Aniversario
«Colorado» cumple 100 años
José Luis Fernández Rozas, que cruzó el Atlántico hace 75 años, alcanza el siglo de vida en Argentina, país donde construyó su hogar sin olvidar sus raíces lalinenses

José Luis Fernández Rozas con sus tres hijos en la celebración. / Cedida
Hay vidas que se miden en kilómetros recorridos y otras que se miden con la profunda melancolía de los recuerdos guardados en el alma. La de José Luis Fernández Rozas, que el pasado miércoles sopló con orgullo las cien velas de su centenario en la ciudad de Buenos Aires, es una muestra de ambas realidades, pues cruzó el océano Atlántico hace ya setenta y cinco años pero jamás llegó a marcharse del todo de su Lalín natal. Aquel niño que nació en el entrañable Barrio de Abaixo en el año 1926 celebró un siglo completo de existencia rodeado del calor de su familia y amigos en Argentina, aunque manteniendo siempre el corazón anclado en Lalín.
Hijo de Pepe «da Estadense», recordado con cariño por ser el primer cartero oficial que recorrió las calles lalinenses portando las noticias del mundo, y de Concepción Rozas de Prado, José Luis creció respirando día a día el pulso vital de su pueblo. De su padre heredó la hermosa vocación de conectar a las personas a través de las cartas, mientras que de su madre absorbió un arraigo inquebrantable a la tierra que lo vio nacer y que marcaría su destino.
En los nostálgicos años 40, José Luis Fernández se convirtió en una figura clave del ocio local al asumir el puesto de encargado del Cine Balado, un rincón mágico donde, entre el aroma inolvidable al celuloide caliente y el murmullo constante de las butacas de madera, vio pasar la historia viva de sus vecinos proyección tras proyección. Cuando se apagaban las luces de la sala cinematográfica, su incombustible energía se trasladaba al campo del Hospitalillo para calzarse las botas de fútbol y defender la camiseta del C.D. Loriga. Fue en esa época en la que también selló una fidelidad deportiva inquebrantable que ha durado un siglo entero: su amor por el Real Club Celta, repitiendo con orgullo que será celeste hasta el último día de su existencia.
Tras aprobar la oposición al cuerpo de Correos, siguiendo los pasos de la tradición familiar, el destino laboral lo llevó a Vigo, pero en 1951 la llamada de la emigración transatlántica golpeó su puerta. Tal como hicieron tantos otros miles de gallegos de su generación, armó una maleta donde la ropa pesaba menos que la morriña, poniendo rumbo definitivo hacia Argentina.

José Luis Fernández Rozas sopla las velas en su cumpleaños. / Cedida
En Buenos Aires rehízo su vida sin olvidar jamás sus raíces lalinenses junto a Isabel Fernández, una mujer de origen zamorano, con quien construyó un hogar y tuvo a sus tres hijos: Eduardo, José Luis «Pibe» y Andrés. La herencia lalinense caló tan hondo en la siguiente generación que su hijo «Pibe» regresó años después a la capital dezana para dejar su propia huella como jugador y también como técnico del Club Deportivo Lalín.
Esta distancia de miles de kilómetros nunca enfrió el amor de José Luis por su tierra, y en la década de los 80 asumió la presidencia del Centro Lalín, Agolada y Silleda en Buenos Aires, convirtiéndolo en refugio para la diáspora. Aquel espacio fue un rincón donde se debatía sobre las ferias locales, se añoraba el sabor del auténtico cocido, se celebraban las victorias del Celta y se colaboraba con artistas de la talla de su paisano e ilustre pintor Laxeiro.
Aquel chaval al que todos llamaban con familiaridad «Colorado» o «Encarnado» en su querido Barrio de Abaixo dejó en Lalín una constelación de amigos que el paso del tiempo no ha podido borrar, manteniendo siempre vivos en su memoria a personajes icónicos como Andrés Granja «Carrasqués», Saturnino « Tuno» Valdés, «El Brocha», Pepito Loro, Luis Cuíña, Ricardo Faílde, Antonio González y los hermanos Balado.
Hoy en día, arropado con devoción por sus tres hijos, cinco nietos y otros tantos bisnietos, José Luis Fernández Rozas es el testimonio de una generación que sopló las cien velas al otro lado del charco, pero haciendo que cada copa levantada en su honor supiera a Lalín. Porque hay hombres que cruzan los mares con el cuerpo, pero cuyas almas se quedan custodiando las esquinas del pueblo que los vio nacer y al que regresan cada día en el recuerdo.
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