Relevo generacional en la empresa
Cuando el negocio se queda en casa
Cada vez que un negocio familiar cambia de manos dentro de la misma casa, no solo continúa una empresa: también se transmite una forma de trabajar, de entender el oficio y de relacionarse con la comunidad. Aquí siguen historias de cómo las nuevas generaciones toman el testigo y mantienen vivos proyectos que comenzaron mucho antes que ellos.

Adrián Picaño junto a su madre, Mari Lorenzo. / BERNABÉ/JAVIER LALÍN
Mientras muchos jóvenes hacen las maletas rumbo a las ciudades en busca de nuevas oportunidades, en las comarcas de Deza y Tabeirós todavía hay quien decide quedarse. No siempre por falta de alternativas, ni tampoco por simple inercia, sino por una convicción clara: continuar proyectos que forman parte de la historia familiar y del tejido económico local. En un momento en el que el rural gallego afronta profundos cambios demográficos y sociales, algunos negocios encuentran en las nuevas generaciones una forma de seguir adelante sin perder sus raíces.
Detrás de muchos mostradores, talleres, obradores o cocinas hay hoy hijos, hijas o nietos que han tomado el relevo de quienes levantaron esos negocios décadas atrás. En algunos casos la decisión llegó casi por casualidad; en otros, tras un proceso más meditado. Pero todos comparten un mismo punto de partida: haber crecido viendo de cerca el esfuerzo que supone sacar adelante una empresa familiar y asumir ahora la responsabilidad de mantenerla viva.
No se trata únicamente de conservar lo heredado. Las nuevas generaciones también aportan ideas, formación y nuevas formas de entender el negocio, adaptándolo a los tiempos actuales sin perder la esencia que lo hizo nacer. Así, entre tradición y renovación, muchos de estos proyectos siguen formando parte del día a día de sus municipios.
A menudo son negocios modestos, muy ligados a su entorno y a una clientela que, con el paso de los años, termina convirtiéndose en algo más que eso. En ellos se mezclan memoria familiar, identidad local y la voluntad de seguir construyendo futuro desde el propio territorio.
Los testimonios que siguen muestran esa otra cara del rural y concellos pequeños: la de quienes, pudiendo marcharse, decidieron quedarse para continuar escribiendo la historia de sus familias y de sus negocios.

Adrián Picaño junto a su madre, Mari Lorenzo. / Bernabé / Javier Lalín
Irmáns Picaño es una de las empresas familiares más emblemáticas y asentadas en A Estrada en la actualidad. Su andadura comenzó en 1985, y fueron los hermanos Fernando y Luis Picaño los que abrieron sus puertas. Durante años la dupla estuvo al frente del que al principio era un pequeño negocio enfocado al sector agrícola. No obstante, en 2008 Luis decidió desvincularse de la sociedad y emprender un nuevo camino por su cuenta. Fue entonces cuando Adrián, el hijo mayor de Fernando, dejó su trabajo en un taller mecánico local y decidió echar una mano a su padre. Por aquel entonces el mayor de la segunda generación de los Picaño tenía 20 años, y así recuerda el paso profesional que tomó: «Eu levaba dous anos nun taller de aquí da Estrada, no que estaba moi contento, pero cando meu pai me pediu axuda non podía dicirlle que non».
Quizás las ideas frescas, el entusiasmo por sacar algo propio adelante o la propia juventud fueron el impulso que Irmáns Picaño necesitaba para crecer, pues a partir de ese año la empresa estradense emprendió una tendencia al alza que aún hoy continúa. «Expandímonos no mercado, chegamos a concellos onde antes non estabamos, como Silleda ou Boqueixón, e a día de hoxe triplicamos a facturación inicial do negocio», comparte Adrián.
Él fue el primero de la prole de Fernando en unirse a la empresa familiar, pero más tarde su hermano pequeño, Iván, seguiría sus pasos. Hoy en día, si bien Picaño padre y su mujer, Mari Lorenzo, siguen implicados y ayudando a sus hijos en los quehaceres de la firma, son ellos dos quienes llevan el peso de la gerencia.
Cuarenta años después de su apertura en la calle Iryda, Irmáns Picaño ha sufrido un desarrollo considerable, sabiendo adaptarse a los nuevos tiempos y viendo la oportunidad de crecimiento. Prueba de ello es que hace un año, nada más y nada menos, abría una nueva nave comercial en el Polígono Industrial de Toedo. Así, todo parece indicar que el futuro de este negocio familiar tiene todavía mucha andadura, y para ello la segunda generación lleva la batuta. Adrián afirma que son muchas las responsabilidades y quebraderos de cabeza que uno debe asumir cuando decide ponerse al frente de un negocio, pero que existe también una parte enormemente gratificante, que hace que el esfuerzo valga la pena. «É bonito saber que estás dándolle para adiante a algo que comezaron teus pais, e no que vertiron tanto esforzo. Tamén que os clientes xa son amigos, e que algúns están tamén na segunda xeración», finaliza.

María junto a su padre, Paulino González, en el obrador de la panadería. / Bernabé / Javier Lalín
La Panadería Paulino, ubicada en Rellas, Silleda, cuenta con una trayectoria de nada más y nada menos que 88 años. Actualmente es la tercera generación la que asume la gerencia. María José González –María para los conocidos y amigos– tomó las riendas de este despacho familiar en el 2000, cuando tenía tan solo 24 años. Lo hizo pese a que inicialmente su intención era dedicarse a la docencia, y para ello había cursado un grado de Educación Infantil. «Acabei aquí un pouco de rebote. Daquela facía falta axudar a meu pai, e claro, non podía dicir que non. Funme metendo e metendo, e cando me quixen dar conta xa estaba de cheo», relata la empresaria silledense, que desde entonces llevó la marca familiar a Santiago de Compostela y Portonovo, con un despacho en cada una de estas localidades.
«Isto abriuno meu avó, Antonio González, no 38, cando volveu da guerra. Daquela vendíase de todo. Era unha taberna, un ultramarinos, panadería, tiñamos tamén venda de penso e de butano. De feito non se chamaba Paulino, senón ‘O Forno’», narra González nieta, que añade: «O negocio era moi diferente, meu avó centrábase no despacho, só ía á feira semanalmente e repartía un pouco polas aldeas colindantes. Non foi ata que comezou meu pai que se lle deu máis protagonismo á venda de pan, especialmente co reparto en coche». Poco a poco, la actividad se centró únicamente en la panadería, que basaba en gran medida su rendimiento en el reparto. Actualmente, los únicos despachos activos son los de Santiago y Portonovo, mientras que en Rellas, el local original en el que se fundó la empresa familiar está ahora reservado para el obrador.
Decisión
María González no lamenta la decisión de haberse quedado con la panadería, en lugar de tirar por la docencia, aunque reconoce que esta es una labor muy sacrificada: «Aquí traballas as 24 horas, os sete días da semana. Non hai as condicións de conciliación que pode haber en postos por conta allea, pero tamén é gratificante ver que segues o legado familiar, e tratar cunha clientela que máis que iso, é xa familia». La silledense recuerda que si bien no pasó a formar parte de la empresa propiamente hasta los 24 años, su relación con este oficio comenzó desde la cuna: «Sempre había que axudar, lémbrome cando era moza e chegaba de festa ás cinco da mañá, pero en vez de ir para a cama había que poñerse a facer empanadas». Ese mismo espíritu quiso transmitir ella a sus dos hijas, que aunque no prevén continuar con la panadería, saben perfectamente cómo llevarla: «Van ao reparto e axudan no obrador, aínda que están estudando as dúas na universidade».

Representantes de tres de las cuatro generaciones de Casa Currás. / Bernabé / Javier Lalín
Si se habla de Lalín y cocido, es muy difícil que el nombre de Casa Currás no salga a la palestra. Este negocio familiar no va por la segunda ni la tercera generación, sino que es ya la cuarta la que continúa el legado. A lo largo de los años, las actividades se han ido ramificando: por un lado la cafetería y por el otro el restaurante, que regenta Alberto González junto a su padre, José Antonio.
«Isto comezou sendo unha taberna que abriron meus bisavós, Esperanza Álvarez e Manuel Vázquez. Despois collérono meus avós –Julia Vázquez e José González–, e posteriormente meus pais e meu tío. Inicialmente eran as mulleres quen máis traballaban o negocio, era un matriarcado en toda regra, e aínda hoxe miña avoa segue sendo un referente para todos nós», explica Alberto. Casa Currás no servía comidas al principio, «servíase algo de xamón ou queixo co viño, pero pouco máis». Fue más tarde, cuando en 1999 José Antonio y Ángel González Vázquez cogieron el relevo, que entró en juego la parte de restauración. «Coa ampliación na Praza da Igrexa, arriba quedou meu tío co bar e abaixo deixouse para restaurante, que levaba meu pai. Foi el quen quixo apostar polo cocido, que no seu momento resultou un risco, pero agora veuse o éxito da iniciativa», declara el lalinense.
Hoy en día sus primos, Manuel y Ana, así como su hermana, María, y el propio Alberto representan la cuarta generación. Si bien la tercera está todavía al frente de la gestión, esta última remesa de gente joven promete Casa Currás para muchos años.
Por su parte, el entrevistado, de 30 años de edad, sostiene que siempre tuvo claro que quería dedicarse a la cocina, para lo que se formó tras cursar Química. Aunque no sabía, en aquel entonces, que formaría parte del negocio familiar. «Eu nacín con isto, a miña infancia e todos os meus recordos están vencellados coa hostalería. Hai moito que traballar, pouca conciliación, pero sabes que é un esforzo que polo menos agora toca facer, máis adiante xa se verá».

Manuel Areán, flanqueado por sus hijas Belén y Verónica, en la oficina de Naera. / Bernabé
Naera es una empresa reciente, fundada en 2016 por las hermanas Verónica y Belén Areán. No obstante, germina de otra anterior, la creada por su padre y otro socio en 1995, conocida como Construcciones Areán S.L., en Silleda. Dos mujeres dedicándose a un sector mayoritariamente masculino no es común, pero seguir los pasos de su padre parecía la decisión natural para estas dos empresarias.
«Meu pai sempre se dedicou á construción. Nós vímolo dende pequenas e aprendemos del, por iso ambas sabiamos que queríamos dedicarnos a isto e traballar con el», relata Verónica, que añade: «No meu caso, comecei con 21 anos, e teño agora 51. Malia que me formei cursando un ciclo, non é ata que comezas a traballar que realmente aprendes a facer as cousas». En Naera, ella se encarga de la parte administrativa de la empresa, gestionando áreas como la contabilidad o los recursos humanos, mientras que Belén, de 43 años de edad, lleva la parte de contrataciones y presupuestos de obra. Cuando Construcciones Areán echó el cierre, la opción de acceder a un puesto por cuenta ajena estaba sobre la mesa, pero las dos hermanas no dudaron en crear su propia entidad, siguiendo así el legado de su progenitor.
Como ocurre con todo, estar al frente de una empresa tiene sus cosas buenas y aquellas que no lo son tanto. Verónica comparte: «Hai moitos quebradeiros de cabeza, por exemplo actualmente preocúpanos en especial a falta de man de obra, pero ao final vale a pena, é o que levamos facendo toda a vida, ao que estamos acostumadas, e sei que para noso pai foi un orgullo que as súas fillas seguisen os seus pasos».
Lo más importante es siempre hacer lo que nos gusta, y tanto Verónica como Belén han conseguido hacer de su trabajo una pasión. La misma que las une con su padre, a quien tienen de referente y al que todavía recurren cuando necesitan orientación. «El xa está xubilado, pero aínda lle pedimos consello, temos a sorte de telo de guía», remata
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