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Año 5 después del Brexit

Manifestación contra el brexit en diciembre de 2020.

Manifestación contra el brexit en diciembre de 2020.

Durante la noche de San Juan de 2016, una mayoría del pueblo anglosajón –en un acto de rebeldía y de pretendida purificación nacional– decidía lanzar a la hoguera su acreditación como ciudadanos de la Unión Europea. No fueron pocos quienes, tras el shock, trataron de recuperar del fuego dicha identidad, pero se acabarían quemando al comprobar que, efectivamente, la revolución se había consumado: el 1 de febrero de 2020 se ponía punto y final al viaje que Reino Unido había emprendido casi medio siglo antes hacia la Europa continental.

De esta manera, los británicos decidían autoexpulsarse del proyecto europeo, al igual que lo habían hecho durante los años posteriores al fin de la II Guerra Mundial, cuando la orgullosa Britannia –empujada por el keep calm and carry on, que había logrado mantener incólume su sistema institucional pese al impacto de la contienda– se desmarcaba del supranacionalismo con el que sus vecinos, escarmentados por la experiencia bélica, trataban de superar tanto sus luchas ancestrales como la creciente impotencia del Estado-nación, de tal modo que no cayesen en la irrelevancia y pudiesen contrarrestar el predominio emergente de Washington y Moscú.

Reino Unido llamó a la puerta del Mercado Común en cuanto percibió el viento del cambio a principios de los sesenta: el Imperio, en retirada, había dejado de ser una apuesta a caballo ganador, y la reconciliación franco-alemana –patrocinada por la Casa Blanca, la principal aliada de Londres– venía amenazando con restarle influencia en la escena internacional. Además, el otrora Seven Seas Man, capaz de dominar el mundo, empezaba a ser conocido como “el enfermo de Europa”, avergonzándose de sus dificultades para crecer al ritmo que lo hacían sus competidores más próximos, impulsados por su pertenencia a un mismo bloque político. De ahí que, en las Islas, la solicitud de adhesión a la familia comunitaria no fuese percibida como una declaración de amor sino como un acto de rendición; al fin y al cabo, el país de la Union Jack estaba accediendo a compartir soberanía con unos socios de los que nunca se había fiado en exceso.

Convertirse en una suerte de provincia europea no atraía demasiado a una ciudadanía que se sabía parte de Europa pero que se sentía algo más. Pese a ello, y ante la falta de alternativas creíbles, el anclaje al continente empezó a asumirse con cierta resignación. Habría que esperar a finales de los años ochenta para que, coincidiendo con la recuperación de la economía británica y la creciente centralización de Bruselas –a la que, desde el otro lado del Canal, se empezaba a criticar con vehemencia por su supuesto afán regulador y su falta de legitimidad democrática– ganasen fuerza aquellos que venían criticando el derrotismo que, en su opinión, se había instalado en la sociedad británica: Reino Unido podía ser grande de nuevo; solo debía librarse del yugo comunitario y explotar al máximo su vieja condición de bucanero, que reflejaría su sempiterna vocación extraeuropea. Esta idea, auspiciada por Margaret Thatcher, continuada por una parte de sus discípulos tories y plasmada en el eslogan Global Britain del actual Gobierno de Boris Johnson, plantaría la semilla del Brexit, que acabaría encontrando terreno fértil en el estado de policrisis que, en mayor o menor medida, atenazaba a los países de la UE-28 en el momento de celebrarse el referéndum: dificultades económicas, descontrol de los flujos migratorios, sucesión de ataques terroristas, descrédito de la clase política, sensación de impotencia ante la globalización, etc.

La consulta puso a Reino Unido ante el espejo y le mostró una imagen incómoda de sí mismo, al quedar expuesta ante el mundo su profunda división interna: solo una mayoría mínima –el 52%– compraba el discurso de que al margen de la unidad europea se viviría mejor. No obstante, el mandato de la plebe se respetó y la revolución se llevó a cabo: sin brillo pero sin sangre. Hoy, cinco años después, el COVID le ha robado protagonismo al Brexit y la brutalidad de su impacto amenaza con hacer menos visibles las consecuencias económicas de la salida del club europeo. No obstante, los británicos harán bien en no poner su secular pragmatismo en cuarentena. Tarde o temprano, habrá que hacer las cuentas del divorcio y comprobar si, realmente, en la queima de la noche de San Juan de 2016 se había apostado por la purificación o por la autodestrucción nacional.

*Investigador predoctoral de la Universidad de Alicante y miembro del proyecto “Europeísmo y redes trasatlánticas en los siglos XX y XXI”, en el que participa la Universidad de Vigo

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