La volátil chatarra: de la plata al plomo

Los depósitos reducen su actividad, tras un año récord, por la escasez de desperdicios

Aarón Río, responsable de Chatarrería Vigo, junto a numerosos restos de metales en su negocio.   | // J. LORES

Aarón Río, responsable de Chatarrería Vigo, junto a numerosos restos de metales en su negocio. | // J. LORES / jorge garnelo

Tocar un trozo de metal de los que diariamente llegan al depósito de Aarón Río es como viajar en el tiempo. El año pasado, tras duplicar su valor como consecuencia de la pandemia y la guerra de Ucrania, una tonelada de hierro rondaba los 400 euros; ahora, sin embargo, está cerca de los 300. Ese comportamiento volátil y caprichosamente impredecible se ha replicado en numerosas materias primas que allí descansan. Sus precios se han disparado vertiginosamente, trazando una diagonal que parecía no tener fin, aunque ese auge ya haya terminado para incomprensión del sector. Incomprensión porque la escasez de esos trozos de metal está a la orden del día.

Del plomo a la plata y de la plata al plomo, los importes ligados a la chatarra han aumentado y disminuido frenéticamente a lo largo de los últimos 2021 y 2022, impactando de forma diferente en los establecimientos que se dedican a su compraventa. Por un lado, el bum inicial despertó un mayor interés entre las personas que se acercaban para “sacarse unos euros” con los restos que tenían en casa. Por ejemplo, después de realizar alguna reforma. A ellas se sumaron más gente que vio la oportunidad de hacer negocio aprovechando lo bien que se pagaba el kilo.

Cambio de tendencia

“Eso fue bajando poco a poco”, cuenta Aarón, recordando que ni ya va tanta clientela como antes, ni trae la misma cantidad de chatarra. En parte lo achaca al descenso paulatino del valor de los desperdicios que él aprovecha –entre los que uno puede encontrarse desde sillas y vallas hasta ventanas, pasando por un sinfín de objetos cuya forma apenas se distingue–, pero también a que “hay poco trabajo” en sectores como la carpintería, la electricidad o la fontanería por culpa de la inflación. “Si tienes que hacer una obra en casa y vas justo, seguramente no la hagas. Eso es lo que está pasando en muchos hogares”, comenta.

“Si tienes que hacer una obra en casa y vas justo, seguramente no la hagas. Eso es lo que está pasando en muchos hogares"

Pedro Pereira, de Alumisel, confirma esta teoría y añade otra variable. Si bien es cierto que ahora hay menos propietarios interesados en reformar sus hogares –y por ende contratar los servicios de determinados profesionales que posteriormente sacarán partido a su chatarra–, además son menos los especialistas que se dedican a oficios tradicionales como los citados. Unida a la menor demanda de obras, la menor oferta de empleados del bricolaje ha propiciado que los trozos de metal que antes llegaban a raudales sean mucho más selectos.

Menores ingresos

“Al principio, cuando los precios subieron, se trabajaba más, pero el volumen bajó bastante, tanto aquí como en otras empresas. Seguimos trabajando con cantidades, pero con un porcentaje de compra inferior”, señala en este sentido, indicando que esto evidentemente está influyendo en sus ingresos: “Hace año y medio facturamos casi el doble”.

“Vamos tirando”, agrega Aarón respecto a su negocio, Chatarrería Vigo, mientras María Dacosta, empleada de otro establecimiento dedicado a la misma actividad, certifica que el impacto de la escasez de restos sí se nota como no se notó el aumento de su valor. “El margen comercial, el beneficio en proporción a la venta, fue el mismo pese a subir los precios porque nosotros también lo pagamos más caro”, explica, aunque la cosa podría estar peor: “El resultado no es malo de momento. No damos pérdidas, que siempre es algo positivo”.

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