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Ganchillo japonés con toque de Lalín

Silenciosos, sin boca y cargados de simbolismo. Susana González da vida en Lalín a los amigurumis, los «amigos del alma» japoneses que, puntada a puntada, guardan secretos e incluso ofrecen consuelo.

Susana González, ayer, en su puesto del mercadillo de Lalín junto a sus peluches. |  Bernabé/Javier Lalín

Susana González, ayer, en su puesto del mercadillo de Lalín junto a sus peluches. | Bernabé/Javier Lalín

Lalín

En Lalín, entre bobinas de hilo de colores y la rítmica danza de un ganchillo, Susana González Rodríguez está redefiniendo el arte de la confección de muñecos. No se trata de simples juguetes, sino de amigurumis, un término japonés que esconde una filosofía tan cautivadora como las propias creaciones. La palabra amigurumi proviene de la unión de ami (tejer) y nuigurumi (peluche). Más allá de la técnica, estos muñecos son un fenómeno cultural global, pero su esencia es profundamente japonesa: se conciben como objetos con alma. La artesana lalinense vende estos días en el mercado de las Aldeas de Nadal sus creaciones inspiradas en la cultura kawaii con marca propia: Mi-chō Wool.

Su puesto en la Rúa Joaquín Loriga de la capital dezana no pasa desapercibido. «Como aficionada me dedico a esto desde 2018 y como profesional me di de alta en 2024», explica esta artesana lalinense que eligió el nombre para su firma «después de darle muchas vueltas y como mi logo tenía una mariposa, para no perderla busqué distintas formas de escribir la palabra mariposa, y al final en japonés se lee cho, y como los muñecos son japoneses, le puse Mi-chō, mi mariposa». González subraya que los amigurumis «no tienen boca porque los japoneses los crearon para que sea el verdadero guardián de tus secretos. Es decir, el típico peluche con el que duermes y le cuentes tus secretos y él no se los pueda revelar a nadie».

Los muñecos y creaciones de Susana González están hechos con lana chenilla y con la laboriosa técnica tradicional del ganchillo, puntada a puntada. «Me lleva mucho tiempo poder acabar todo lo que hago. Ahora mismo, por ejemplo, estoy haciendo unas bolitas de Navidad para colgar en el árbol y hasta que doy con la forma y la manera que a mi me gusta me lleva mucho tiempo», explica. Los productos de Mi-chō Wool se hacen por encargo o vía catálogo porque como indica su creadora «yo tengo un niño pequeño y no puedo producir a gran escala, pero sí que es verdad que me dedico en pleno a esto. Si hago un muñeco grande, me lleva todo un día». Y en cuanto a los precios de sus curiosas creaciones, aclara que «eso es todo un talón de Aquiles porque hay gente que me comenta que los vendo súper baratos por el trabajo que dan porque obviamente no cobro la hora como un fontanero. Y hay otros a los que les dices que un muñeco de una cuarta de grande cuesta 20 euros y se asustan».

Los nacimientos provocan algunos de los principales encargos de los clientes de Michó Wool: «Viene mucha a gente a pedirme cestas, con una mantita, un chupetero o un muñequito. La verdad es que le gusta a todo el mundo, sobre todo cuando voy a ferias. A ver, llama la atención. Tengo que reconocer que el puesto tiene mucho colorido y llama la atención». Y es que resulta fascinante cómo una técnica nacida a miles de kilómetros se adapta tan bien a nuestra cultura de lo hecho a mano, de cuidar los detalles y de la paciencia, algo que se refleja a la perfección en el catálogo de esta artesana enamorada de su trabajo.

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