A las nueve de la mañana de ayer ya estaban en marcha en el muelle de Beiramar de Vigo los motores de los arrastreros "Arosa Nueve" y "Arosa Doce". Mientras unas cuantas mujeres y niños apuraban la despedida, los tripulantes -26 por barco- iban llegando al muelle "a cuentagotas" para embarcarse en unos buques en perfecto estado de revista tras una semana a la espera del permiso oficial para iniciar la campaña de este año en el caladero noruego en busca de 2.300 toneladas de bacalao, en dos mareas.

La de ayer era una partida algo diferente, ya que en la mente de sus protagonistas estaba la dura experiencia del último verano, cuando ambos barcos, junto al "Arosa Quince", fueron objeto en Svalbard, de uno de los más sonados apresamientos sufridos por la flota española, que se saldó con casi dos meses de retención en Tromso, con una multa de 1,9 millones de euros y, como consecuencia, con un ajuste empresarial que se traduce en la pareja del "Arosa Catorce" y el "Arosa Quince" amarrados en Vigo a la espera de ofertas de compra u otras soluciones de futuro y con 52 marineros sin poder acudir este año a una de las mareas más apetecidas en lo económico, obligados a buscar acomodo laboral en tierra o en otros mares, "Donde cada uno pueda", señalaba poco antes de embarcar José Agustín Rivas, marinero de Cabo de Cruz.

El capitán de la pareja que ayer se hacía al mar, el donostiarra Julián Romero -en la flota bacaladera desde 1971 y con miles de horas por los duros mares de Groenlandia, Boston o Noruega-, prefería mirar al futuro inmediato, con casi dos mil millas de mar por delante, hasta casi rozar el Polo Norte, y no remover el pasado, el del último verano. "Aquello ya pasó y ahora vamos sin temor y a hacer las cosas bien", decía.

Después de más de una hora de ajustes y esperas por los rezagados, la pareja se despidió de Vigo con sonido de sirenas.