Historias de la Tierra de Deza
Los Deza-Churruchao, de la comarca a la corte de los Reyes Católicos
Los Deza-Churruchao es una de las estirpes más antiguas y turbulentas de la nobleza gallega medieval, caracterizada por un poder y un espíritu belicoso, como por sus constantes conflictos con la mitra compostelana. Su historia es una crónica de ascenso político, conflictos eclesiásticos y una evolución hacia el servicio a la Corona en Castilla

Monumento a Cristóbal Colón en el Alcázar de Córdoba. | A.V.N.
Un aspecto poco conocido de la biografía de Fray Diego de Deza (1443-1523) es el origen de su linaje en la Terra de Deza como consecuencia de asentamiento de una rama de los Deza en Toro (Zamora) durante la segunda mitad del siglo XIV, bajo el amparo de la reina Beatriz de Portugal, donde la familia Deza evolucionó desde los conflictos feudales de Galicia hasta integrarse plenamente en la hidalguía urbana y los cuadros de la administración real. Esta evolución familiar, sumada a sus méritos como catedrático en Salamanca, consolidó la posición de Fray Diego como una de las figuras más cercanas a los Reyes Católicos.

Retrato de Fray Diego de Deza por Zurbarán, en el Museo del Prado. | MUSEO DEL PRADO
El linaje de los Deza tiene su cuna en la Tierra de Deza, Lalín, Pontevedra, donde sus miembros ejercieron como señores feudales. El apellido, «Churruchao» o Torrechano, quedó grabado en la memoria popular como sinónimo de bravura y temperamento guerrero. El ascenso definitivo de la familia se produjo tras la unión de Alonso Suárez de Deza y Mayor Vázquez de Rodeiro, consolidándose el linaje Suárez de Deza-Churruchao. La influencia política de la estirpe culminó en 1312, cuando Alfonso Suarez fue nombrado Adelantado Mayor de Galicia, asumiendo en nombre del monarca el control militar y judicial de todo el territorio gallego. Era la máxima autoridad delegada del rey en el territorio gallego para mantener el orden y ejecutar mandatos reales.
Durante medio siglo, entre 1317 y 1366, el linaje de los Deza mantuvo un encarnizado conflicto con el Arzobispado de Santiago por el control de tierras y fueros en Galicia. El episodio más sangriento de esta disputa ocurrió tras el nombramiento papal de Berenguel de Landoira como arzobispo. Alonso Suárez de Deza lideró una resistencia armada que impidió al prelado entrar en la ciudad durante casi tres años.
La confrontación terminó en tragedia el 16 de septiembre de 1320. Berenguel de Landoira, fingiendo buscar un acuerdo de paz, convocó a Alonso Suárez y a otros diez líderes del Consejo al Castillo de Rocha Forte. Una vez allí, fueron arrestados y decapitados. Con sus cabezas expuestas en las murallas, la resistencia compostelana se desmoronó y el arzobispo tomó el control total de la ciudad. Esta ejecución marcó el destino de los Deza.
Años después, en 1366, Fernán Pérez Churruchao, hijo de Alonso Suarez de Deza, asesinó al entonces arzobispo Suero Gómez de Toledo. Este asesinato se interpreta históricamente no solo como un lance político, sino como una cruenta venganza familiar de los Deza contra la institución que había ajusticiado a su padre.
El asesinato fue el punto culminante de una guerra de poder que precipitó el declive del linaje de los Deza en Galicia. Tras el crimen, la Corona y la Iglesia impusieron severas represalias, confiscando gran parte de sus posesiones y torres, integrándolas en la mitra compostelana. Excomulgados y desposeídos, sus tierras pasaron a manos de familias en ascenso o de la propia Iglesia. Ante la derrota, una rama del linaje emigró a Portugal y posteriormente a la ciudad de Toro (Zamora). De esta rama zamorana nacería el célebre inquisidor y arzobispo Fray Diego de Deza y Tavera.
En la rama gallega destacaron figuras notables como Diego Gómez de Deza, quien mantuvo el patronato religioso en su tierra natal de Deza. Su sepulcro en la iglesia de San Lorenzo de Ansemil se conserva hoy como uno de los ejemplos más significativos del arte funerario gótico en la comarca, sirviendo como testimonio físico del prestigio que los Deza ostentaron en la Galicia medieval. A pesar del ocaso, el linaje dejó una huella imborrable en la historia eclesiástica y política de Galicia.
Establecimiento de la rama Deza en la ciudad de Toro (Zamora)
Tras las guerras civiles del siglo XIV, una rama del linaje de los Deza llegó a tierras zamoranas como parte del séquito de Beatriz de Portugal y se asentó definitivamente en la ciudad de Toro. En este nuevo entorno, los Deza mantuvieron su apellido pero abandonaron la beligerancia gallega y los violentos episodios de los «Churruchaos» para integrarse en la hidalguía y la oligarquía urbana local. Ocuparon cargos de importancia, como regidores de la ciudad y corregidores en otras localidades castellanas, entre ellas Valladolid, mientras estrechaban vínculos con linajes influyentes como los Tavera en busca de un nuevo comienzo bajo el amparo de la Casa Real. Este asentamiento, consolidado durante la segunda mitad del siglo XIV, permitió que generaciones posteriores, como la de Fray Diego de Deza, nacieran en un entorno de gran prestigio social.
Beatriz de Portugal, resulta fundamental para comprender el traslado del linaje Deza desde Galicia hacia Castilla, hija de Fernando I de Portugal, contrajo matrimonio con Juan I de Castilla en 1383. Como parte de su dote y patrimonio, recibió varias villas castellanas, entre ellas Toro, donde estableció su residencia durante su viudez. Esta circunstancia explica que el linaje gallego de los Deza terminara consolidándose en dicha ciudad. La reina facilitó la transición de los Deza desde su origen guerrero en Galicia hacia la nobleza de servicio en Castilla, creando así el entorno de influencia necesario para que, años más tarde, Fray Diego de Deza ascendiera hasta convertirse en la mano derecha de los Reyes Católicos.
El linaje de Fray Diego de Deza constituye la rama castellana de la estirpe gallega de los Deza-Churruchao, establecida en Toro (Zamora) tras los conflictos nobiliarios del siglo XIV en Galicia. Fray Diego nació en dicha ciudad en 1443, fruto del matrimonio entre Antonio de Deza, noble de origen gallego, e Inés Tavera, integrante de una familia de gran prestigio. Mientras que la rama gallega fue célebre por su carácter belicoso, la rama de Toro evolucionó hacia una nobleza de servicio estrechamente vinculada a la Iglesia y a la Corte de los Reyes Católicos.
La trayectoria de los Deza-Churruchao ilustra el tránsito de la nobleza feudal gallega hacia la aristocracia cortesana. Desde los guerreros que desafiaron al arzobispado en Santiago hasta el influyente prelado que impulsó el descubrimiento de América, el apellido Deza se erige como un símbolo de poder y evolución en la España medieval y moderna. Mientras que la Tierra de Deza constituye la cuna geográfica de la estirpe, la figura de Fray Diego representa la culminación de su rama castellana. Fue un hombre clave en la corte de los Reyes Católicos y protector de Cristóbal Colón, consolidando así en Castilla el prestigio de uno de los linajes más influyentes originados en el corazón de Galicia.
El apellido Deza en Toro simboliza la transición de un linaje de guerreros y señores feudales gallegos hacia una nobleza de servicio, integrada por letrados y eclesiásticos, en el corazón de Castilla. Mientras sus antepasados se enfrentaban a la mitra compostelana, Fray Diego de Deza culminó el ascenso familiar al alcanzar la dignidad de Arzobispo de Sevilla e Inquisidor General, transformando el prestigio militar de su estirpe en poder político y religioso. En definitiva, si la Tierra de Deza fue la cuna geográfica del linaje, Castilla fue el escenario donde Fray Diego se convirtió en una de las figuras más influyentes del prerrenacimiento español.
Fray Diego de Deza: Teólogo, consejero de los Reyes Católicos y valedor de Cristóbal Colón.
Fray Diego de Deza (1443-1523) personifica la evolución de su linaje hacia una nobleza de servicio vinculada a las altas esferas de la Iglesia y la Corte. Su meteórico ascenso fue fruto de una estratégica unión familiar, la de su padre, Antonio de Deza, noble de raíces gallegas asentado en Toro, con Inés de Tavera, perteneciente a una de las estirpes más influyentes de la época, los Tavera. Por línea paterna, era nieto de Alfonso Gómez de Deza, que llegó a Castilla en el séquito de la reina Beatriz, e hijo de Fernán Gómez de Deza, contador mayor de dicha soberana. Su madre era hija de Juan Rodríguez de Tavera, y de Marina de Deza, hija a su vez de Fernán Pérez de Deza, que vino con su hermano de Portugal. Por lo tanto, su tatarabuelo por ambas ramas fue Fernán Pérez de Deza, «el Churruchao», lo que explica su descendencia de la tierra de Deza.
Dominico de formación, Diego de Deza brilló en el mundo académico como catedrático de Teología en la Universidad de Salamanca, defendió la esfericidad de la Tierra basándose en cálculos científicos y textos clásicos frente a los escépticos de la Corte. Su prestigio intelectual no pasó desapercibido para los Reyes Católicos, quienes en 1486 le confiaron la educación del príncipe Juan, heredero de la corona.
La historia recuerda a Fray Diego como uno de los principales protectores de Cristóbal Colón. Convencido de la esfericidad de la Tierra, intercedió ante la reina Isabel para financiar la expedición transatlántica. La gratitud de Colón quedó plasmada en una carta a su hijo Diego en 1504, donde firmaba: «Desde que yo vine a Castilla, él me ha favorecido». Más allá del descubrimiento, Deza destacó por su integridad ética al defender las leyes que prohibían la esclavitud de los indígenas y buscó su educación pública, intentando integrarlos en la sociedad bajo los mismos derechos que los peninsulares.
Su carrera eclesiástica fue de una relevancia excepcional, ocupando sucesivamente las sedes episcopales de Zamora, Salamanca, Jaén y Palencia, hasta ser nombrado Arzobispo de Sevilla en 1504. En el ámbito doctrinal, legó a la posteridad su tratado Novarum Defensionum (1517) y fomentó el debate científico frente a la superstición.
Sin embargo, su trayectoria no estuvo exenta de sombras. En 1498 sucedió a Tomás de Torquemada como Inquisidor General. Su mandato se vio empañado por la extrema dureza de su subordinado en Córdoba, Diego Rodríguez Lucero, cuyas irregularidades provocaron tal malestar que Deza se vio obligado a dimitir en 1507.
Fray Diego de Deza falleció en Sevilla el 9 de junio de 1523. El destino quiso que la muerte le sorprendiera poco después de haber sido nombrado Arzobispo de Toledo, el cargo eclesiástico más alto de España, que no llegó a ejercer de forma efectiva.
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