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Pesca gallega y Brexit: tiempo de acabar con los “niños mimados”

Lamentablemente ya se ha consumado el divorcio entre el Reino Unido y la Unión Europea; sin duda es un paso atrás histórico. Las negociaciones se han llevado con un cierto oscurantismo, especialmente en los últimos momentos. La pesca ha sido una incógnita hasta el final, y tengo que decir que me ha recordado con preocupación lo sucedido durante las negociaciones de adhesión de España a la entonces Comunidad Europea, y en todo momento se había denunciado desde el sector pesquero: ¡Que la pesca no quedara para el final! Dicho esto, mirar para atrás solo debe de servir para aprender y comprender los fallos cometidos, para no cometerlos de nuevo, pero nunca para lamentarse de lo hecho intentando reescribir un pasado que no es posible corregir. Hay que mirar hacia adelante, pero sin perder tiempo, asumiendo lo que ya está concertado.

Las negociaciones han terminado y, aunque es cierto que quizá España no haya salido (de momento) excesivamente perjudicada en materia de pesca, quedan por delante cinco años para pensar muy bien lo que hay que hacer, porque habrá que volver a repensar lo que es necesario para que Europa siga siendo una potencia pesquera. Y digo bien Europa, porque la solución para la pesca española pasa necesariamente por una solución europea y por una solidaridad con los países del norte más perjudicados, solidaridad que por cierto ha escaseado con España en los momentos más delicados. Pero, aun así, una solución concertada de toda la pesca europea es lo más sensato. La solución pasa sobre todo por un refuerzo en materia de derecho internacional de la PPC, porque no olvidemos que el fundamento de la Unión Europea es el respeto al derecho comunitario e internacional. En primer lugar, hay que acabar con el trato preferente a los niños mimados de la UE en materia de pesca: concretamente Noruega, Islandia, Groenlandia y, quizá tras los cinco años transitorios, el propio Reino Unido. Es inaceptable que no haya libertad de circulación de capitales en esos países y, en cambio, éstos tengan pleno acceso a la inversión en la UE. Lo mismo vale para Islandia y Groenlandia.

Es inaceptable que Noruega siga considerando que puede hacer lo que le viene en gana en las pesquerías de Svalbard: hay que acabar con el sistema absurdo de autolimitaciones pacatas de la UE en esas aguas para no enfadar a los noruegos. Basta ya con esa tolerancia con esos países a los que se les ha permitido cazar ballenas, esquilmar el krill de la Antártida –que es el alimento de la ballena azul– y tener a su plena disposición el mercado europeo y la libertad de invertir en lo que quieran mientras se niega el mismo derecho a los europeos. En cuanto a Svalbard hagamos nuestra la frase de Francisco I de Francia y exijamos “ver el testamento de Adán”, y verán los noruegos que la cesión de soberanía a ese país no figura allí, sino que es producto del Tratado de País de 1921, que tienen que respetar íntegra y escrupulosamente. Tampoco el islote de Jan Mayen tiene derecho a las doscientas millas, y un largo etcétera.

Hay que decir a esos países, y con toda seguridad al Reino Unido dentro de cinco años, que se acabó; que la UE es dueña de su mercado y se abastece de donde estime que es más conveniente: libertad por libertad i acceso a las aguas por acceso a los mercados y eso para todos esos países. Sobran países para abastecer de pescado a la Unión, y entre ellos los que con más inteligencia y generosidad han tratado a España, como Namibia, Argentina, Mozambique, Angola y un largo etcétera. Hay que revisar a fondo estas políticas y dar un mensaje alto y claro que el mercado de la pesca europeo solo está abierto a aquellos países que ofrezcan reciprocidad plena, compromiso con la lucha IUU, respeto a la libertad de comercio en términos recíprocos y respeto al Level Playing Field definiendo con precisión lo que este concepto comporta en la pesca. Hay que revalorizar la política de empresas conjuntas con terceros países como política que asegura el abastecimiento a la Unión y les proporciona desarrollo justo y sostenible.

Por último, hay que mimar solidariamente y con la máxima generosidad posibles a Irlanda, tratando de estimular el comercio desde ese país hacia España, reforzando vínculos de todo tipo incluyendo las comunicaciones regulares marítimas con España y Vigo en concreto, aliviando su dependencia del Reino Unido. En definitiva, la Unión Europea debe de dejar actitudes mixiricas en su Política Pesquera Común y revisar sus conceptos de quilla a perilla en los próximos cinco años dando un puñetazo en la mesa para dejar las cosas claras a esos niños mimados.

*Exconselleiro de Pesca

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