Un inciso

El faro de A Estrada

No necesita ser una obra de arte para ser bandera; no precisa ser la original para ser genuina. Ese es su poder. Si la Praza de Galicia prescinde de la farola que popularmente la bautiza, perderá su identidad

Vista actual de la Praza de Galicia, la popularmente conocida como Praza da Farola.

Vista actual de la Praza de Galicia, la popularmente conocida como Praza da Farola. / Bernabé/Javier Lalín

Ana Cela

Ana Cela

No tiene nada de especial. No es la Columna de Trajano coronada de luces. No es un obelisco llamado a convertirse en icono de la ciudad. Ni siquiera tiene unos atributos estéticos que la hagan muy diferente a cualquier otra. Nació para pasar desapercibida, para poner luz en lo que la rodea, aun cuando ella misma se quede en la sombra. Nunca tuvo vocación de emblema, pero fue el pueblo quien la escogió. Y eso, cuando se tienen casi tantos años como nuestra joven Democracia, hace que, sencillamente, no tenga rival. Que se lo digan al Generalísimo, que también se desinfló ante ella por mucho que quisiese para él el honor de bautizar la más importante de las plazas de A Estrada. La voz de los estradenses escogió nombre para la que oficialmente se designa Praza de Galicia. Y no es otro que el suyo, el de ese báculo iluminado: A Farola.

Imagen de la primera farola colocada en la plaza.

Imagen de la primera farola colocada en la plaza. / Fotos Antiguas A Estrada

El debate está servido. Antes incluso de que haya fondos para reformar la Praza de Galicia, el proyecto está en boca de todos. Hubo ya un primer conato de polémica en los últimos meses de gobierno de José López Campos, cuando asomó tímidamente por primera vez la idea de no exigir en las obras de remodelación la conservación de la farola que nombra esta plaza. Pero el entonces regidor local y hoy conselleiro de Cultura regateó la controversia y volvió a hablar de una Praza de Galicia manteniendo este mítico elemento, con la posible recuperación de la fuente pública que un día tuvo –cuando era Plaza Ramiro Ciorraga– y un anhelo de que los profesionales que se animasen a proyectar su reforma supiesen captar que aquí comenzó todo, que la Praza de Galicia es, a la postre, la génesis urbanística de A Estrada. En A Farola –porque ese es el nombre que le da el pueblo y, por tanto, el que por derecho propio le pertenece– está el epicentro, el punto que originó un movimiento de desarrollo en torno a un cruce de caminos. De él emanó una urbe, que también tomó su nombre de ese mismo concepto de camino, de “tierra pisada”.

La farola en sí no tiene nada fuera de lo normal. Eso es cierto. No tiene nada que la singularice como emblema. Para empezar, ni siquiera es la misma que originariamente se colocó donde palpita –que lo hace– el corazón de A Estrada. ¿Y? ¿Lo necesita? Pues la verdad es que no. Ya ha conseguido lo más grande que se le puede pedir a un emblema: ser una seña de identidad. Los estradenses quedan en A Farola; las verbenas del San Paio se disfrutan en A Farola; el paseo por la zona más céntrica, comercial y de servicios de la capital estradense arranca en A Farola; la foto más reconocible de A Estrada, al margen de la de su también emblemático consistorio, es la de un sencillo elemento del mobiliario urbano con el telón de fondo del mítico edificio coronado por una cúpula que otrora fue sede el añoradísimo Café A Farola. No necesita ser una obra de arte para ser bandera. No precisa ser la original para ser genuina. Ese es su gran poder.

La farola, en otra imagen antigua.

La farola, en otra imagen antigua. / Fotos Antiguas A Estrada

Para alguien que no sea de A Estrada no deja de sorprender que los estradenses hayan adoptado una farola como icono municipal. En especial, sin ánimo de ofender, cuando llegan y observan las características del elemento en cuestión. Es una farola ornamental, sí, pero nada más. No es fea, pero tampoco nada llamativa. Su único punto fuerte es la ubicación destacada y protagonista que se la ha dado. En realidad, lo más reseñable –si se saca de contexto– sería que A Estrada tiene en la Praza de Galicia una rotonda adornada. Y ni excesivamente bonita. Pero es que, para verlo y entenderlo hay que saber mirar con otros ojos.

Que es necesario dejar margen de maniobra a la creatividad cuando se propone una obra –y más si esta se concibe como humanizadora y transformadora– es del todo comprensible y hasta loable. Es cierto, también, que el hecho de que los pliegos de condiciones marquen absolutamente todo puede acabar convirtiéndose en un corsé para el ingenio y, a mayores, en una contratación casi sin sentido porque, si la lista de especificaciones va a ser tan amplia, casi resultaría más acertado que los departamentos técnicos del Concello diseñen la obra y santas pascuas. Un ahorro y hecho a medida. Sin embargo, del mismo modo que se dice que se quiere una plaza peatonal empedrada, tampoco me parece un exceso ni una atadura que conservar la farola –en la que, no nos olvidemos, es la Praza da Farola – sea un must have para esta obra.

La Praza de Galicia es para los estradenses Praza da Farola.

La Praza de Galicia es para los estradenses Praza da Farola. / Fotos Antiguas A Estrada

Habrá quien, a la hora de encontrar otros argumentos en este debate, remarque que esta no es la farola originaria y que, en realidad, este elemento del mobiliario urbano, ni siquiera lleva tanto tiempo presidiendo la que, a todas luces, es la plaza principal de A Estrada, aun cuando no sea la de mayor tamaño. Por partes. Es verdad que no es la primera farola que se colocó en este cruce de caminos. De hecho, lo primero que se instaló en él –allá por el año 1840, cuando A Estrada se convirtió en la sede del ayuntamiento– fue una columna conmemorativa, a la que más tarde se le sumó el uso como punto de luz. Esta farola la podemos ver hoy en la Praza do Mercado. De haberse quedado aquella primera columna donde se instaló, hablaríamos de que el germen de “la farola” estradense tendría ya 184 años, tantos como de historia tiene el Concello de A Estrada propiamente dicho. Sin embargo, aquella columna se mantuvo solo hasta 1859 en aquel lugar y pasó casi un siglo guardada, de ahí que no pueda atribuirse esta antigüedad. Sin embargo, también es cierto que a mediados del siglo XX se desempolvó aquel monumento para convertirlo en farola, colocándose en la entonces Plaza del Generalísimo. No sería por más de 20 años, también hay que decirlo, porque una reforma de este espacio urbano la retiró en 1972. Vamos, que este elemento está acostumbrado a los vaivenes y caprichos de la historia.

Este elemento se colocó en el mítico cruce de caminos que sirvió de germen para el desarrollo urbanístico de A Estrada.

Este elemento se colocó en el mítico cruce de caminos que sirvió de germen para el desarrollo urbanístico de A Estrada. / Fotos Antiguas A Estrada

Con todo –y aquí viene lo bueno– la farola se resistió a ser olvidada. Insistió. En 1985 reclamó de nuevo su sitio y en él lleva 40 años (los cumplirá en 2025). Si estas cuatro décadas se suman a los años que estuvo la farola genuina y los que ocupó la columna conmemorativa que aun hoy la sustenta, hablaríamos ya de un emblema que se aproxima a los 75 años, y eso ya es bastante decir para un ayuntamiento que cumplirá para el año 185 primaveras.

Quizás no tenga que ser la farola actual, ni siquiera la originaria –que tampoco es que se haya ido tan lejos, la verdad–; quizás lo que importa sea el concepto. No puede haber A Farola sin farola, como no tendría sentido tener una Praza da Feira y llevar la actividad ferial a otro lado. Son ya muchos años quedando en el mismo sitio, escogiendo el mismo espacio como emblema. A Farola no será llamativa, pero tiene alma, algo que no puede decirse de plazas recién reformadas, como la mismísima Praza da Constitución. Es ideal para patinar, para albergar el palco de la Panorama y hasta para ponerse moreno o quedarse ciego en el intento. Pero, además de poco agraciada, no tiene nada que le preste algo de identidad.

En A Estrada hay un faro que marca dónde está el cruce de caminos en el que floreció una villa; una que creció hasta ser lo que hoy es. Y si este faro de apaga, los barcos no encontrarán más destino que acabar contra las rocas.

Suscríbete para seguir leyendo