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Tribuna libre

Dos varas de medir en Forcarei

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José Manuel Garrido

Escribo esta carta como vecino, usuario afectado por el cierre del gimnasio municipal de Forcarei y, sobre todo, como admirador involuntario de la física cuántica administrativa. Esa ciencia que permite que el tiempo avance a la velocidad de la luz cuando el Ayuntamiento te cobra un impuesto, pero que se congele por completo cuando te tiene que dar un servicio.

Hace casi dos meses, el Ayuntamiento decidió cerrar las instalaciones deportivas. El motivo: renovar la maquinaria y licitar una nueva concesión para ofrecernos un servicio digno. Se nos pidió paciencia (ese deporte municipal que todos practicamos sin querer) y se fijó un plazo de dos meses. El próximo día 15, se cumple la fecha y la realidad es que el gimnasio sigue cerrado a cal y canto. En su interior no hay obras, ni escobas, ni máquinas... de hecho, lo único que se mueve allí dentro son las pelusas y, si acaso, las esperanzas de los vecinos. Es evidente que no abrirán a tiempo, a no ser que el Ayuntamiento haya contratado a un equipo de magos.

Lo más hermoso de esto es el maravilloso ejercicio de flexibilidad mental que nos proponen. Cuando el Ayuntamiento de Forcarei emite un recibo, nos exige una puntualidad más británica que la de la propia reina de Inglaterra. Si te retrasas veinticuatro horas, la maquinaria administrativa se despierta con una energía envidiable: te aplican recargos, intereses de demora y casi te mandan a los caballeros templarios a embargar el sofá. Ahí no hay excusas, ni prórrogas, ni «vuélveme a pedir el papel mañana».

Sin embargo, cuando la pelota está en el tejado de la administración, los plazos dejan de ser leyes para convertirse en «meras sugerencias poéticas». El cierre de un gimnasio no es una tontería: afecta a la salud y a las rutinas de mucha gente que paga religiosamente para tener servicios públicos eficientes, no para financiar un museo del silencio o un local fantasma.

Los ciudadanos cumplimos como relojes suizos el día fijado en el calendario. Lo mínimo que merecemos es que el Ayuntamiento se aplique a sí mismo la misma disciplina militar que nos exige a nosotros. Esperamos la reapertura inmediata de las instalaciones, básicamente porque pagar impuestos para ver un candado en la puerta es un ejercicio de cardio que no viene en el folleto.

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