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Entrevista | Miguel Lorente Acosta Profesor de Medicina Legal en la Universidad de Granada

«En nuestra cultura está enraizada la idea de que hay una perversidad implícita a la condición de mujer»

«El negacionismo es la demostración más objetiva de la realidad de la violencia de género, porque si lo niegas es porque eres consciente de que existe»

Miguel Lorente impartió una conferencia, este martes, en el curso de verano de igualdad de Lalín.

Miguel Lorente impartió una conferencia, este martes, en el curso de verano de igualdad de Lalín. / Bernabé / Javier Lalín

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Lalín

Miguel Lorente Acosta (Almería, 1962) fue el encargado de inaugurar las ponencias que hasta este viernes se van a realizar en el XXI Novas Fronteiras na Igualdade de Oportunidades 2.0. Como médico, forense, profesor en la Universidad de Granada y asesor de la OMS en el área de Violencia de Género, su conferencia llevó por título Violencias machistas. Radiografía actual.  

Usted ha afirmado recientemente que el machismo actual busca refundarse para que los hombres puedan seguir ejerciendo sus privilegios sin ser señalados. ¿Cómo se manifiesta esa refundación en la España de hoy?

El machismo es una forma de entender la realidad, la vida, la identidad, la sociedad y la organización a partir de esas referencias. Eso es una cultura androcéntrica, un modelo adaptativo que cambia muchísimo pero que no se transforma. A lo largo de la historia, los hombres tenemos el poder, el criterio, la palabra, el elemento de superioridad para tomar decisiones. Todo eso se cuestionó desde el principio y de una manera más radical desde el feminismo, desde el siglo XVIII, y no ha habido otra cosa más que cambios. El modelo patriarcal androcéntrico masculino ha ido modificándose, pero no por conciencia crítica de la injusticia que supone, sino porque las mujeres han dicho basta. Y ahora nos encontramos en la fase de la guerra cultural, que es la toma de conciencia de dos cosas: que los procesos transformadores estaban tocando elementos esenciales del modelo androcéntrico y que se está produciendo una conciencia crítica sobre el significado de la situación previa e histórica. Y se produce una doble consecuencia. El logro, con lo cual pierdes influencia y se produce también la toma de conciencia de que todo esto es injusto. Cuando confluye esto ya no implica que haya más o menos participación de las mujeres, sino el propio significado de lo que son nuestros valores, ideas, creencias y tradición de una perspectiva crítica. Ya no se va a ver como lo que somos, sino como parte de lo que teníamos que no haber sido. Ahí es cuando empieza una técnica de refundación del machismo que es liderada por los hombres, porque nuestra identidad tiene dos objetivos: reproducir el modelo y hacer que se reproduzca. El sistema consiste en que los hombres estamos vigilantes para que el modelo se mantenga. La refundación se traduce en un beneficio para los hombres, aunque no es el objetivo.

El negacionismo de la violencia de género ha saltado de las redes sociales a los discursos institucionales. Como asesor de la OMS, ¿cómo afecta este cuestionamiento político a la protección real de las víctimas?

Es una estrategia definitiva. En 1997, cuando sucedió el asesinato de Ana Orantes nadie hablaba de violencia de género, no existía el concepto. España en ese momento toma conciencia y se empieza el movimiento feminista y en 2004 con la ley integral empieza a cuantificarse. Pasamos de un conocimiento a un desconocimiento que se traduce en normativas. Y se produce una reacción en la que no se niegan los asesinatos, pero sí la causa. Se empieza a decir que los hombres también son asesinados por sus mujeres y que no va a valer más su vida que la de una mujer. Y se expande el negacionismo que es la demostración más objetiva de la realidad de la violencia de género, porque si tú niegas una cosa es porque eres consciente de que existe. Y lo que se busca es volver a la fase inicial de desconocimiento que lleva a la desregularización. El negacionismo es en realidad afirmacionismo. Es una estrategia para afirmar tu modelo negando aquello que cuestiona tu modelo.

Conceptos como el falso Síndrome de Alienación Parental o el bulo de las denuncias falsas siguen utilizándose con fuerza. ¿Por qué cree que la idea de la mujer malvada o manipuladora sigue siendo tan atractiva y fácil de comprar para una parte de la sociedad?

Hay dos elementos. Uno enraizado en la propia cultura, con Eva o con Pandora. Siempre hay una perversidad implícita a la condición de mujer. Todo se basa en que las mujeres mienten. Y el segundo elemento es que el uso de las denuncias falsas, que representan un porcentaje ínfimo, se convierte en una forma fácil de gestionar la realidad. Y se acepta por la utilidad y porque hace que todo encaje dentro del significado y que yo no tenga que hacer absolutamente nada. La gente duda, se genera pasividad, distanciamiento del problema y hace que todo siga igual.

Sigue existiendo la idea de que el agresor actúa por un ataque de celos o una pérdida de control. Sin embargo, usted defiende que la violencia machista es un crimen racional y deliberado. ¿Lo podría explicar desde su experiencia forense?

Formo parte de un grupo de expertos del Consejo General del Poder Judicial donde analizamos todas las sentencias por homicidio por violencia de género, y lo hago desde el punto de vista forense. En todos los casos siempre se pide un informe psiquiátrico de la persona que ha cometido el homicidio para ver si lo ha hecho bajo algún tipo de alteración mental. Los porcentajes en los que aparece este componente de alteración son mínimos. No hay una alteración que justifique que la conducta homicida en violencia de género se lleve a cabo por una situación de descontrol. Es una falacia más.

Tradicionalmente se asociaba al agresor con perfiles marginales, problemas psiquiátricos o adicciones. ¿Qué dicen los datos científicos actuales sobre el perfil del maltratador normalizado?

Antes en los juicios te preguntaban si los hombres tenían ese perfil del agresor y yo contestaba que el perfil tiene tres características: hombre, varón, de sexo masculino. Porque no existe el perfil. Son hombres con diferentes rasgos que deciden usar la violencia y llegar al homicidio. Aunque el verdadero objetivo es el control, y el homicidio se produce ante la pérdida de ese dominio.

Usted suele repetir la frase: "En una sociedad machista no basta con no ser machista, hay que ser antimachista". ¿Qué papel juega la complicidad o el silencio del entorno de los agresores en la perpetuación de los asesinatos?

Es absoluto. No habría sido posible la permanencia durante 10.000 años de la violencia contra las mujeres sin esa normalización que lleva, por un lado, a aceptarla como parte de determinadas circunstancias o momentos y en segundo lugar como algo que es privado y que no debe ser puesto en manifiesto. El 26% de las mujeres que no denuncian dicen que no lo hacen por vergüenza. Y el motivo es la construcción cultural que dice que los maridos no pegan y que si lo hacen es porque la mujer ha debido de hacer algo, por lo que, si denuncio estoy diciendo que soy una mala mujer, porque públicamente reconozco que he hecho algo para merecerlo y los entornos forman parte de esa manera de entender la violencia contra las mujeres.  

Preocupa el repunte de conductas controladoras y discursos machistas entre los adolescentes a través de pantallas y algoritmos. ¿Se está perdiendo la batalla de la igualdad con la Generación Z y la Alfa, o es un espejismo?

Estamos perdiendo la lucha contra la desigualdad como cultura. Lo que consumen en redes estas generaciones es parte de la construcción androcéntrica, es otra forma de expresar lo mismo. El problema que tenemos es que lo que se produce a través de influencers o algoritmos está llegando a una persona acrítica, que está siendo creada por el sistema. Las redes sociales lo que están haciendo a través de las personas influenciables es dar el mensaje de la manera más digerida para que tenga el mayor impacto. Hemos sustituido el pensamiento crítico por la fe-tendencia. Esto es que el grado de aceptación de los contenidos tiene que ver con el nivel de coincidencia con lo que previamente se piensa, el número de personas que le da seguimiento y el peso que pueda tener la fuente. Todo eso hace que en vez de cuestionar la realidad, se acepte porque esos elementos reproducen el sistema.

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