Historia local
Del esplendor al abandono: la historia de la Casa de Sangro
Avanzando hacia el casco urbano desde la rotonda de Figueiroa pueden avistarse las ruinas de lo que se intuye un antiguo pazo señorial. Muchos desconocen hoy en día su historia, la de un linaje que fue crucial en el plano político y social en Galicia y España

El pazo, apenas en pie. | BERNABÉ
Cuando pasamos por la PO-841, desde Figueiro hacia el casco urbano de A Estrada, es imposible no fijarse en las ruinas que quedan a mano derecha. Una construcción a la que todavía se le intuye un pasado de señorío, poder e influencia económica, aunque hoy apenas sobrevivan sus muros al paso del tiempo. Un escudo tallado en piedra preside aún la fachada como el fantasma de viejas glorias, de las que apenas queda un recuerdo.
De hecho, muchos desconocen a quién perteneció este esqueleto de caserío, cuál es su historia y cómo esta se relaciona con la nuestra, la de los estradenses. A través de diferentes investigaciones históricas, entre ellas el trabajo de Damián Porto Rico publicado en la Miscelánea Histórica e Cultural y la documentación reunida por Ricardo Terceiro —hasta ahora inédita—, en las siguientes líneas intentaremos arrojar un poco más de luz sobre el pasado de la conocida como Casa de Figueroa, también llamada Casa de Sangro o Casa de los Bermúdez de Castro.
Aunque hoy resulte difícil imaginarlo, la antigua parroquia de San Paio de Figueroa fue durante siglos el centro de uno de los linajes hidalgos más influyentes de la comarca. Porto documenta que, al menos desde el siglo XVI, la Casa de los Bermúdez de Castro se levantaba en las inmediaciones de la actual villa de A Estrada y que desde ella se administraban los señoríos de Figueroa, Callobre, Dorrón, Gondar y Vilasuso, reflejo del poder territorial que llegó a concentrar esta familia.
La investigación de Ricardo Terceiro permite poner nombre a quienes dieron origen a aquella casa. Sitúa sus comienzos en el matrimonio formado por Xoán González de Figueroa e Inés Álvarez Bermúdez, hija de Lois Bermúdez de Castro, señor de la fortaleza de Gondar. Sobre el gran portalón de cantería lucía un escudo con las armas de los Figueroa, Bermúdez de Castro, Arias y Aldao, símbolo de la unión de varios de los principales linajes de la Galicia de la época.
La tradición familiar conservó incluso escenas que ayudan a comprender la condición social de sus propietarios. Se decía que Xoán González salía a cazar jabalíes y ciervos y que, en ocasiones, su esposa Inés lo acompañaba montada a caballo. Más allá de la anécdota, el hidalgo dejó también un legado material. En el testamento otorgado en 1589 ordenó reconstruir la ermita del Santus Spiritus y levantar a su lado una casa destinada a acoger a los peregrinos que se dirigían a Compostela.

Las vistas desde la carretera PO-841. | BERNABÉ
La relevancia del linaje no hizo sino aumentar con el paso de las generaciones. Uno de sus nietos, Pedro Bermúdez de Castro, alcanzó la dignidad de caballero de la Orden de Santiago, motivo por el que la cruz santiaguista pasó a incorporarse al escudo familiar, acompañado de las armas de los Puga, Castro, Soutomaior y Aldao Maldonado.
Sería el hijo de Pedro, Xoán Bermúdez de Castro e Mera, quien marcaría otro de los momentos decisivos en la historia de la casa. Su matrimonio con Tomasa de Armesto y Sangro, perteneciente a una dinastía de origen italiano, acabaría dando nombre al pazo. Según la documentación recopilada por Terceiro, Tomasa era nieta por línea materna de Carlos de Sangro, príncipe de San Severo, que se estableció en Galicia de la mano del conde de Lemos tras abandonar Italia. Desde entonces, el apellido Sangro quedó ligado para siempre a la historia de Figueiroa.
Tomasa fue enterrada en la iglesia de San Paio de Figueiroa en 1719 y, según la investigación inédita de Ricardo Terceiro, sería la última integrante de la rama principal de la familia que residió de forma estable en la parroquia. Sus descendientes se establecieron en lugares como Ares, Santiago, Carral o Madrid, aunque continuaron administrando desde la distancia las propiedades y las abundantes rentas que seguían percibiendo en A Estrada y otros puntos de Galicia.
Entre todos ellos destaca Francisco Bermúdez de Castro y Sangro, capitán de navío de la Real Armada, desempeñó un papel destacado durante la Guerra de la Independencia como embajador del Reino de Galicia ante la Corte de Londres en 1809, con el objetivo de obtener el apoyo británico frente a la invasión napoleónica. Más tarde sería diputado en las Cortes de Cádiz.
Como ocurrió con tantas casas solariegas, el esplendor acabó dando paso a la decadencia. Los bienes de Figueroa pasaron a una nieta de Francisco, Uxía Bermúdez Rueda, pero tras su fallecimiento y el de su hija terminaron en manos de su esposo, quien los vendió en 1892 al juez estradense Lois Pastor Sieiro Gayoso y a su mujer, Herminia de la Riva Junquera. Tres décadas después, en 1922, ya viuda, Herminia traspasó las propiedades a Vicente Méijome Moreira, cuyos descendientes continúan vinculados a ellas.
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