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Tribuna libre

No me pegues, que tengo un panfleto

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Annie sánchez

La escena es casi irónica: frente a un problema tan antiguo como la escuela misma, respondemos con carteles. Campañas, lemas, vídeos institucionales. Como si el acoso escolar fuese una cuestión de falta de información y no de falta de acción.

En paralelo, profesores salen a protestar por sus condiciones. No es una coincidencia menor. Es, en realidad, el núcleo del problema.

El bullying no es una cuestión de desconocimiento. Ningún agresor ignora que lo que hace está mal. No necesita un cartel que se lo explique. La historia demuestra algo claro: los valores no se implantan desde arriba mediante propaganda. Se sostienen cuando existen estructuras que los hacen cumplir.

Hubo un momento en el siglo XX donde se intentó lo contrario. El régimen nazi convirtió la propaganda en herramienta central del poder. Bajo la dirección de Joseph Goebbels, se demostró hasta qué punto los mensajes repetidos podían moldear percepciones. Pero incluso en ese contexto extremo, la propaganda no bastaba por sí sola: estaba respaldada por control, coerción y consecuencias reales.

La lección es incómoda: sin capacidad de acción, el mensaje es solo ruido.

Hoy, trasladado a las aulas, ocurre algo similar. Se invierten recursos en campañas que apelan a la empatía, al respeto, a la convivencia. Todo correcto en teoría. Pero en la práctica, el profesor que detecta un caso de acoso se enfrenta a una realidad muy distinta: burocracia, falta de respaldo institucional, miedo a represalias, protocolos lentos y, en muchos casos, sensación de indefensión.

¿Cómo puede proteger a un alumno quien no se siente protegido?

Y no solo fallan las aulas. También fallan las familias. Padres y madres que detectan el problema, que ven cómo sus hijos cambian, que pierden sueño, que buscan ayuda… y se encuentran con un laberinto institucional que ofrece respuestas parciales, lentas o insuficientes. Se les pide paciencia cuando lo que tienen delante es urgencia. Se les pide confianza cuando lo que reciben son procedimientos.

Entre ambos, queda el joven acosado. El único que vive el problema cada día. El único que no puede esperar a que el sistema funcione mejor. Y, paradójicamente, es a él a quien se le exige valentía: que denuncie, que resista, que hable. Se le pide lo que los adultos, en conjunto, no estamos siendo capaces de garantizar: protección real.

El problema no es de intención, es de herramientas. Si un docente no tiene autoridad efectiva, si una familia no encuentra respaldo, si las consecuencias para el agresor son difusas o tardías, el mensaje pierde credibilidad. Y cuando el mensaje pierde credibilidad, el sistema entero se debilita.

Los valores no se aprenden por eslóganes. Se aprenden cuando tienen consecuencias. Cuando el respeto no es una recomendación, sino una norma que se cumple. Cuando quien actúa mal encuentra límites claros. Y cuando quien hace lo correcto sabe que no está solo.

El bullying no se detiene diciéndole al agresor que está mal.

Se detiene cuando la comunidad tiene la capacidad real de frenarlo.

Porque nadie dejó de pegar por leer un cartel.

Pero muchos sí dejaron de hacerlo cuando alguien pudo ejercer límites con contundencia.

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