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Cuando el frío dura 365 días

El carretillista y camarista del Centro Loxístico Porto de Vigo, Juan Pablo González, moviendo la mercancía en un frigorífico. |   // RICARDO GROBAS

El carretillista y camarista del Centro Loxístico Porto de Vigo, Juan Pablo González, moviendo la mercancía en un frigorífico. | // RICARDO GROBAS

A 18 grados bajo cero, empiezan a formarse en las pestañas pequeñas bolitas de escarcha. En menor medida, también en las cejas. Eso en apenas cinco minutos. Aunque Juan Pablo González no es un trabajador del frío que se obsesione con tales minucias.

Él elige prescindir del buzo térmico cuando trabaja en el interior de la cámara frigorífica. Prefiere una cazadora para el frío. Le permite manejar con holgura los mandos de la carretilla con la que trabaja cargando mercancía en el Centro Loxístico Porto de Vigo (CLPV), iniciativa de la pesquera viguesa Comercial Pernas. Una carretilla con cabina que, por cierto, tiene calefacción. “Prefiero entrar y, cuando empieza a hacer frío en los pies, poner la calefacción para templar un poco la máquina y no tener impedimentos. Si se me llega a enganchar el mango con la ropa, puedo tirar un palé”, reflexiona el camarista González.

Así es trabajar con temperaturas bajo cero Ricardo Grobas

A priori, 45 minutos de trabajo dentro de la cámara se compensan con otros 15 de descanso. “Es cierto que el frío cansa muchísimo”, repiten con insistencia los trabajadores de este frigorífico industrial.

“Sales de la cámara helada, pones los pies fuera y es como revivir”

Juan Pablo González - Camarista y carretillero

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En cuanto ponen un pie fuera del almacén helado, todo son tácticas para entrar en calor. Cuentan los 15 minutos dedicados a bebidas calientes entre salas con calefacción y paseos al sol –si lo hay–.“Tomas un té caliente, caminas, sales afuera”, explica el carretillista y camarista de este frigorífico vigués, Pedro Miguel Méndez. “Paseamos para que los pies entren en calor”, le complementa González.

Cuando el frío no se va, entran en lo que, con cierta ironía, han bautizado como sala de descompresión.Aunque, en realidad, no es más que una sala acristalada con un radiador y una cafetera grande.

El supervisor de Centro Loxístico Porto de Vigo, Jordi Clavero. | // RICARDO GROBAS

Una sola persona es responsable de navegar con la mercancía por los pasillos de cada nave helada. Son cuatro empleados que se conocen al dedillo todos sus recodos. y “cada descarga dura media hora”, señala el supervisor del Centro Loxístico Porto de Vigo, Jordi Clavero. Aunque Méndez deja caer que este proceso puede llegar a las dos horas. Siempre que llegan descargas grandes o mercancía que cargar a pulso, refuerza el equipo con una empresa de trabajo temporal.

“En verano el cambio es impresionante, pasas de -20 grados a 30”

Jordi Clavero - Supervisor y encargado

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Mientras la Península se recreaba en los males de una ola de frío en pleno invierno, los empleados de estas cámaras a heladas no han notado grandes diferencias. “La ola de frío es igual porque la cámara está siempre a la misma temperatura, tanto en verano como en invierno”, analiza Méndez.

“La ola de frío es igual, la cámara está siempre a la misma temperatura”

Miguel Méndez - Camarista y carretillero

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Al trabajar a -18 grados, el frío y el calor se vuelven muy relativos. No fue, sin embargo, la que han dado en llamar Filomena santo de devoción de Clavero ni de González. El supervisor del centro es tajante: “Cuesta más entrar en calor al salir de la cámara”, apunta, “estos días de frío muchas veces estás mejor dentro de la cámara con la calefacción puesta que no aquí muriéndote de frío”.

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Alivio

Pese al buzo térmico que soporta temperaturas inferiores a 50 grados bajo cero. Pese a los gorros, guantes, botas y las capas térmicas en las que se envuelvan, el frío cala en el cuerpo. Por eso, cuando salen al exterior sienten alivio: “Es que es vivir de nuevo. Sales de la cámara helado y pones los pies fuera y es como revivir”, enfatiza González.

Incapaz de reprimir sus sensaciones, Clavero retrata el contraste de trabajar en una cámara frigorífica en los meses de verano. “El cambio es impresionante. Estás a menos 20 grados y sales a 30. Te pega como si fuera un fogonazo en toda la cara”, detalla el supervisor.

Es una opinión que parece consensuada entre los empleados del frío. Tanto es así que, a modo anecdótico, comentan cómo Méndez le ha cogido cierto gusto a trabajar en manga corta en los meses estivales. Siempre con calefacción en el carrito de carga. En cualquier caso, estos agudos contrastes de temperatura pasan factura a los trabajadores que lamentan algún que otro resfriado en los meses de calor.

Lo cierto es que, más allá de haber hecho costumbre trabajar 365 días bajo cero, estos trabajadores han desarrollado la capacidad de albergar un mapa mental de la mercancía en su cabeza. González recuerda la ubicación del congelador con las estanterías móviles Méndez las calles de la cámara de estanterías fijas. Ambos han memorizado la distribución de las existencias. “En un día normal sé cuánto hueco tengo y en qué calles los tengo. Tienes todo claro porque si no pierdes mucho tiempo abriendo calles e intentando hacer huecos. Acabas acostumbrándote”, matiza González.

La obligación de vivir con el recuerdo de lo que fueron 20 años en las cámaras frigoríficas de otras empresas del sector propicia que González no lo considere un trabajo duro físicamente. Antiguamente, los empleados de estos frigoríficos tenían que estibar la mercancía caja a caja con la fuerza de sus brazos y dentro de estas neveras. Así, una tras otra, hasta apilar, sólo con fuerza humana, todos los bultos.

Entra la mercancía, la pesan y, con el carrito, la ubican en los estantes de los almacenes helados. Así sucesivamente, hasta que un camión la recoja. A menudo es carga pesquera que termina en las conserveras. Ocho horas de jornada, entre 15 y 20 grados bajo cero.

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