Historias de la tierra de Deza
Francisco Gil de Taboada: el lalinense al frente del Imperio
Fue gobernador de las Islas Malvinas, fue el IX virrey de Nueva Granada (1789) y virrey del Perú (1790–1796). En España, ocupó los cargos de Ministro de Marina, Consejero de Estado y Vocal del Supremo de la Guerra. Rango Militar, alcanzó la máxima distinción como XII Capitán General de la Real Armada Española. Fue Bailío Frey de la Orden de San Juan de Jerusalén (Orden de Malta) y Comendador de Portomarín

Retrato de Gil de Taboada en el Museo Naval de Madrid / FDV
Nació en 1733 en el Pazo de Des, situado en la parroquia de Santa María de Soutolongo (Lalín). Fue bautizado el 24 de septiembre del mismo año, actuando como padrino don Francisco Gil Taboada y firmando el acta de bautismo fray don Diego López Taboada, prior de Soutolongo. Perteneciente a una de las familias hidalgas más distinguidas e influyentes de la Galicia del siglo XVIII, fue hijo de don Felipe Taboada Villamarín, señor de Cristimil y del Pazo de Des, y de doña María de Lemos y Rois. Su linaje paterno se remonta a don Francisco Gil Taboada y doña Beatriz Villamarín, señores de las jurisdicciones familiares, mientras que por línea materna era nieto de don Diego de Lemos Taboada y doña Josefa de Rois Gayoso.
En su entorno familiar destacan figuras eclesiásticas de gran relevancia, como su tío abuelo, don Felipe Gil Taboada, quien fue presidente de la Real Chancillería de Valladolid, obispo de Osma y arzobispo de Sevilla, y don Cayetano Gil Taboada, obispo de Lugo y arzobispo de Santiago. Asimismo, fue hermano de don Benito Gil Taboada, procurador síndico de Santiago y sexto conde de Taboada.

Pazo de Des, en Soutolongo / A. V. N.
Formación y Carrera Naval
En el ámbito eclesiástico, presentó en 1752 las pruebas de nobleza exigidas para ingresar en la Soberana Orden de San Juan de Jerusalén. A los dieciséis años, fue nombrado caballero profeso de dicha institución, donde alcanzó las máximas dignidades: Gran Cruz, Bailío, Comendador de Portomarín, Lugarteniente de León y Castilla y presidente de la Sacra Asamblea. De estas distinciones deriva el tratamiento de «Frey» que antecede a su nombre en la documentación oficial. Siguiendo la tradición de la época para los hijos segundones, cuyos destinos solían limitarse a la Iglesia, la Armada o la Corte, optó por la carrera naval. Siendo aún muy joven, sus padres lo enviaron a la isla de Malta, donde completó su formación académica y militar participando en expediciones de corso y misiones comerciales por el Mediterráneo.
Su trayectoria profesional comenzó el 27 de octubre de 1752 al ingresar como guardiamarina en la Armada, en Cádiz. Tras superar los exámenes teóricos, navegó en diversos buques hasta que, en 1754 y una vez aprobados los exámenes prácticos, obtuvo sus primeros galones de oficial como alférez de fragata. Su carrera continuó en ascenso: fue promovido a alférez de navío en 1760, a teniente de fragata en 1765 y a teniente de navío en 1767. Durante este periodo, permaneció embarcado en diferentes naves surcando el Mediterráneo y los océanos Atlántico y Pacífico.
En 1770 ascendió a capitán de fragata y fue nombrado gobernador de las islas Malvinas; no obstante, no llegó a ejercer dicho cargo debido a su ascenso a capitán de navío en 1776. En esa fecha, asumió la capitanía de la recién creada Compañía de Guardiamarinas del Departamento de Ferrol, puesto que desempeñó durante varios años. Posteriormente, en 1781 y a la edad de 48 años, fue promovido a brigadier, manteniendo sus funciones en Ferrol y, finalmente, alcanzó el grado de jefe de escuadra en 1782.
A instancias de Antonio Valdés, Ministro de Indias, fue nombrado en 1788 Virrey, Gobernador y Capitán General del Virreinato de Nueva Granada (territorio que comprendía las actuales Colombia, Ecuador, Venezuela y Panamá) y presidente de la Audiencia de Santa Fe. Su designación se debió, principalmente, a su profundo conocimiento de los asuntos de América del Sur. Relevó en el cargo a D. Antonio Caballero y Góngora y, en 1789, fue ascendido a Teniente General mientras se le ratificaba en su dignidad virreinal.
Arribó a Cartagena de Indias el 6 de enero de 1789 y tomó posesión del mando apenas tres días después. Aunque su destino original era Santa Fe de Bogotá, poco antes de su llegada definitiva a la capital recibió el nombramiento como Virrey del Perú y presidente de la Audiencia de Lima, una promoción considerada como una recompensa a sus destacados servicios. Pese al nuevo encargo, continuó hacia Santa Fe, donde gobernó el Nuevo Reino de Granada durante casi siete meses. Finalmente, en julio de 1789, entregó el mando a José Manuel de Ezpeleta. Su mandato en Nueva Granada, de apenas seis meses y veintidós días, dejó un grato recuerdo por su eficacia administrativa. Para asumir su nuevo cargo, se dirigió a Lima por la ruta de Panamá. Llegó a la Ciudad de los Reyes el 25 de marzo de 1790, aunque no realizó su entrada pública oficial hasta el 17 de mayo, fecha en la que relevó al Teniente General Teodoro de Croix. Su gobierno en el Perú se extendió por algo más de seis años, concluyendo en junio de 1796.
Durante su mandato como virrey del Perú (1790-1796), Francisco Gil de Taboada introdujo reformas administrativas trascendentales, incentivó el desarrollo de las artes y organizó diversas expediciones de exploración. Impulsado por una firme voluntad de fomentar la Ilustración en América, brindó protección a los intelectuales y facilitó la aparición de los primeros periódicos de relevancia en el continente.
Entre sus hitos destaca el respaldo a la fundación del Diario de Lima (1790), dirigido por Jaime Bausate y Mesa, y del Mercurio Peruano, editado por la Sociedad de Amantes del País bajo la regencia de Jacinto Calero y Moreira. Para fortalecer esta última publicación, el virrey puso los archivos nacionales a disposición de sus redactores, entre quienes figuraron intelectuales de la talla de José Baquíjano y Carrillo. Asimismo, en 1793 dispuso la publicación de la Gaceta de Lima, siguiendo el modelo de la de Madrid, con un enfoque centrado en las noticias de la guerra contra Francia. Gil de Taboada veía en la prensa bien administrada un baluarte de poder, razón por la cual favoreció de manera constante las instituciones culturales y las tertulias académicas.
Bajo su gestión, se impulsó la creación de diversas instituciones académicas, destacando la fundación de la Academia de Náutica y la Academia de Bellas Artes en Lima. Fiel a los cánones del neoclasicismo, promovió la culminación de la Catedral de Lima, lo que incluyó la compleja y costosa remodelación de sus torres. Tras los daños sufridos en el Palacio de los Virreyes por el terremoto de 1746, lideró su reconstrucción siguiendo la estética de la época, destacando la edificación de la «Puerta de Honor». Asimismo, rehabilitó el edificio de las Cajas Reales (Tesorería General), reparó la Secretaría de Cámara y modernizó la sede de la Aduana. En el ámbito urbano, priorizó la modernización del alumbrado público y la optimización de los servicios de limpieza
Otro aspecto notable de su mandato fue el académico, pues se enfocó en mejorar la Universidad de Lima y sus colegios de Santo Toribio y San Marcos. Promovió los estudios de Anatomía mediante la creación de su cátedra, estableció una Junta de Sanidad para investigar epidemias y medidas de prevención, y transformó el precario estado de los hospitales.
En el ámbito administrativo, saneó las rentas de las cofradías limeñas, entonces muy abundantes, hizo efectivo el subsidio eclesiástico e intervino en las elecciones conventuales para evitar desórdenes e influencias externas. Asimismo, combatió el bandolerismo en el campo, impulsó el desarrollo urbano e integró la región de Puna al Virreinato del Perú. En minería, fundó un laboratorio para el beneficio de metales, mientras que en materia de expansión fomentó exploraciones españolas en el Pacífico y el sur de Chile.
Durante su gestión, el Perú recibió la célebre expedición científica de Malaspina y Bustamante. A bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida, esta misión tenía el encargo de circunnavegar el globo para cartografiar las posesiones españolas; el virrey siguió de cerca sus avances, involucrándose incluso en los detalles más mínimos. Además, en materia demográfica, organizó el primer censo general de población con rigor científico y, en el plano militar, reforzó la defensa del litoral ante la amenaza de la flota francesa.

Influencia Iberoamerica en la arquitectura del Pazo de Des (Soutolongo) / FDV
Destacó por ser un hombre austero y de honradez intachable. Redujo el fasto virreinal, vistió con sencillez y erradicó gastos superfluos, combatiendo la corrupción y la codicia. Pese a su ambiciosa política de obras públicas e impulso al libre comercio, logró dejar las arcas saneadas para su sucesor. Firme opositor a las ideas de la Revolución Francesa, plasmó su pensamiento en escritos como la Memoria sobre el Nuevo Reino de Granada y su Relación de Gobierno dirigida a Ambrosio O’Higgins. Este último documento, que detalla minuciosamente cada asunto pendiente, refleja la meticulosidad de su método de trabajo, el cual ha sido objeto de estudio por historiadores como Richard Konetzke.
Tras finalizar su mandato como Virrey del Perú en 1796, regresó a España y superó con éxito el «Juicio de residencia». En este proceso, un tribunal especial analizó minuciosamente su gestión de acuerdo con las Leyes de Indias; estos juicios eran tan exhaustivos que no quedaba cuenta sin auditar, pudiendo prolongarse durante años.
Una vez en la Península, el Rey lo nombró Consejero del Consejo Supremo de Guerra, cargo que compatibilizó con otras altas responsabilidades en el ramo de la Marina. En 1799, asumió la Dirección General de la Armada, primero de forma interina y más tarde en propiedad. Posteriormente, en febrero de 1805, tras la designación de Domingo Grandallana para el mando de la escuadra de Ferrol, se encargó interinamente de la Secretaría de Estado y del Despacho de Marina.
Su carrera alcanzó la cúspide mediante los siguientes hitos: Noviembre de 1805, ascenso a Capitán General de la Real Armada por Real Decreto. Abril de 1806, nombramiento como Ministro de Marina por Carlos IV. Este periodo fue especialmente complejo, coincidiendo con la guerra contra Inglaterra y los prolegómenos de la invasión francesa. En 1807, ejerció la Dirección General de la Armada hasta la creación de la Inspección General de Marina. Agosto de 1808, obtención de una plaza en el Consejo de Estado. Mientras desempeñaba estas altas funciones, se desató el Motín de Aranjuez el 17 de marzo de 1808, que derivó en la abdicación de Carlos IV en favor de su hijo, Fernando VII. Gil de Taboada y el resto de ministros fueron ratificados en sus cargos hasta la partida del nuevo monarca hacia Bayona.
Durante la ausencia del Rey, formó parte de la Junta Suprema de Gobierno bajo la presidencia del Infante Don Antonio. En este periodo, destacó por su integridad política al oponerse firmemente a la exigencia de Joaquín Murat de entregar a Godoy, quien se encontraba confinado en el castillo de Villaviciosa.
Anticipando que la Junta sería anulada por las fuerzas invasoras, propuso trasladar el organismo fuera de Madrid para preservar su independencia. Tras los sucesos del 2 de mayo y la partida forzosa del Infante Don Antonio, la Junta intentó mantener el orden institucional. Sin embargo, el 4 de mayo, cuando Murat exigió presidir el organismo, Gil de Taboada se negó rotundamente a ceder ante la presión francesa, presentando su dimisión y retirándose a su domicilio particular.
Tras la batalla de Bailén en julio de 1808, que supuso la derrota francesa y su retirada de Madrid, Gil de Taboada juró de nuevo su cargo como miembro de la Junta. El acto tuvo lugar el 29 de septiembre de 1808 en Aranjuez, donde se constituyó la Junta Suprema Central como depositaria del poder soberano durante la ausencia del rey Fernando VII.
Con el regreso de los ejércitos franceses a la capital, se le exigió jurar lealtad al «rey intruso» José I. Sin embargo, se negó con gran entereza, quedando expuesto a represalias dado que su avanzada edad, era ya octogenario, le impedía huir. Pese a que algunos ministros instaron a José I a perseguirlo, el monarca se negó y prohibió que se molestara a tan valiente anciano. Su carácter firme, íntegro y honrado le valió el respeto incluso de sus adversarios políticos. Al fallecer en 1809, la propia guarnición francesa de Madrid le tributó los honores fúnebres correspondientes a su alta dignidad.
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