La Comisión Europea ha vuelto a pedir a Alemania un mayor esfuerzo en gasto, consumo e inversión públicos y privados. - inversores y analistas, caso de George Soros, también han reincidido esta semana en la misma exigencia.

Una política más expansiva en Alemania y en todos aquellos países del euro más solventes y con elevados superávits externos aliviaría el esfuerzo que tienen que hacer las economías del Sur para reducir su fortísimo endeudamiento exterior y cauterizar así una de las grandes fallas que hicieron dudar de la pervivencia del euro. La forma más rápida y menos dolorosa de ajustar tamaños desequilibrios es que ambos bloques acerquen posiciones: unos -los más austeros-, gastando más, y otros -los más endeudados-, consumiendo menos.

Una estrategia más expansiva y keynesiana en Alemania y en los países más disciplinados contribuiría a otros dos efectos benéficos: generar inflación en la eurozona (lo que despejaría el riesgo de la temida deflación) y debilitar el euro. Una inflación más alta en los países más sólidos permitiría a las economías sureñas ser más competitivas en la zona monetaria sin necesidad de deprimir más sus salarios y sin castigar, por lo tanto, aún más su demanda interna ni profundizar en una desinflación que está aumentando peligrosamente el peso real del fortísimo endeudamiento público y privado. A su vez, una depreciación del euro, aunque encarecería la energía, permitiría a España y a países análogos ser más competitivos en los mercados ajenos al euro. Y esto es tanto más necesario cuando las recientes devaluaciones de los emergentes han agravado la fortaleza del euro.

El problema es cómo convencer a los alemanes de que modifiquen sus arraigadas pautas públicas y privadas para que reemplacen la cultura de la austeridad por otra que entienden como dispendio. Y mucho más cuando se les pide esa transfiguración para socorrer a unas economías que ven con recelo como causantes de todos los problemas y que consideran que ya les ha costado mucho dinero en fondos estructurales, rescates totales o parciales y, en el inmediato futuro, con el controvertido fondo para la banca.

Pero Alemania es el principal acreedor de Grecia, España y otros países porque fue su ahorro el que financió el elevadísimo endeudamiento privado en que incurrieron empresas y ciudadanos españoles entre 1998 y 2008, y que es la verdadera causa determinante del específico desastre español: un enorme endeudamiento externo que en el 85 por ciento es de naturaleza privada. Siendo el mayor acreedor, Alemania no puede permitirse un impago español. Tampoco el euro lo soportaría. Y esto es una baza para España.

El problema es que España apenas tiene margen para exigir a la canciller alemana, Angela Merkel, que cambie su política. El actual Gobierno español siempre propuso la receta económica de Merkel como modelo virtuoso a seguir. Y lo dijo antes y después de ganar las elecciones.

En realidad, es casi la única promesa electoral que se ha cumplido en estos algo más de dos años de legislatura. Y esta opción fue refrendada por los españoles en las urnas de forma masiva. Merkel puede esgrimirlo en cualquier momento.