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Galicia Moda busca su tercera generación

Exposición  Con-Fío en 2016.

Exposición Con-Fío en 2016. ÓSCAR CORRAL

El cierre de Pili Carrera deja a la región sin otra de las protagonistas del bum textil de los 80, muy vivo aún en otras muchas marcas que sí lograron sobrevivir y afrontan la reconversión del sector por la pandemia

La nueva colección que Zara presentó el pasado viernes bien podría ser un cover del universo del pintor posimpresionista Paul Gauguin, un viaje a las calles de Senegal o el regreso de Gene Cabaleiro a las pasarelas para vestir esta vez a las mujeres. Casi 40 años después, la enseña de cabecera del gigante Inditex saca a la calle el juego de colores intensos y fórmulas geométricas tan característico en las propuestas del diseñador redondelano. Iba para futbolista, pero sus vecinos de Regojo, la fábrica de camisas más importante de España en aquel momento y semilla de todo lo que vino después en el sector, le ficharon como responsable comercial. Él fue con su marca D’Aquino uno de los artífices de Galicia Moda, de aquel milagro económico que convirtió un territorio tradicionalmente parco en industria en un referente mundial del textil de vanguardia. Le acompañaron Armando F. Regueira, responsable de Cafre; Antonio García, de Vesgante; Florentino Cacheda, capitán de Florentino; Agapito García, de Corteman’s; Juan Manuel Cividanes, de Pressman; Julio Novoa, del grupo Unicen; y Javier Cañás, que llevaba las riendas de Antilluvia, Tommy Harrods y Caramelo. El 14 de marzo de 1985 se constituyeron como asociación. Todos confeccionaban ropa masculina y querían crecer, siguiendo la estela de Adolfo Domínguez que, un año antes, había roto los patrones del estilo convencional con su famosa defensa de la belleza de las arrugas.

Cañás, en sus años de Caramelo.

“En el grupo éramos unos pocos, pero se benefició el 100% de las empresas –cuenta Javier Cañás–. Algunas ni eran conscientes de todo lo que valían”. En pleno auge de la moda internacional, “en Galicia no estábamos aprovechando lo mucho bueno que teníamos”. “Había diseñadores, fábricas bien montadas y se trabajaba la confección con una exquisitez impresionante –continúa el fundador de Caramelo–. Fuimos conscientes de esto y, afortunadamente, nos juntamos para explotarlo. ¿Por qué no decirle al mundo que aquí se confecciona mejor que en ningún otro sitio?”.

“Tenían las ideas muy claras”, asegura Fernando González Laxe. El expresidente de la Xunta fue posiblemente el primer influencer de Galicia. “Cada vez que había una recepción con el Rey o el presidente del Gobierno, por ejemplo, tanto a mi mujer [Rosa Liaño] como a mí nos decían cómo ir vestidos –narra–. Un día con un color, otro con un corte determinado en función de las tendencias”. Galicia Moda también se encargaba de la ropa de los funcionarios de Presidencia. Cualquier maniquí era perfecto para enseñar el talento del made in Galicia y afianzar la imagen de marca. “Nos creíamos lo que estábamos vendiendo”, incide González Laxe, que recuerda la enorme importancia para la promoción de los Luada, mezcla de pasarela, salón profesional y cita de socialités, “el gran escaparate que traía a gente de fuera para mostrar un producto nuevo, innovador, rupturista”.

  • “A veces sin querer tienes que dejar parte de calidad que antes nos exigíamos”

    Javier Cañás - Director de Etiem

Adolfo Domínguez y el núcleo duro de Galicia Moda. Roberto Verino. Kina Fernández. Antonio Pernas. Mafecco. Charoa. María Mariño. Viriato. Jealfer. María Moreira. Géneros de Punto Montoto. Chicha Solla. Oky Oky. De Due. Alba Conde. Confecciones GOA, el primer negocio de Amancio Ortega. La lista de protagonistas que estuvieron al principio del bum o se empaparon de él en los siguientes años es larguísima. Algunos de ellos saltaron después a Cibeles, donde la confección gallega pudo mirar sin complejo de inferioridad a los diseñadores de la capital del país y a los que venían de la larga tradición costurera de la Comunidad Valenciana y Cataluña. “La conjunción de industria con diseño, de innovación y producción, fue el gran acierto. Más que profesionalizarse, el verdadero cambio fue la incorporación de la tecnología y la internacionalización porque sabían que el mercado estaba fuera. Ellos y la Xunta creíamos en el marketing y jugamos con una apuesta a los grandes salones de moda –apunta González Laxe–. Fíjate que después hubo otras comunidades, como Extremadura, que copiaron el modelo e incluso nosotros lo trasladamos con muchísimo éxito a la joyería, no tanto en el sector de los muebles”.

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Galicia Moda: Luada, mezcla de pasarela, salón profesional y cita de socialités Magar / FDV

Sin esa apuesta por el marketing sería imposible entender la creación de una auténtica identidad cultural alrededor del sector de la moda en Galicia. Además de las Luadas y las ambiciosas campañas publicitarias, el plan estratégico de los creadores de la comunidad incluyó el lanzamiento de una revista especializada con su mismo nombre. “No es casual ni queremos que suene a estridente, porque estamos seguros de que la moda gallega, de aspiraciones internacionales, va a poner a toda Galicia de moda”, apunta la editorial de estreno en 1983.

La publicación “generó un público y tuvo un efecto de difusión cultural que contribuyó posiblemente a que arraigase el concepto moda gallega, que pasó a convertirse en un referente cultural para los propios gallegos”, según concluyen Aurora García, doctora en Comunicación Pública en la Universidad de Vigo, y la también doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de A Coruña, Natalia Quintas, en un estudio sobre el papel que los 17 números de Galicia Moda jugaron en aquella etapa para el sector. Todo, desde la asociación de diseñadores hasta la revista, confluyen en Luis Carballo, el publicista que les unió tras un primer éxito arrollador con la campaña de “La arruga es bella” para Adolfo Domínguez.

González Laxe en uno de los Luada.

Sin el patrocinio ya de la Xunta y el Centro de Promoción de Diseño y Moda, el último número de la revista salió el agosto de 1991. Esa misma fecha sirve para marcar el antes y el después del fenómeno. Con el paso del tiempo, confiesa Javier Cañás, “igual fuimos un poco mezquinos”. ¿En qué sentido? “Pensar en nada más que en el ombligo –responde–, a pesar de que lo colectivo también te beneficiaba a ti”.

Las exportaciones del textil gallego rondaban entonces poco más de 100 millones de euros. La cifra no paró de crecer a medida que el imperio de Ortega ganó tamaño. Con la expansión, la compra de Massimo Dutti y Stradivarius y la apertura de Pull&Bear y Bershka, el holding con sede en Arteixo superaba las 600 tiendas a finales de los 90. El negocio exterior del sector en la comunidad saltó a la siguiente década con las ventas a otros países a punto de alcanzar los 1.000 millones de euros. Ni la crisis financiera de 2009 a 2013 frenó la tendencia, alimentada por otros buques insignia como Sociedad Textil Lonia y Bimba y Lola. Hasta la llegada del coronavirus, el saldo rondaba los 5.000 millones.

  • “El espíritu sigue ahí y siempre se puede recuperar porque ya tuvo éxito”

    Fernando Glez. Laxe - Catedrático de Economía

La facturación de la industria textil y la confección, en cambio, sí siguió una trayectoria mucho más irregular y desde 2008 no ha vuelto a tocar los 2.000 millones de euros por el cada vez mayor peso de la rama comercial, que contribuye cuatro veces más al Producto Interior Bruto (PIB) regional (5,2%) que la parte de las manufacturas (0,9%). Por el camino se quedó la capilarizada red de talleres que apoyaron el bum de los 80, víctimas de la enorme competencia de los países de producción barata. Solo en prenda acabada, las importaciones del sector en Galicia ascendieron a 1.500 millones de euros en 2019. Turquía concentró el 28,3%, seguida de Marruecos (15,8%), Bangladesh (13,9%) y Portugal (13,2%), según los informes de la Secretaría de Estado de Comercio. Con esa red de pequeñas fábricas y de autónomas en casa se fueron también marcas míticas como Mafecco; y otras quedaron heridas de muerte, el caso de Antonio Pernas, que pasó a manos de Caramelo, troceada también en dos tras varias polémicas subastas, o Viriato –adquirida por Jealfer–, Kina Fernández...

“No diré que la marca es lo más importante, pero casi. Lo fundamental siempre es que el producto se haga en debidas condiciones, pero la marca es imprescindible. Producto de calidad y marca van unidos”, explica Javier Cañás, al frente de Etiem desde 2004. El diseñador se queja de la pérdida de la calidad en la moda gallega “quizás porque el público en general no lo demanda”. “Se preocupa más del precio –añade–. Da igual que le digas que una cosa es lana y otra el poliéster viscosa”. “Es triste que a veces sin querer tienes que entrar a dejar la calidad que antes nos exigíamos. Creo que bastante gente en Galicia, unos que continuamos y otros que no, añoramos ese buen hacer en el textil que había aquí en la región”, lamenta.

La exportación pasó de 100 millones a principios de los 90 a más de 5.000 ahora

Pili Carrera cuenta los días para cerrar. Antes ya de la pandemia, en enero de 2019, la firma de ropa infantil nacida en 1963 despidió a 39 empleados, el 40% de la plantilla, y dos años después está en liquidación, con el administrador concursal tanteando el interés por una marca que quedó desfasada. “Muchas empresas van a desaparecer y, por tanto, muchas marcas –afirma Alberto Rocha, secretario general de Cointega-Clúster Textil Moda, ante los efectos del desplome de las ventas por la crisis del coronavirus–. La reflexión que empieza a haber es si vale la pena mantener la marca o si es mejor arrancar otra vez por todo el lastre que puede llevar aparejado y la incertidumbre sobre el valor que tiene en el mercado ese reconocimiento”.

A pesar de la supervivencia de muchas de esas enseñas alumbradas al calor de Galicia Moda, ¿queda algo de aquello? “Sin duda, ser de Galicia da un plus de credibilidad a cualquier empresa del sector, ya no tanto en el producto final, como entre los profesionales”, dice Rocha. “El espíritu sigue ahí –coincide Fernando González Laxe–. Es cierto que el sector es muy volátil, pero siempre existe la posibilidad de repetir el fenómeno porque se sabe que puede tener éxito, siempre y cuando se junten industria y artículo diferenciado”. “Se tardaría un poco más, pero sería posible –indica igualmente Javier Cañás–. Todo es que las academias y las empresas exijan la calidad porque un peor tejido no tiene que implicar peor confección”.

Paula y Roberto Montoto, en la sede de la empresa de punto. Bernabé / Ana Agra

En el sector están muy contentos con lo bien que le va a Montoto. Paula y Roberto son nietos de Fidel, que a sus 97 años tampoco oculta el orgullo de ver otra vez en pie la empresa que alumbró en 1956 en Lalín. Los nuevos responsables impulsaron en 2011 la sociedad Textiles Rosalía de Castro para rescatar el legado familiar. “Paula en diseño y yo en comercio internacional y ventas, unido al know how adquirido al crecer en una familia de tradición textil y a la pasión que sentimos por la moda, nos dio la fuerza para poder iniciar este proyecto”, detalla Roberto Montoto. “Somos la tercera generación y nuestra filosofía se basa en que todos salgamos ganando –remarca Paula Montoto–. Por decirlo de alguna manera, intentamos fomentar la participación de todos nuestros trabajadores y motivarles para hacerles sentir parte del proyecto.

Como en sus orígenes, la tercera generación de Montoto idea y confecciona al 100% en Galicia y coloca como estandarte “la calidad y el diseño”. La innovación es importante para ambos, pero “no es posible cambiar todo de la noche a la mañana”. “Yo –afirma Roberto– soy más partidario de hacerlo de forma gradual”. Los dos creen que la moda gallega está completando un relevo generacional “que todavía llevará un tiempo”. “Esta industria requiere cada vez mayor especialización –sostienen– porque las demandas de los usuarios son cada vez más exigentes”. 

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