70 años de un amor sobre ruedas
Mario Granja y Asunción Rial celebran sus bodas de titanio con familiares de cuatro generaciones

La pareja llegó al lugar del enlace en un autobús de época. / Bernabé

Un lienzo de Vladimir Kush, en el que cada una de las hojas de una tijera representan el cuerpo de un hombre y el de una mujer, explica muy bien hasta qué punto una pareja tiene que hacer equipo ante las vicisitudes que le deparará su vida en común. Pero en el caso de Mario Granja y Asunción Rial esa unión la representa una carretilla: hace 70 años, él empleó este vehículo para hacer la mudanza tras la boda a la vivienda recién construida en una parte de la finca de A Chousa, seguramente también echó mano de ella para transportar material en varias reformas y ayer, una nieta y dos de sus bisnietos la manejaron para acercar a un altar de flores los anillos de sus bodas de titanio.
La ceremonia tuvo lugar en el Hotel Torre do Deza y estuvo oficiada por su nuera Carmen Carballude. De amenizar el baile posterior al ágape se encargó el dúo Cristina & Lucía.
La pareja sí pudo, hace 20 años, conmemorar sus bodas de oro pero con la de ayer fueron protagonistas de un día que, hace 70 años, no pudieron celebrar por todo lo alto. «Cuando remató la misa, yo me fui a ordeñar las vacas», rememora Asunción, Monchita para sus familiares. Por entonces, ella tenía 19 años y él, 21. Ella vendía leche por las casas y él era pintor. En estas siete décadas de amor «y mucho respeto», tuvieron que pasar exámenes como un año de emigración en Francia, la enfermedad primero de su hijo José Mario y, años más tarde, la de su otro vástago, Carlos.
Los dos hijos rememoraban ayer otros capítulos más amables de un amor que fue siempre literalmente sobre ruedas: «mamá se convirtió en el primer Fernando Alonso, al chocar el Seat 127 contra la columna del garaje, y en verano íbamos siete personas, con comida incluida, en el 4L a la playa». Mario hasta aprendió a otro familiar a hacer «caballitos» con el tractor. Y claro, era normal que la pareja llegase ayer al enlace en un bus de época de Autocares Lázara.
Querían una ceremonia diferente, y la tuvieron: ellos y los invitados fueron purificado con un pequeño fuego y, tras lavarse las manos, la pareja recibió semillas de los presentes con las que la tierra que los vio nacer siga generando cosechas para los que vengan. En todo caso, Mario y Monchita tienen los deberes hechos hace mucho tiempo: nietos y bisnietos y una familia vecina muy cercana daban cuenta ayer de los valores y el cariño que transmiten. Y una diferencia más: la novia decidió no lanzar el ramo a las invitadas solteras. Se lo guardará como recuerdo de un día más que merecido.
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