Pintor gallego, comprador internacional

El mercado del arte se “refugia” en los inversores extranjeros y las grandes ferias que se celebran a lo largo del planeta

Víctor, director  de la galería Montenegro (Vigo). / MARTA G. BREA

Víctor, director de la galería Montenegro (Vigo). / MARTA G. BREA / jorge garnelo

A Víctor Montenegro le gusta el cliente que compra porque realmente quiere lo que compra, lejos de aquellos que lo hacen pensando solo en el retorno. “Para eso mejor que inviertan en bolsa”, dice desde la galería que lleva su apellido, enclavada en el 37 de Marqués de Valladares (Vigo). A esa edad, históricos del arte como Rafael Sanzio o Vincent Van Gogh perdían la vida. Pero a obras como la renacentista escuela de Atenas, o los postimpresionistas girasoles del neerlandés, nada envidia el Luis Seoane que ilumina una de sus salas. Los potentes colores que desprende, como rayos, son capaces de absorber a quien lo mira si se descuida. Bien lo sabe el director de este espacio, pero también los clientes que han ojeado dicha exposición.

Quizá por ese mimo con el que trata los lienzos, de toda clase de dimensiones, estén triunfando tanto. “El año pasado ha sido un año magnífico. Se han recuperado las ventas que teníamos antes de 2008”, cuenta el especialista, achacando este repunte al “mercado internacional”. Han logrado introducirse en el mismo y no solo eso; además han vendido tres piezas importantes con destino a Suiza, Francia y Estados Unidos. Por si fuera poco, han participado en distintas ferias, tejiendo una red de contactos que a corto o largo plazo dará sus frutos.

“Hoy en día, el artista gallego que mayor valoración tiene es Maruja Mallo, sin lugar a duda, pero después hay otros como Urbano Lugrís, Eugenio Granell, Manuel Colmeiro, Laxeiro, Souto…”, dice Montenegro, sin olvidarse del propio Luis Seoane. ¿Respecto al perfil del comprador? Mucho más acotado pero lucrativo tras la crisis del ladrillo. Los museos y las fundaciones históricas han dejado de ampliar sus colecciones, a la clase media “la han destrozado”, casi está “en peligro de extinción”, y lo único que queda –a sus ojos– es el alto poder adquisitivo.

En este sentido, el especialista asegura que bastantes de los elevados patrimonios, interesados en el arte que se expone en Galicia, son extranjeros. Es un porcentaje que gana cada vez más terreno, en el que se “refugia” la obra de calidad –que “siempre se revaloriza”– y que responde a personas que, si bien provienen de terceros países, suelen contar con una segunda residencia en España.

Nuria, directora de Moret Art       (A Coruña).   | // VICTOR ECHAVE

Nuria, directora de Moret Art (A Coruña). | // VICTOR ECHAVE / jorge garnelo

Así lo indica Nuria Blanco, directora de Moret Art (A Coruña), señalando que su público objetivo también ha cambiado con el paso de los años. ¿El responsable de esta metamorfosis? Principalmente la quiebra de Lehman Brothers y el consecuente efecto que tuvo sobre el estallido de la burbuja inmobiliaria, que acabó con los pequeños inversores en su sector... Borrando del mapa a una generación de humildes coleccionistas.

A sus ojos, antes de 2008 había muchos más “clientes potenciales” –consumidores de entre 35 y 45 años con un salario que les daba para ahorrar y adquirir diferentes piezas artísticas–, pero ahora esta misma franja de edad no comparte ese culto por los cuadros. “Actualmente, esta gente destina esos recursos a otro tipo de cuestiones, como pueda ser el ocio, los viajes o la moda”, resalta.

La crisis borra al cliente medio, que prefiere gastar sus ahorros en ocio

Como punto positivo para las galerías, y pese a lo que pueda extrañar, destaca la llegada de la pandemia. “Aun estando cerrados, la mayoría tuvimos una actividad de venta que nos sorprendió. Hubo personas que no compraban habitualmente que empezaron a comprar”, explica. La alegría duró unos meses y los pequeños inversores volvieron a caer con la guerra de Ucrania y su disparada inflación. El alza de precios, sin embargo, no afectó a los grandes coleccionistas, “que han continuado realizado sus compras como lo solían hacer”. Si no más.

Para Javier Blanco, director de la galería Metro (Santiago), en general hay “mucho menos” interés de la clase media por el arte. Y lo dice desde un espacio contemporáneo que trabaja fundamentalmente con obras de pintores vivos, de trayectorias desarrolladas pero también jóvenes talentos. Conforme recuerda, “el 1% de las galerías del mundo venden el 90% del arte”. Cuando se habla de la pintura hay muchas capas, y ellos están en la más básica.

Como su colega Montenegro, confiesa que el mercado se aglutina en torno a las ferias que tienen lugar fuera de Galicia. En las últimas “vendimos como nunca”, matiza, subrayando que comienzan a cobrar más relevancia que las propias salas que alberga su gran complejo, en las que rutinariamente exponen las piezas de sus artistas: “Allí se aglutinan durante cinco o seis días miles de personas que van a lo que van. A ver y comprar”.

Pero ese pro tiene sus contras, y en el caso de los eventos itinerantes que tanta fama están cogiendo en el mundo del arte es el vacío que a la vez se siente en buena parte de las galerías. Un hecho fundamental a ojos de este especialista, para solventar este problema, pasa por la educación. Que los pequeños participen. “Recuerdo cuando venían papás con niños a ver exposiciones. Desde hace mucho tiempo eso es muy raro”, afirma.

[object Object]

Colecciones como la que ostenta la española Carmen Cervera, viuda del barón Hans Heinrich Von Thyssen-Bornemisza, son el vivo ejemplo del arte concebido como ecosistema económico. Obras como <em>Mata Mua</em> de Paul Gauguin descansan en unas instalaciones apoteósicas –privilegiadas tanto por lo que guardan como por donde se encuentran– pero aptas para todos los públicos.

No pasa así con numerosas series de arte privado que las grandes fortunas han ido amasando en nuestro país, bien como productos de inversión o simplemente para decorar sus inmuebles. En Galicia, por poner un ejemplo, el valor de los objetos artísticos y antigüedades en manos de elevados patrimonios se ha duplicado.

Según las declaraciones del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF), en 2011 había un total de 18 grandes fortunas que acumulaban 34,7 millones de euros en piezas de coleccionismo; una cantidad que ascendió a 26 inversores de alto nivel que amasaban 81,3 millones en obras de arte en 2020, coincidiendo con la pandemia del coronavirus.

Suscríbete para seguir leyendo