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Romaría da Tortilla

Antoni Miralda: «La fe y el estómago no están tan separados como parece»

La alimentación sostenible y promover el arte y la cultura son las metas de la Fundación Daniel y Nina Carasso. Con ‘Arte por venir’ unió los caminos del artista catalán y la fiesta gastronómica de Laro

Salomé Soutelo

Salomé Soutelo

Silleda

¿Qué relación puede tener una mesa con la fe, la comida y el arte? La mesa es la protagonista de grandes obras creativas como 'La última cena', de Leonardo da Vinci, la comida aparece en numerosas escenas de la película 'El padrino', como la de Clemenza enseñándole a Michael Corleone a preparar a preparar una salsa de tomate con albóndigas o en la icónica frase de don Vito, «no hablamos de negocios en la mesa». La comida y la mesa también están presentes en los ágapes de bodas, comuniones y, antaño, durante los velatorios en los que la familia del difunto preparaba y compartía su cena con quienes los acompañaban toda la noche en ese momento de pérdida.

Ese culto a la comida, entendida como una nueva fe, es una constante de la obra de Antoni Miralda desde que tenía 20 años. Miralda nació en la ciudad catalana de Terrassa hace 84 y sus instalaciones sobre el culto a la comida y su papel como vínculo de unión o exclusión pudo verse en museos y calles de Nueva York, Sydney, Toulousse... y ahora recala en Laro. La parroquia silledense que desde hace 36 años venera a la tortilla es la musa de su nuevo proyecto, Romería Update, en el que también tienen cabida la Procesión dos Cadaleitos, de Santa Marta de Ribarteme (en As Neves), y los exvotos empleados en romerías religiosas como muestra de agradecimiento por una curación.

Decenas de tortillas, en una edición de la romería de Laro.

Decenas de tortillas, en una edición de la romería de Laro. / José Troitiño Fraiz

Miralda nos dice que existen «cuatro categorías de mesas: en la primera se sienta el poder; la segunda es la mesa de la familia; la tercera pertenece a la justicia y, por último, la cuarta es la del cielo». Precisamente, el origen etimológico de la palabra «mesa» procede de «mensa», que era un pastel redondo o un alimento sagrado que se ofrecía a los dioses. Con el tiempo, esa ración sagrada pasó a dar nombre a la «tabla» que lo sostenía. Al veterano creador catalán le interesa de la Romería de Tortilla de Laro «cómo una reunión que nace a nivel familiar puede convertirse en un ritual y, con el tiempo, transformarse en un evento que atrae a centenares de personas». La Romería da Tortilla, como cualquier evento gastronómico o como aquellas comidas de familia en la que se juntan hermanos, primos y cuñados para celebrar la fiesta de la parroquia, no se ciñe al día de la comilona, no: comienza jornadas antes con la colocación de las mesas, ya fuesen modestos tableros de madera que se empleaban en los andamios de obra colocados sobre caballetes, para pasar después a las mesas de plástico con sillas a juego del jardín o, ya mucho más cerca en el tiempo, alquilando el mobiliario.

Pérdida de conexión

En Laro, como en cualquier celebración gastronómica y religiosa, la mesa es un símbolo, por eso hubo un tiempo en que no importaba su apariencia física. Una de las imágenes que acompaña esta información muestra cómo en una de las primeras ediciones a los comensales les bastaba con troncos de árboles cortados para colocar allí las viandas. Para Miralda, «el ritual contemporáneo puede resultar interesante y aportar valor, aunque es evidente que existe una pérdida de conexión humana» porque lo que comenzó siendo una fiesta para peñas y familias que se conocían entre sí pasó a ser una fiesta casi multitudinaria, en la que sí se mantienen las peñas, pero puede no haber conexión de comunidad entre ellas, de modo que es fácil que transcurra toda la vida sin interacción entre los grupos. Pensemos, por ejemplo, en la multitudinaria Oktoberfest de Múnich: una jornada que nació para reivindicar el carácter bávaro es, para muchos de sus asistentes extranjeros, un reclamo turístico, sin más. No hay, por así decirlo, interés por profundizar ni en el origen de la vestimenta ni en los bretzel (son los lazos de pan) y en el resto de la comida tradicional de la región.

Y esto puede ocurrir tanto en Laro como en cualquier otra cita gastronómica que cambia de dimensión. «Durante los preparativos, como la colocación de las mesas, es cuando se generan los vínculos, es un espacio intergeneracional. Tiene que ver con la creatividad, estimula la creación porque hay que pensar cómo vas a presentar la mesa, cómo se va a sostener... es la capacidad de improvisación, de recuperación y de reutilización. Y esa capacidad se está perdiendo, porque hoy basta con hacer una llamada», tanto para alquilar mobiliario como para encargar tortillas ya prefabricadas del súper. Por eso yo les mencionaba antes los tablones de andamios y caballetes con los que mis padres montaban la mesa de festejos cada septiembre. Y permítanme decirles que tampoco es cierto aquello de que «pasó el día, pasó la romería», porque al día siguiente tocaba recoger las mesas...

Inclusión y exclusión

La Romaría da Tortilla de Laro no se celebra en septiembre, sino el primer fin de semana de agosto. Desde 2013 goza de la distinción de Festa de Interese Turístico Galego. ¿Cómo valora Miralda esta declaración? El artista catalán apunta que «por un lado, refuerza el sentido de comunidad y de pertenencia, pero por otro, contribuye a una dinámica vinculada al negocio y al progreso materialista. Siempre hay una doble cara porque el consumo, poco a poco, puede acabar absorbiendo estas celebraciones, haciéndolas evolucionar hacia formas cada vez más comerciales. La cuestión es ver cómo se aceptan y se interpretan esos cambios». Para conocer de primera mano cómo fueron estos cambios en la Romaría da Tortilla, Miralda se reunió meses atrás en Laro con José Troitiño, que le facilitó diversas imágenes de las primeras ediciones.

Esos cambios en una mesa reflejan también los cambios en la organización social, económica y del poder. Pensemos, por un momento, cómo es el mobiliario de un restaurante con menú del día y de otro con tres estrellas Michelín: es la propia mesa y su ornamento, y no solo el tipo de comida y su precio, la que evidencia primero ese sentido de «exclusividad», de pertenencia a un grupo o a una comunidad muy selectos.

La Tortilla de Laro, la Empanada de A Bandeira o cualquier banquete de cazadores que celebran el remate de la temporada emplean mesas alargadas, para ganar espacio. Sin embargo, es habitual que las bodas en restaurantes empleen mesas redondas, que favorecen la comunicación pero entre pequeños grupos. Por eso ahora la tendencia en los banquetes de los enlaces ahora es comer de pie, manteniendo las mesas redondas, pero permitiendo que los comensales puedan moverse de un grupo a otro para poder interactuar.

Un zapato-mesa, inspirado en el pie de la Estatua de la Libertad. | ARCHIVO FOOD CULTURA

Un zapato-mesa, inspirado en el pie de la Estatua de la Libertad. / Archivo FoodCultura

«La mesa es un soporte para transmitir un mensaje, es relación entre lo visible y lo invisible», nos recuerda Miralda, que remarca que la forma de una mesa «sirve para visibilizar el mensaje». Su extensa obra ha analizado las diferentes formas que puede dársele a una mesa, según el símbolo que queramos transmitir. En 1973 creó dos propuestas para los John Kaldor Public Art Projects. Uno de ellos es un objeto inmobiliario en forma de llave, bautizado como 'Fiesta de colores', en la que los alimentos aparecían teñidos para demostrar otro refrán, ese que dice que la comida nos entra por los ojos. El otro, 'Coloured bread' , reúne a distintos panes también teñidos de colores.

El pan, como la tortilla, pueden considerarse alimentos «humildes» o básicos, al alcance de todo el mundo. Pero el pan es un gran símbolo religioso en la fe católica, al ser transformado en la Última Cena en uno de los símbolos de la pasión de Cristo y dar pie así a la ceremonia principal de las misas. Y de la misma forma que el pan y el vino tienen un sentido trascendental en la religión católica otra fe, la musulmana, remata siempre el Ramadán con una gran comida familiar. Tenemos, de nuevo, más ejemplos de cómo la fe y la comida dan sentido a una comunidad y crean vínculo. «La fe y el estómago no están tan separados como parece: muchas celebraciones religiosas terminan en comida, o empiezan con ella. Es una forma de materializar los simbólico», indica el artista.

Una mesa transformada en altar en el proyecto Barcelona-Filipinas. | ARCHIVO FOOD CULTURA

Una mesa transformada en altar en el proyecto Barcelona-Filipinas. / Archivo FoodCultura

El culto a la comida, por su nexo invisible de unión, aparece en otra obra de Miralda, una mesa transfigurada en altar para el proyecto ‘Barcelona-Filipinas’, que pudo contemplarse en Toulousse en 1986. Con forma de cruz, esta instalación conjuga la experiencia corporal de la digestión con la experiencia ritual. Si vamos más allá, en aldeas del interior gallego como Oseira y Os Ancares aún se conservan mesas no en forma de cruz, pero que sí se amoldan a la forma de la cocina de leña para que los comensales pudiesen mantener los pies y el cuerpo caliente en los días más duros del invierno.

¿Y por qué no una mesa en forma de tacón para sujetar los platos? No puede verse, de momento, en tierras gallegas, pero es otra de las creaciones de Miralda, un zapato-mesa inspirado en las dimensiones del pie de la Estatua de la Libertad de Nueva York.

Instalación ‘Comedor-Tabou’, en la muestra Power Food. | ARCHIVO FOOD CULTURA

Instalación ‘Comedor-Tabou’, en la muestra Power Food. / Archivo FoodCultura

Miralda tiene claro que Nueva York, Galicia o Cataluña «son contextos distintos, pero todos están atravesados por dinámicas de globalización y resistencia». Esa globalización puede estar detrás de que la Romaría da Tortilla, como la Festa do Cocido, sea ya una cita multitudinaria que queda lejos de sus primeras ediciones con carácter familiar. «Lo que hoy es novedad acabará formando parte de la narrativa histórica del propio evento. A nivel artístico, el interés reside en evidenciar estas contradicciones». Y si interactuamos en una fiesta gastronómica con los demás comensales, igual que participamos en una procesión religiosa, ¿por qué no hacerlo en una exposición en un museo? En el año 2000 en Hannover, Miralda creó ‘Infinity Table’, una mesa de 40 metros en forma de infinito y donde se cocinaba sobre la vitrina. Ocho años después, en la exposición Power Food, con ‘Comedor Tabou’ las mesas redondas con sillas patrocinadas por Coca Cola tienen un singular decorado al fondo: misiles. Unos y otros simbolizan la normativa alimentaria e institucional.

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