TRibuna libre
Balbino sigue sentado en el aula
Annie Sánchez
Hay personajes literarios que pertenecen a una época. Y hay otros que, por desgracia, parecen condenados a repetirse generación tras generación. Balbino, el niño protagonista de Memorias dun neno labrego, pertenece a este segundo grupo. Han pasado más de sesenta años desde que Neira Vilas escribió aquella obra que cambió para siempre la literatura gallega. Sin embargo, al cerrar el libro resulta difícil no hacerse una pregunta incómoda: ¿cuánto hemos cambiado realmente?
Balbino vivía rodeado de limitaciones, no sólo económicas, también educativas. Soñaba con comprender un mundo que parecía demasiado grande para él y demasiado pequeño para permitirle crecer.
Hoy nuestros jóvenes disponen de internet, teléfonos inteligentes, inteligencia artificial y acceso inmediato a millones de libros. Sin embargo, seguimos escuchando las mismas preocupaciones: dificultad para encontrar un proyecto de vida, falta de oportunidades, escaso pensamiento crítico, miedo al fracaso y una creciente sensación de desorientación. La tecnología ha cambiado, las necesidades humanas, mucho menos.
Neira Vilas entendió algo que sigue siendo plenamente actual: la educación nunca fue únicamente una cuestión escolar. Educar consiste en enseñar a pensar, aprender a convivir, descubrir cómo resolver problemas, asumir responsabilidades y desarrollar criterio para distinguir entre una moda y un valor.
Por eso una sociedad no se construye únicamente dentro de las aulas. También se construye en una asociación cultural, un club deportivo, una agrupación musical, un grupo de voluntariado, un taller de teatro, un campamento juvenil o cualquier espacio donde una persona aprende haciendo.
A eso hoy lo llamamos educación no formal y probablemente sea una de las herramientas más infravaloradas que existen. Porque mientras la educación reglada transmite conocimientos imprescindibles, la educación no formal desarrolla muchas de las capacidades que determinan cómo vivimos en sociedad. Enseña liderazgo, comunicación, trabajo en equipo, resolución de conflictos, compromiso, creatividad, emprendimiento y, sobre todo, enseña algo que rara vez aparece en un examen: la gestión del fracaso.
Quizá una de las mayores carencias de nuestro tiempo sea precisamente esa. Educamos para aprobar, pero pocas veces educamos para equivocarnos. Y una sociedad incapaz de aceptar el error termina formando ciudadanos que prefieren no intentarlo antes que fracasar.
En A Estrada existen desde hace años ejemplos de esa otra forma de educar, entre ellos, el centro juvenil La Estación. Sería un error definirlo únicamente como un lugar donde se organizan actividades para jóvenes.
La Estación es, sobre todo, un espacio donde la experiencia se convierte en aprendizaje. Allí los jóvenes diseñan proyectos, coordinan equipos, organizan eventos, colaboran con asociaciones, afrontan dificultades reales, toman decisiones, resuelven problemas y descubren que liderar no consiste en mandar, sino en servir.
Aprenden algo que ningún manual puede enseñar completamente: que las consecuencias de sus decisiones afectan a otras personas. Porque formar ciudadanos no consiste únicamente en transmitir información.
Consiste en desarrollar criterio, capacidad de análisis, responsabilidad, empatía, pensamiento crítico; todo aquello que permite sostener una democracia sana mucho después de abandonar el colegio.
Por eso resulta paradójico que dediquemos tantos esfuerzos a conmemorar a nuestros grandes pensadores mientras olvidamos aplicar sus enseñanzas en la vida cotidiana.
Recordamos a Neira Vilas con actos institucionales, le dedicamos calles, bibliotecas, conferencias y todo ello es justo. Pero la mejor manera de homenajear a quien creyó profundamente en el poder transformador de la educación no consiste únicamente en pronunciar discursos sobre su legado.
Consiste en crear más lugares donde los jóvenes puedan aprender a pensar. Más espacios donde equivocarse no sea un fracaso, sino una oportunidad. Más proyectos donde el compromiso importe más que el currículum. Más comunidades donde el conocimiento sirva para construir y no solo para competir.
Porque los grandes autores nunca aspiraron únicamente a ser recordados, aspiraban a cambiar la realidad. Quizá la verdadera pregunta no sea si seguimos leyendo Memorias dun neno labrego, la pregunta es si seguimos permitiendo que existan nuevos Balbinos. Jóvenes con talento, curiosidad y ganas de aportar que encuentran demasiados obstáculos para desarrollar todo su potencial.
Cada generación tiene la responsabilidad de responder a esa pregunta con hechos. No basta con admirar a quienes defendieron la educación, hay que continuar su trabajo.
Porque la educación no termina cuando suena el timbre del colegio. Empieza, precisamente, cuando un joven descubre que también puede aprender de su comunidad, de sus errores, de sus vecinos y de los proyectos que decide construir junto a otros.
Ese fue el gran mensaje de Neira Vilas y quizá siga siendo la asignatura pendiente del siglo XXI. No necesitamos únicamente mejores estudiantes, necesitamos mejores ciudadanos.
Y esos no se forman sólo en las aulas. Se forman allí donde una comunidad decide educar con el ejemplo.
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