La historia de una «espiga»
El retorno del mármol errante

La fuente original en la plaza de la Farola. / RT Colección
Ricardo Terceiro
Las cuatro o cinco generaciones que sobreviven simultaneamente en A Estrada se han encontrado con esa piedra de marmol (“espiga”, le llaman algunos), que desde el pasado 16 de mayo ocupa de nuevo un espacio que, aunque desde otro ángulo, presidía el pasar de la vida de los estradenses de 1843.
Era casi el estreno y los primeros pasos de la capitalidad de A Estrada como cabeza de Municipio como consecuencia de aquella “Conspiración de la Botica” (así llamada por el historiador Juan Andrés Fernández Castro), y que fue el germen de lo que luego sería el Concello de A Estrada en sustitución del de Cereixo que no llegó a los 4 años de vigencia.
Con el engranaje administrativo puesto en funcionamiento, quedaba iniciar la labor urbanística y puesta en marcha de todos aquellos servicios que requiere una población que aspira a ser la capital de una gran comarca tanto en extensión como en número de nucleos urbanos repartidos por las 51 parroquias.
La traída de aguas no llegaría a España hasta 1850, con Valencia como pionera y todavía faltaba mucho para que las pequeñas poblaciones pudiesen disfrutar del abastecimiento de agua a domicilio.
Las pocas edificaciones que había e en el entorno de la Plaza Principal, que así se llamaba en sus primeros tiempos ese cruce de caminos que era A Estrada, tenían dificultades para abastecerse de agua de uso doméstico. Las crónicas de la época solo refieren la existencia de una fuente en el entorno de la Cárcel del Partido en la Plaza del Mercado (donde hoy está la Residencia de Mayores) y también hablan de un manantial en la finca de Francisco Trigo, aunque cabe la posibilidad de que fuese la misma fuente, puesto que ambas ubicaciones son coincidentes.
Cuatro maravedíes al cruzar el Ulla
Urgía pues acercar el agua a las viviendas y así, en 1843 la corporación, que por entonces presidía Manuel Otero, comienza los trámites para la construcción de una fuente en “el centro de la vllla” y para su financiación establece un portazgo en Pontevea en el que cada transeunte que entrase a pie en la comarca de A Estrada debería de pagar 4 maravedíes, si lo hacía a caballo serían 8 maravedíes y dieciseis si lo hiciese con carro.
El maravedí era una moneda que circuló en España durante 8 siglos. Era la fracción más pequeña del sistema monetario. 34 maravedíes equivalían a un real y nuestra generación aún utilizó el lenguaje de los “reales” hasta principios de los años 70. Un real equivalía a 25 céntimos (1/4 de peseta).
Los maravedies dejaron de acuñarse en 1858 durante el reinado de Isabel II. Desaparecieron de la circulación en 1868 aunque se siguieron utilizando como moneda de cuenta en documentos oficiales (escribanos, notarías, testamentos, etc.)

En los jardines municipales. | RT COLECCIÓN
Larga espera
Posiblemente la recaudación de los fondos para financiar la obra de la fuente no diese el fruto apetecido a corto plazo, ya que no es hasta noviembre de 1847 cuando el concello acuerda iniciar la ejecución de la construcción “de una fuente en la Plaza Principal”.
Al fin, comenzaron los trabajos. Un pilón circular, una columna ancha de cantería biselada en sus aristas con unos detalles decorativos de marmol tallados. Cuatro mascarones con la cara de Neptuno de cuyas bocas brotaba el agua que caía sobre el cerco.
Culminando la fuente se colocó el elemento decorativo más antiguo de la corta historia de la villa, esa piedra de marmol blanco de unos 45 centímetros de diámetro en su base y unos 50 de altura, tallada y pulida por la erosión. A lo largo de sus 179 años de existencia fue testigo de la transformación urbanística de la villa y “fuente” de inspiración para la confección de este artículo.
La “Fuente de la Plaza”
Aquella fuente nunca tuvo otro nombre identificativo que el de su ubicación, “La Fuente de la Plaza de... “Principal” “la República” “Ramiro Ciorraga” (dependiendo de sus cambios de nombre). Se colocó frente a las tres edificaciones que fueron “postal y estampa” de A Estrada por un tiempo: (Fenollera, Consuelo Iglesias y Señoran) hasta la aparición del “modernismo urbanístico” de los años 70.
Fue durante muchos años la primera, y una de las que cinco que años más tarde suministrarían el agua de uso doméstico a los vecnios de A Estrada mientras no se acometieron las obras de la traída de aguas y el suministro a domicilio.
En 1891 el concello toma razón de la finalización de las obras de un plan que había confeccionado para la reconstrucción de las fuentes existentes y el aprovechamiento el agua que bajaba desde Penarada, canalizándola hacia las de la Peregrina, la de San Antonio en el Campo da Feira, la de San Paio en la carretera de Santiago y finalmente hacia la de “la Plaza de Ramiro Ciorraga ”. A estas fuentes se unió la de Leicures con acuífero propio.
Testigo mudo
Y allí estaba ella con su aire neoclásico: la columna de granito y la piedra de mármol blanco, elegante, solemne, presidiendo la plaza. Contemplando concentraciones políticas, procesiones, reivindicaciones. Viendo como se derribaban edificaciones viejas y como nacían las nuevas, la casa de Trigo Torrado, la “Sombrerería París”, “el Portland”, “a do Escobeiro”, el “Bar de Pedro”.
Todo el mundo pasaba por allí. Las mujeres llenaban los “baldes” para “os potes” para los cocidos y las palanganas para la higiene personal. Los vecinos aprovechaban las tardes de solaz para intercambiar noticias, rumores y sospechas que en aquella época eran la versión analógica de las redes sociales de hoy.
Aquella piedra de marmol también contempló despedidas de los muchos estradenses que emigraron a Cuba entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.
La traída de aguas en 1928 le hizo perder el protagonismo y su utilidad para la que había sido construida y años más tarde el adoquín, la farola de piedra y “el Portland” le mosró la papeleta con la típica frase final de “gracias por los servicios prestados” y le puso las maletas en la puerta de Serafin Pazo indicándole la dirección del asilo en los “jardines municipales”.

La actual levantada de nuevo en la Farola. | RT COLECCIÓN
La piedra errante
No encontré documentación ni escrita ni gráfica que pudieran dar una pista de la fecha exacta de la demolición de esa fuente y del traslado de la “piedra de mármol” a los “jardines”. Pero teniendo en cuenta que en 1951 se colocó la histórica “farola de piedra” y que en esa fecha la fuente ya no estaba y que una de las primeras fotos en las que aparece instalada en el “pilón de las carpas” se aprecia un arbolado joven, un parterre nuevo, los materiales con que fueron construidas las casas que se ven al fondo y ver una Estrada diáfana sin otras construcciones, permiten aproximar la fecha de su traslado a la década de los 40 a 50.
Allí cambió su misión, apeada de la columna de granito pasó a ser observadora de besos robados y otros consentidos, de atardeceres de amor, de cuidados de Meijide, “ el sereno” preocupado de repoblar de carpas que sobrevivían poco tiempo a las gamberradas de los adolescentes. “Photocall” de bodas, bautizos y banquetes. De fotos para la posteridad que sacaban Andrés Castelo, Erundino Durán, Ovidio Piso, José Luna, “Foto Madrid”, etc.
“Pasarela Cibeles” de vestidos de estreno y corbatas con camisa blanca, chaquetas de punto y pantalón de Tergal.
Cirujía estética
Hasta que un día el alcalde decidió que se merecía una operación de cirugía que le rejuveneciese su demacrada cara que, con el paso de más de 130 años, fue tornando su blanco brillante en amarillento, con algas y líquenes. De nuevo le pusieron las maletas en la acera y un billete para el Museo Reimondez Portela. Allí fueron restaurados sus tres elementos que le dieron el caracter. La peana, el vaso y la piedra volvieron a su brillantez original gracias a las manos cuidadosas de alguien que devolvió claridad a los relieves cansados.
Retorno a lo eterno
Tras ciento setenta y nueve años la piedra volvió finalmente a “A Farola”. No regresó exactamente al mismo lugar en donde había escuchado pasos y bullicios en días de mercado, pero sí a la plaza en donde prestó sus mejores servicios.
El mármol, restaurado tras su largo sueño en el museo, volvió, pero con las miradas invertidas, en el siglo XIX era ella quien contemplaba a nuestros antepasados y ahora somos nosotros quienes nos detenemos a mirarla, tal vez buscando en la memoria a quienes un día dependieron de su agua.
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