Social
Aquí no se puede pedir deseos
Las fuentes, esos elementos ornamentales que dan vida a una villa, que centran y protagonizan la vida social y la pausa, son una especie en extinción en A Estrada, que fue desprendiéndose de las suyas

El último bastión, ubicado en los jardines municipales y retirado con la reforma de 2019. |
En A Estrada ya no se puede pedir deseos. Al menos no como antes, cuando bastaba con acercarse a una fuente, escuchar el murmullo constante del agua y lanzar una moneda con la esperanza inocente de sobornar a la suerte. El mayor impedimento para ello radica, principalmente, en que en el casco urbano estradense ya no existen las fuentes. De hehco, la única que podría recibir ese nombre se encuentra en los jardines municipales, aunque ni su diseño ni su presencia responden del todo a los principios estéticos que normalmente asociamos a estos elementos ornamentales. No es una fuente clásica ni especialmente evocadora, el hormigón blanco que la cubre y su diseño geométrico y funcional hacen que apenas venga a la mente cuando se piensa en este elemento urbano.

La fuente de la Praza da Constitución, con función de glorieta, eliminada en 2003. |
Y es que las fuentes son mucho más que eso. Cumplen una función estética evidente, sí, pero también aportan una ruptura en el paisaje urbano y el ritmo frenético del día a día. Hay algo hipnótico en el agua en movimiento, algo que transforma cualquier espacio en un lugar más habitable, más humano. demás, tiene un claro papel práctico, especialmente en verano, cuando el calor aprieta y el sol cae a plomo sobre el asfalto. En esos días, una fuente es frescor y es alivio. En un pueblo costero su aportación quizá no sea tan apreciada, pero en el caso de una villa de interior como lo es A Estrada, resulta de agradecer.
A mayores, no se puede pasar por alto su función social. Las fuentes son lugares de reunión como las plazas o los parques. Ante ellas se espera, se descansa y se charla. So, pues, espacios que favorecen la vida pública, la conversación espontánea, el descanso. El filósofo Henri Lefebvre, por ejemplo, esribía: «El espacio es un producto social». Es, por tanto, una realidad viva que se crea y se transforma a través de los usos cotidianos de quienes lo habitan. Así, una fuente no es solo un elemento ornamental: es también un punto donde la ciudad se reconoce a sí misma. Por si esto fuese poco, a menudo arrastran consigo un cierto misticismo: alrededor de ellas nacen leyendas, supersticiones y rituales. De algún modo, aportan también al patrimonio inmaterial de un pueblo, y guardan su memoria.
Quizás sea por esto que una villa sin fuentes luce de alguna forma desnuda, como ocurre con A Estrada. La pérdida de estos elementos fue paulatina, una desaparición lenta, casi inevitable, con la llegada de cada reforma.
La primera gran ausencia fue la de la Praza de Galicia, donde reinó durante décadas la emblemática fuente central en el cruce de caminos que dio nombre al pueblo y al concello. De ella solo quedan imágenes en blanco y negro y el testimonio de los pocos que todavía la recuerdan allí.
Después llegó el turno de la Praza da Constitución. En el año 2003, la reforma y peatonalización de este espacio motivó la retirada de la fuente que durante años había presidido la plaza. No era solo un surtidor: era casi el corazón visual del lugar, con sus chorros y su carácter de organizador del tráfico. Con su eliminación, la plaza ganó amplitud y espacio para el viandante, pero perdió también una pieza reconocible de su identidad. Y es que a menudo, en los procesos de redistribución urbana, lo funcional termina imponiéndose a lo simbólico.
Finalmente, el último estacazo llegó en 2019 con la ampliación y remodelación completa de la Alameda. Aquella obra transformó el parque y trajo consigo más extensión, pero también mucha polémica. Fue el cierre de una etapa: desde entonces, el agua pasó a ser un elemento residual, casi en extinción, en el paisaje urbano estradense.
Con todo, todavía hay motivos para el optimismo. El proyecto de reforma y peatonalización de la Praza de Galicia contempla la instalación de una fuente en honor a la que un día reinó en este espacio central. Sería, en cierto modo, una una reconciliación con esa estética y esa memoria que durante años definieron el corazón no solo de esta, sino de todas las villas gallegas.
Quizás entonces A Estrada recupere también la costumbre de detenerse un instante, escuchar el fluir del agua y volver, por fin, a pedir deseos.
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