12 de octubre de 2014
12.10.2014

Villa, una historia en negro

El líder sindical y político forjó su poder desde las entrañas de las minas y ahora su figura se ve enterrada por un derrabe de oscuro dinero

12.10.2014 | 01:54
Villa, una historia en negro

José Ángel Fernández Villa escribió su historia en color negro. El de las entrañas de las minas que le dieron el poder absoluto de Asturias durante décadas y el del dinero que acaba de sellar su epitafio. Querido y odiado, idolatrado y repudiado, y, sobre todo temido, la noticia de que ocultó a Hacienda 1,4 millones de euros es el tsunami que ha removido los cimientos de la región. Sorpresa e incredulidad se mezclan con asunción y resignación, en la reacción de la calle. "Salió lo que siempre se rumoreó", comentaba esta semana un veterano militante socialista, en Sama. La leyenda del líder minero y político se forjó sobre las dos caras de una moneda. Y acaba de caer sobre la cruz: ha sido expulsado del SOMA, el sindicato que dirigió con mano férrea durante 34 años, y del PSOE, el envés político de la labor obrera que Manuel Llaneza diseñó y Villa hizo suya.

Una doble cara que ahora Hacienda ha dejado también al descubierto, pero en su faceta más cruel. Villa era persona de imagen espartana. Al menos en apariencia. Sus más íntimos colaboradores afirman que podía despachar una comida o cena con un sándwich tras una larga negociación en Madrid. Sus interminables jornadas de despacho se consumían con unos cafés. Conducía un todoterreno de gama media y el llamativo Audi era del sindicato. Tampoco se le conocen vacaciones. No hacía ostentación de riqueza. Su único "lujo" visible eran los puros habanos que se fumaba incluso cuando afirmaba estar "muy malu". Si había excesos en gastos, propiedades (las conocidas son una vivienda en La Felguera y otra en Oviedo) o cuentas bancarias, quedaban en la intimidad.

Espartano era también el despacho de la Casa del Pueblo de Sama, desde el que desplegó todo su poder omnipresente. Era un espacio de baldosa fría, austero de mobiliario y decoración, con apenas unas fotos de temática mineras y con las figuras de Pablo Iglesias y Manuel Llaneza, que hoy le mirarían con ojos inquisitoriales. ¿Cómo un hombre nacido en enero de 1943 en Tuilla, cuyos padres regentaban un bar, Casa Hermógenes, que a los 14 años empezó a trabajar en la construcción y a los 16 en la mina Santa Eulalia, que entró en Hunosa como maquinista en 1976, tras una amnistía, hoy retirado con grado de invalidez, llegó a amasar tanto poder?

Con el sindicato y sus potentes ramificaciones en el PSOE, tejió desde las Cuencas una tela de araña que le permitió dirigir con puño de hierro el socialismo asturiano y, en consecuencia, la vida política y, en gran medida, económica de Asturias, a partir de los años 80 del pasado siglo. Su poder se agrandó gracias a la íntima relación que mantuvo, hasta hoy, con Alfonso Guerra, tras la llegada de los socialistas al Gobierno, en 1982. El desencuentro con Felipe González se escenificó en la Navidad de 1991, con el encierro en el pozo Barredo, de Mieres. Antes es conocida la anécdota de que, en una reunión en la Moncloa, para explicarle cómo era el sindicalismo moderno, le espetó al entonces presidente del Gobierno: "Tengo percebes en los cojones de dirigir asambleas en los pozos, para que me digáis ahora qué tengo que hacer".

Desde su despacho de la plaza La Salve de Sama se ponían presidentes del Principado, se elegían diputados nacionales y regionales, se designaban senadores, alcaldes y cargos en sociedades y entidades que magnificaban su influencia. En junio de 2000, jugó un papel decisivo en la elección de José Luis Rodríguez Zapatero como secretario general del PSOE. Así como de Javier Fernández frente a Vicente Álvarez Areces en la Federación Socialista Asturiana (FSA). Quizás entonces no era consciente de que al pasar del "villismo" al "javierismo", junto al declive de la minería, comenzaba a transitar por el camino de su declive.

Los dos últimos años fueron determinantes para su ostracismo final. El destino es caprichoso y en la vida de José Ángel Fernández Villa volvió a cruzarse el simbólico color negro. En junio de 2012, un nuevo estallido en la minería le confiere un protagonismo inusitado. La marcha del carbón, también llamada negra, parte desde las comunidades mineras hacia Madrid. Villa se cuece en su salsa. La protesta es un éxito, incluida la recordada y espectacular entrada nocturna en la capital de España. Pero el resultado fue nefasto. El Gobierno de Rajoy, aún en su primer año de mandato, aguantó el duro envite de los mineros. No se movió un ápice en la negociación del nuevo Plan de la Minería. Y los sindicatos que habían sacado toda la artillería, se quedaron sin munición. Villa comenzó a escuchar duras críticas sobre su estrategia y cansado, ese mes de agosto, barruntó ya una retirada ordenada. A la fiesta de Rodiezmo, aduciendo un profundo agotamiento, tampoco acudió. La marcha había castigado su mala salud de hierro.

Será una casualidad, pero la Agencia Tributaria afirma que José Ángel Fernández Villa se acogió, ese mismo año, a la amnistía fiscal para blanquear 1,4 millones de euros. No ha trascendido en qué momento. Pero quizás ya planeaba, en su organizado repliegue, dejar resueltos asuntos oscuros pensando en la familia, en especial en sus dos hijos.

Desde ese momento los acontecimientos se precipitaron. El 9 de abril de 2013, en la Casa del Pueblo de Mieres, Villa escenifica, entre lágrimas y un baño de afecto de compañeros del sindicato, su renuncia a la secretaría general del SOMA. En realidad, hacía meses que el despacho de Sama lo visitaba con poca frecuencia y las aguas internas del sindicato bajaban turbias. Entonces alegó de nuevo su mala salud para la partida. En mayo, no consiguió controlar el congreso de su sucesión y una gestora se hizo cargo de la central. En septiembre, una candidatura urdida sin su conocimiento y encabezada por José Luis Alperi, tomó las riendas del centenario sindicato. Villa estaba definitivamente fuera, tras 34 años de liderazgo.

El momento, y vuelve a aparecer el azar, coincide con la investigación abierta por la Fiscalía Anticorrupción para determinar de dónde salieron los 1,4 millones declarados un año antes, en la amnistía fiscal. Las cuentas no encajaban. Sus retribuciones como sindicalista, político (fue diputado regional durante 24 años y senador) y miembro del consejo de administración de Hunosa (aún lo es en representación de la Junta General del Principado), no justificaban su "fortuna", como la calificó ayer el presidente del Principado. El veterano líder siempre se vio envuelto en sucios rumores de cobro de comisiones, participación en empresas, en mordidas de la llamada "trama carbonera"... Pero nunca se presentó denuncia alguna o prueba que los demostraran.

José Ángel Fernández Villa forjó su gran poder y su imagen de histórico dirigente político y sindical desde las entrañas de las minas. Su figura, ya bastante desdibujada, queda ahora sepultada por un derrabe de oscuro dinero. Si fuera la escena de una película, iría a fundido en negro.

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