque los que no tienen alojamiento en su empresa tienen que pagarlo de su bolsillo, con el sueldo que tenemos. En cambio, nosotros nos quedamos con todo el salario», corrobora un compañero.

«Una problemática real»

La falta de vivienda contribuye al encarecimiento de los alquileres, que han aumentado un 63,8% en los últimos diez años, según el Instituto Galego de Vivenda e Solo. Actualmente, el coste medio en Galicia es de 595 euros. A Coruña es el más caro de los siete grandes ayuntamientos gallegos (731€), seguido de Vigo (697,50€) y Pontevedra (667,30€).

«Obviamente la escasez de vivienda es un problemática real en España. Llevamos años con ese problema, pero es un hecho que ahora tiene más gravedad», señala Enrique Mallón, secretario general de la Asociación de Industrias del Metal y Tecnologías Asociadas de Galicia (ASIME), una de las organizaciones empresariales que tiene programas de formación en la comunidad. Es un asunto que trasciende el colectivo estudiantil y afecta directamente a la movilidad laboral: «si no hay una vivienda mínimamente digna, los trabajadores lógicamente no toman la decisión de moverse. Nosotros lo notamos más en el sector a la hora de captar trabajadores de fuera de la Unión Europea, especialmente de Latinoamérica o de África».

Mallón asegura que «de nada sirve tener unos salarios buenos, como para nosotros los tiene el sector del metal y la industria gallega en general, si realmente no tienes solución habitacional». Constata que hay casos aislados en los que las empresas facilitan vivienda o ayudan a la gestión del alquiler, «pero son excepciones que no llegan al 2%». Ante este panorama, el portavoz de Asime considera que «la solución es construir más, que se habiliten parcelas en Galicia -y en España en general- con mayor facilidad», aunque «a veces hay restricciones de construcción que creo que el ciudadano normal no entiende».

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