In memoriam
Silleda despide a un referente del emprendimiento porcino
Benigno Souto Fariñas, conocido en Silleda como Fariñas, falleció este lunes, 9 de marzo, a los 95 años

Fariñas, fotografiado en 2013 en su estudio de pintura. / BERNABÉ

Benigno Souto Fariñas, conocido en Silleda como Fariñas, falleció este lunes, 9 de marzo, a los 95 años. Viudo de Carmen Rey Lamas, deja a su compañera, Carmen Pérez; a sus hijos Pepe, Ana y Daniel, además del recuerdo de su Carmen, ya fallecida; siete nietos y cuatro bisnietos. También viven tres de sus ocho hermanos. Su funeral se celebró este miércoles en la iglesia de Santa Eulalia de Silleda, con posterior sepelio en el cementerio parroquial.
Con su muerte desaparece una de esas figuras hechas a sí mismas que resumen toda una época. Fariñas construyó su trayectoria a base de esfuerzo, iniciativa y una inagotable capacidad para reinventarse. En 2013, cuando ya estaba jubilado y había encontrado en la pintura una nueva pasión, recordaba en FARO que había dejado la escuela a los 14 años para empezar a trabajar, en lo que él consideraba la auténtica «universidad de la vida».
Su recorrido laboral fue amplio y diverso. Después de casarse, emigró a Venezuela, donde trabajó en una gasolinera y en el reparto de cerveza, antes de regresar a Galicia. Ya de vuelta en su Silleda natal, levantó su vida desde abajo: construyó su casa, abrió una tienda de ultramarinos, obtuvo una licencia de taxi y, más tarde, encontró en el sector porcino la actividad que acabaría marcando su trayectoria empresarial.
Impulsor de la Asociación de Defensa Sanitaria
A partir de aquella primera vinculación con la venta de carne, Fariñas fue consolidando un negocio ganadero que creció hasta convertirse en una explotación de ciclo completo, con miles de cabezas entre madres reproductoras y cebo. Fue uno de los impulsores de la Asociación de Defensa Sanitaria (ADS) de Silleda, que también presidió. Tras dejar las granjas en manos de sus hijos, siguió durante años colaborando con ellos y asesorándolos, sin desligarse del todo de un trabajo al que había dedicado su vida, tal como recordaba hace más de una década en estas mismas páginas.
Pero no fue solo un empresario. Quienes lo conocieron recuerdan también a un hombre inquieto y activo. Incluso en la vejez seguía ocupando el tiempo en la huerta, en la casa o en pequeños trabajos de carpintería y herrería. Esa misma vitalidad lo llevó a apuntarse a clases de informática, talleres de memoria y, finalmente, a descubrir la pintura, una afición tardía que terminó por apasionarle. «Nunca soñei coa pintura», confesaba en 2013, sorprendido por el peso que había adquirido en su día a día esa nueva vocación.
Vecino muy conocido y apreciado en su pueblo, que no es poco decir, Fariñas deja la huella de una generación que entendió el trabajo como forma de vida y el esfuerzo como legado. Su historia fue la de muchos gallegos de su tiempo –la emigración, el regreso, el emprendimiento, la familia–, pero también la de un hombre singular que supo seguir aprendiendo hasta el final.
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