Un misionero del siglo XXI
El hijo de panaderos de Silleda que alimenta la fe en Sicilia
El sacerdote Gerardo Bouzada está al frente de la parroquia de Santa Lucía in Ognina de Catania, enfrentando desafíos como el desempleo juvenil y el fracaso escolar en el barrio de Picanello

Gerardo Bouzada sostiene a un bebé durante la procesión de Santa Lucía en Picanello (Catania). / Cedida
El sacerdote católico Gerardo Bouzada Iglesias, perteneciente a la congregación de los Legionarios de Cristo, ejerce actualmente su ministerio al frente de la parroquia de Santa Lucía in Ognina, ubicada en el populoso barrio de Picanello, en Catania (Sicilia), una zona de grandes desafíos sociales situada a 40 kilómetros del volcán Etna. Nacido en Buenos Aires en 1980, Bouzada desciende de una reconocida saga silledense dedicada con éxito al sector de la panadería artesanal, un oficio familiar profundamente arraigado en el municipio trasdezano que marcó su infancia y que contrasta con su labor comunitaria actual en el sur de Italia, donde hace frente a problemáticas locales como el desempleo juvenil, el fracaso escolar y el impacto de la delincuencia.
La labor del sacerdote en Catania responde al carácter misionero de su congregación, que estipula traslados periódicos según las necesidades eclesiales. Tras ser ordenado en Roma en 2013 y pasar por parroquias y centros educativos de Milán, Roma y el Piamonte, sus superiores lo destinaron a la isla mediterránea. En el barrio de Picanello, el día a día en la parroquia de Santa Lucía in Ognina combina la vida comunitaria junto a otros cuatro sacerdotes con la atención espiritual, la gestión del hogar y la apertura de un oratorio vespertino enfocado en el apoyo escolar y el ocio de los menores. Las principales problemáticas detectadas en la zona incluyen la inestabilidad en las relaciones familiares debido a las tensiones laborales, un índice de dispersión escolar que afecta de forma irregular a 90 de cada 1.000 alumnos en colegios públicos, la falta de empleo digno que obliga a la juventud a emigrar y las deficiencias en servicios básicos por el endeudamiento estatal. A esto se suma el riesgo de las redes delictivas locales, sobre lo cual Bouzada Iglesias advierte que «está también el fenómeno de la mafia que atrae a jóvenes ofreciendo dinero fácil pero luego los esclaviza con relaciones tóxicas».

Gerardo Bouzada en una catequésis nocturna en Catania. / Cedida
Para contrarrestar la crisis familiar, trabaja activamente con la asociación Encuentro Matrimonial Mundial impartiendo formación a parejas. La infancia y juventud del párroco estuvieron marcadas por el sentido de pertenencia a la comunidad gallega en Argentina, participando en las actividades del Centro Lalín de Buenos Aires y en reuniones familiares periódicas. Sus padres emigraron en 1978 por motivos laborales; su padre, José Bouzada, procedía de Taboada, y su madre, Isabel Iglesias, de Escuadro. Su primer contacto directo con Galicia ocurrió en 1993. «Cuando encontré y conocí a mis tíos, primos y abuelos por primera vez me sentí protegido, muy querido y curioso de conocer un estilo de vida de las aldeas diverso al de la gran ciudad», recuerda el sacerdote, que asegura mantener contacto telefónico mensual con sus allegados en España y semanal con los de Argentina. A pesar de la distancia y de los años de residencia en Italia, el arraigo con la tierra de Silleda sigue muy presente en sus recuerdos, vinculados fuertemente al prestigio de la tradición panadera de su familia. «Extraño las comidas, el olor del pan de la panadería de mi familia paterna, el gusto de los alimentos cultivados en la huerta de la casa de mis abuelos, la leche recién ordeñada, el sabor de los chorizos y el jamón hechos en casa, y compartir más en profundidad la vida ordinaria de mi familia», señala, añadiendo que echa de menos el clima fresco y los paisajes verdes «sobre todo cuando en Sicilia nos azota el viento de África, el Siroco».
Asimismo, destaca la influencia de la espiritualidad vinculada a Santiago de Compostela, caracterizada por «la sobriedad, silencio y recogimiento propio de las iglesias de piedra que dejan pasar poca luz». Cada año, el sacerdote regresa a la tierra de sus antepasados en torno a las fiestas de Pascua o Navidad para mantener vivo este vínculo. El proceso de integración en Sicilia se vio favorecido por el dominio previo del idioma italiano, aunque requirió un aprendizaje de los dialectos locales y una inmersión en el patrimonio histórico de Catania, una ciudad con más de dos milenios de historia que alberga restos arqueológicos romanos y teatros greco-romanos. La herencia cultural de la isla incluye raíces religiosas que se remontan a la predicación de San Berillo y a figuras como Santa Águeda y Santa Lucía. La conexión con los feligreses de la comunidad de Picanello se apoya en los puntos de encuentro históricos y geográficos entre ambas regiones. No obstante, el sacerdote de origen trasdezano aboga por una aproximación pausada a la comunidad al asegurar que «como he aprendido, no se puede juzgar un libro solo de la portada. Hay que ser prudentes y probar a las personas y tener en el entorno personas virtuosas que ayuden».
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