Turismo de crecida: ríos desbordados, cascadas en plenitud y pantano a tope
El nivel del Ulla supera los 7 metros en Pontevea y multiplica por 70 su caudal veraniego
Portodemouros, al 100%, vierte agua por su aliviadero

Bernabé/Javier Lalín

El invierno ha cambiado el paisaje en Deza y Tabeirós-Terra de Montes. La cadena de frentes deja los suelos empapados, eleva los ríos y obliga a mirar al cielo (y a los cauces) con mezcla de respeto y fascinación. En las riberas se repite la misma escena: prados convertidos en charcas temporales, sendas que desaparecen bajo el agua y pasos que vuelven a recordar por qué se construyeron a cierta altura. Y, a la vez, un espectáculo de invierno que atrae a vecinos y visitantes: el turismo de crecida, la foto de la orilla anegada, el rumor ensordecedor del agua y, sobre todo, cascadas como la Fervenza do Toxa en su versión más poderosa.
El pulso de este episodio se mide en estaciones de aforo, como la del Ulla a su paso por Pontevea (Teo) y Couso (A Estrada). Allí el río alcanzó ayer su nivel y su caudal máximos: 7,128 metros y 582 metros cúbicos por segundo, superando la marca del pasado 27 de enero: 6,79 metros y 534 m³/s. En agosto de 2025 no llegaba a 2,5 metros y el caudal rondaba los 8,5 m³/s. Dicho de otra manera, el Ulla mueve hoy casi 70 veces más agua que en aquel estiaje, un salto que se nota aguas abajo, pero que se nutre de también de otros ríos.
Es el caso del Arnego, al que Meteogalicia otorgaba ayer en la zona de Agolada un caudal de 82 m3/segundo y una altura de 2,964 metros, sensiblemente por debajo de los 191,919 m3/s y los 4,189 metros que había marcado el 27 de enero. Es decir, el río ha bajado alrededor de un 57% respecto al pico del mes pasado. El agua empieza a devolver orillas y prados, pero el suelo continúa saturado y cualquier nuevo frente reengancha el sistema con rapidez.
En definitiva, ríos y regatos han vuelto a ocupar espacios que en los meses secos son fincas o caminos. Hay puntos donde el cauce se ensancha y lamina de forma natural; en otros, el agua corre encajonada y gana velocidad, mordiendo orillas y dejando árboles con las raíces al aire. Las crecidas dejan también vías rurales impracticables, accesos a fincas con pasos sumergidos e islas de hierba que obligan a esperar a que baje el nivel.
Postal buscada
Sin embargo, esta invernía deja también una postal buscada. Hay un tipo de turismo de naturaleza que funciona con lluvia: el de las crecidas, en el que las cataratas ocupan lugar preferente. La Fervenza do Toxa, en Pazos (Silleda), se ofrece al visitante en su máximo esplendor, envuelta en una niebla de agua que empapa el bosque y deja en el aire olor a tierra fría, y su salto ruge con una potencia que en verano apenas se insinúa. El agua cae con fuerza, se atomiza en niebla y empapa miradores y rocas.
Quien se acerca a esta o a otra de las muchas cataratas que hay en las comacas en esta época del año busca exactamente eso: la versión grande del paisaje fluvial, el agua como protagonista y el ruido como banda sonora. Acuden grupos con cámaras, familias que van «a ver como baja» y curiosos que se asoman a zonas inundadas como si fueran un mirador espontáneo. Es la cara luminosa del temporal, siempre que se mantenga el sentido común: mirar sí, invadir la ribera no; acercarse a un salto de agua sí, intentar buscar la foto en una roca mojada, mejor no.

Una joven observa el aliviadero de Portodemouros en pleno funcionamiento. / Bernabé /Javier Lalïn
Porque el mismo episodio que llena de vida cascadas y riberas también activa protocolos. Con acumulados altos y suelos encharcados, el riesgo de incidencias aumenta y las autoridades insisten en que más vale prevenir. El mensaje no cesa desde el inicio del tren de borrascas: atención a los partes oficiales, precaución en desplazamientos y, sobre todo, distancia con los cauces cuando el nivel sube. La crecida, por espectacular que sea, no es un mirador, es un aviso a navegantes.
Portodemouros se ha convertido en uno de los termómetros más visibles del episodio. Según los datos de seguimiento de embalses, el pantano se sitúa al 100% de su capacidad: 297 hectómetros cúbicos de agua embalsada en la última actualización disponible, correspondiente a este mismo lunes, con un incremento notable respecto a la semana anterior. Ese «a tope» explica una imagen que impresiona incluso a quien conoce la presa: el agua vertiendo por el aliviadero.
Naturgy, empresa explotadora, subraya que este comportamiento es excepcional pero recurrente cuando se encadenan lluvias durante semanas, como ya ocurrió en otros inviernos húmedos. La clave está en la función de regulación: Portodemouros es un embalse de ciclo anual, gestionado para minimizar riesgos ante crecidas. Antes de la temporada húmeda se genera un resguardo de seguridad; durante los meses lluviosos, el embalse actúa como regulador del sistema fluvial, reteniendo parte de los caudales entrantes y laminando avenidas para que el río no reciba de golpe un volumen superior al natural.
Sin compuertas
Pero hay un punto en el que, por pura física, el sistema no puede guardar más. Cuando se supera la capacidad de almacenamiento, el agua sale por el aliviadero, algo que ha empezado a suceder este mes, como ya había pasado en los años 2014, 2016, 2019 y 2023. En Portodemouros es de lámina libre, es decir, no hay compuertas que abrir o cerrar. Ese matiz es importante, porque en días de máxima atención al embalse se tiende a hablar de «aperturas» como si se tratara de un dispositivo con maniobra. Aquí el funcionamiento es distinto: cuando el nivel rebasa el umbral, el agua vierte de manera automática por diseño, siempre con la prioridad de seguridad de la infraestructura y de las poblaciones aguas abajo.
La compañía cuantifica el papel amortiguador del pantano en este episodio concreto: desde el 20 de enero, Portodemouros ha logrado retener 129,35 hectómetros cúbicos que, sin la presa, habrían circulado río abajo hasta alcanzar el mar. Esa laminación es especialmente eficaz cuando se producen lluvias intensas aisladas; con borrascas encadenadas, sin embargo, el margen se va reduciendo progresivamente a medida que el embalse se llena. Por eso, en situaciones extraordinarias, el criterio se simplifica: «seguridad por encima de cualquier otro uso». Las normas de explotación –documentos oficiales aprobados por la Administración– fijan umbrales y obligan a liberar excedentes de forma controlada para garantizar que la presa trabaje dentro de parámetros seguros.
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