Y mientras tanto yo...

El antiguo ambulatorio de A Estrada languidece bajo una gruesa pátina de abandono mientras Gobierno y Concello se atrincheran en distantes posturas para ofrecerle una nueva vida

Pintadas y deterioro en la 
fachada posterior. 
  | // BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Pintadas y deterioro en la fachada posterior. | // BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Ana Cela

Ana Cela

Los restos de una merendola aguardan ante las puertas que, hace menos de cuatro años, testificaban un bullicioso ir y venir de estradenses. Todos los días de la semana. No era un lugar al que peregrinar por gusto, pero sí por la necesidad de ayuda o consejo médico. Hoy solo acuden a la cita el abandono y el deterioro, que avanza silencioso para ir engullendo y estropeando, poco a poco, estas instalaciones sanitarias. Hasta casi resulta metafórico. Casi hasta poético. Casi paradójico. La enfermedad que se ve por fuera ha de estar consumiendo al paciente también desde el interior. Pero no se quejará, no mostrará su malestar hasta que ya sea demasiado tarde.

La maleza devora las 
estructuras.   | // BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Humedades en varias paredes. / Bernabé/Lucía Abeledo

En noviembre se cumplirán cuatro años desde que A Estrada tiene operativo un nuevo centro de salud. Las antiguas instalaciones de la Avenida de Santiago no daba ya para más, ni se consideraba rentable unas costosísimas obras de reforma que nacían ya limitadas de antemano. Sin embargo, incluso antes de que se trasladasen las consultas a las nuevas dependencias construidas en A Baiuca, comenzó a perfilarse la intención de dar a estas instalaciones una segunda oportunidad, una nueva vida. Todavía no se veían venir los efectos de una dolencia que, en mayor o menor medida, acaban afrontando en algún momento de su vida todos los ciudadanos: la siempre frustrante burocracia.

Vista del acceso a la
 antigua área de 
urgencias.  | // BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

La maleza se apodera de las estructuras. / BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

El concepto de lo público se vuelve difuso en estas instalaciones. Hasta ahora siempre se han considerado de todos, pero cuando A Estrada quiso valorar cómo poder darles un nuevo uso, la titularidad se convirtió en un obstáculo infranqueable. Las comunicaciones entre el Concello de A Estrada y el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones –del que depende la Tesorería General de la Seguridad Social– que se han mostrado estos días en mayor detalle dibujan un escenario en el que el acercamiento semeja complicado. De ellas se desprende que el Estado es propietario de esta infraestructura, después de que las arcas estradenses comprasen y le cediesen, en el año 1973, los terrenos para construir el ambulatorio. ¿Es público? Sí, pero no es de todos. O, al menos, si los estradenses quieren usarlas a través de un nuevo proyecto, el Concello tendrá que pagarlas. El dinero de todos tendrá que volver a costearlas.

Una gran mancha
 de humedad 
afecta a dos paredes.
   | // BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Vista de la antigua zona de urgencias. / BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Y mientras tanto –mientras no se alcanza un acuerdo, mientras se atrincheran las posturas, mientras el acercamiento se hace más difícil porque cada quien esgrime argumentos que terminan en tautología– el antiguo centro de salud de A Estrada avanza, a paso lento pero certero, por el camino que ya recorrieron antes otros edificios públicos cuando se quedaron sin cometido: la senda hacia la ruina.

Un cable tirado entre  
la maleza y aun unido 
al edificio.  | // BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Un cable tirado entre la maleza y aun unido al edificio. / BERNABÉ/LUCÍA ABELEDO

Los primeros signos no se han hecho esperar. Los muros de la parte posterior comienzan a llenarse de pintadas, la maleza rebosa y lame las estructuras, mientras la humedad cala hondo en algunas partes de la edificación. Un cable suelto reposa sobre la acera, sin que sea fácil averiguar de dónde procede, aun cuando semeje seguir amarrado al inmueble como su fuese un cordón umbilical.

Una gatera ofrece un uso improvisado y nuevo para el recinto, un gesto de cobijo entre el abandono para que la vida salvaje encuentre confort. Y se ha puesto cómoda. Alguna ventana ofrece a quien observa el reflejo de una persiana deteriorada, un aviso de que todo lo que convertía este edificio en instalaciones útiles se marchó hace cuatro años y cerró la puerta con llave.

Hasta las escaleras de acceso están plagadas de grietas, advirtiendo desde la misma entrada que, si nadie lo remedia, todo terminará resquebrajado. Que es el viejo ambulatorio es patrimonio estatal lo justifica con contundencia y claridad una negativa a la reversión de las instalaciones. Puede no compartirse, pero se entiende. Que el Concello no está dispuesto a pagar una abultada suma por el inmueble que solo sería la punta del iceberg de la inversión que necesita, también es fácil de comprender. Sin embargo, un ciudadano de a pie no quiere saber de burocracia ni de terminología jurídica sobre cesiones y adquisiciones. Lo que se ve, lo que se palpa y lo que se vaticina es cómo la vida útil se escapa; se pierde aplastada por la pátina del abandono.

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