Tribuna libre
Escudos de la vergüenza, aquí o allá, siempre es igual
Annie sánchez
El abandono de la juventud adopta formas sutiles: discursos que prometen futuro normalizando la precariedad como rito de paso; políticas que hablan de oportunidades convirtiendo la estabilidad en privilegio; mensajes que invitan a participar reduciendo la participación a gesto simbólico.
Se les pide resiliencia cuando lo que necesitan es estructura. Se les ofrece relato cuando lo que necesitan es horizonte. Y así, se convierten en herramienta política. Apelando a su indignación cuando conviene movilizarla. Invocando su esperanza cuando conviene exhibirla. Simplificando sus demandas en consignas manejables, encauzando su energía hacia batallas de corto plazo y se les enseña que la política es un escenario donde otros deciden y ellos legitiman.
El resultado es un desajuste entre expectativas y realidad. Aprenden a hablar el lenguaje de la participación, pero no a experimentar su eficacia, a movilizarse, pero no a transformar.
Venezuela ofrece un espejo que incomoda. Jóvenes que no merecían ser admirados por morir, sino por vivir. Merecían reconocimiento por lo que eran capaces de construir, no por lo que se les arrebató. Ese es el riesgo de cualquier sociedad que posterga sus decisiones: honrar a su juventud por resistir lo que debió evitar. Por eso la advertencia no es alarmista, sino histórica.
La admiración consiste en crear condiciones para que no tengan que sacrificarse para ser escuchados. Que destaquen por sus logros, no por su resistencia, que su compromiso con el país no se mida por lo que están dispuestos a perder, sino por lo que pueden llegar a construir. Porque el peor homenaje que puede rendirse a una generación es pedirle que pague con su vida los errores que otros decidieron no corregir. Después pedirán a los jóvenes que salgan a la calle por decisiones políticas que no se miden en decretos ni en ruedas de prensa. Se miden en biografías interrumpidas. En cada uno de ellos hay algo profundamente reconocible: la convicción de que la sociedad puede y debe ser mejor. Esa es la fuerza histórica de la juventud.
No por ingenuidad, por lucidez moral. Los jóvenes perciben antes que nadie cuándo un sistema empieza a fallarles. Y, sin embargo, hay una constante incómoda: cuando la degradación social se normaliza, entonces se mira a los jóvenes. Se les pide que sostengan con su cuerpo lo que no se quiso corregir con responsabilidad.
En España, el desafío es elegir entre responsabilidad o inercia. Frenar a tiempo la deriva que empuja a los jóvenes hacia la frustración estructural no es ideología, sino ética. Porque una sociedad que admira a su juventud solo cuando sufre ha llegado demasiado tarde.
Confiar en que la tradición histórica o la solidez administrativa bastan para impedir un deterioro serio es un acto de fe, no de análisis. Cuando las instituciones se convierten en trincheras y la política deja de ser servicio para convertirse en supervivencia, el resultado siempre es igual.
Por eso la responsabilidad principal no recae en quienes todavía están aprendiendo a ocupar su lugar en el mundo, sino en quienes ya lo ocupan. Entender que frenar una deriva a tiempo no es debilidad, sino valentía ya que la historia no se repite por accidente, sino por negligencia.
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