A Estrada, de puertas abiertas

Un estudio de la historiadora del arte Carmela Sánchez Arines inventaría las puertas cocheras del casco estradense, antiguas entradas para carruajes y hoy patrimonio urbano

Puerta cochera que mantuvo su uso, en la que se ven los enmarques de cantería del vano.  | // MARGA FRAGA

Puerta cochera que mantuvo su uso, en la que se ven los enmarques de cantería del vano. | // MARGA FRAGA / Ana cela

Ana Cela

Ana Cela

A Estrada tuvo un desarrollo urbanístico tardío. De hecho, el nacimiento y florecer de la capital estradense no arrancó hasta mediados del siglo XIX, consiguiendo en 1859 la declaración oficial como “villa”, momento en el que comenzaron a surgir las urgencias por una planificación urbanística y unos servicios acordes a aquella capitalidad municipal y comarcal. Aunque relativamente joven, A Estrada está salpicada por múltiples vestigios arquitectónicos de su debut como urbe, aun cuando muchos pasan completamente desapercibidos para el ojo inexperto. El artículo que acaba de publicar en A Estrada. Miscelánea Histórica e Cultural la historiadora del arte y socia fundadora de Etnoga Patrimonio Cultural, Carmen María Sánchez Arines, con fotografías de la también estradense Marga Fraga, abre la puerta –y nunca mejor dicho– al conocimiento de la huella que se conserva en la villa de las otrora denominadas “puertas cocheras”.

Puerta cochera que mantuvo su uso, en la que se ven los enmarques de cantería del vano.  | // MARGA FRAGA

Uno de los ejemplos de estas puertas. / Marga Fraga

Explica el estudio, aportado por Sánchez Arines al último volumen de la publicación anual del Museo do Pobo Estradense, que desde finales del siglo XVIII estas puertas fueron características en mansiones y edificios públicos de toda Europa y parte de América. Se construían a modo de pórtico y tenían el cometido de resguardar a las personas que llegaban en un vehículo. Solían acompañarse de guardarruedas o guardacantones, que tenían la función de proteger la estructura de la puerta y evitar que fuese dañada por los carruajes.

A Estrada, de puertas abiertas

A Estrada, de puertas abiertas / Marga Fraga

“Como consecuencia del crecimiento urbano posterior a la Revolución Industrial, las villas y ciudades comenzaron a sufrir una serie de cambios que sentaron las bases del urbanismo contemporáneo. En este proceso se tiraron murallas, se abrieron avenidas y se ensancharon calles. Estas transformaciones provocaron la desaparición de puertas cocheras, igual que ocurrió con los soportales de piedra en los centros históricos gallegos”, explica Carmela Sánchez. Con todo, remarca que esta denominación se conservó para el portón de entrada de carros, carruajes y coches como sinónimo de puerta grande o ancha.

A Estrada, de puertas abiertas

A Estrada, de puertas abiertas / Marga Fraga

En la incipiente villa que era A Estrada en el año 1878, la malla urbana apenas superaba las 300 casas, en su mayoría viviendas unifamiliares de planta baja y una altura. La llegada del siglo XX supuso la apertura de nuevas calles “y una ligera fiebre constructiva”. La mayor parte de las nuevas viviendas se construían en piedra, con alpendres o los tradicionales hórreos en el espacio posterior, destinado a huerta. “Tipológicamente, un 23% eran de planta baja, un 71% de bajo y una altura, con galerías y balcones en la fachada hacia la calle y solo el 6% restante se correspondía con edificios , concentrándose en la plaza principal de la villa”, explica la autora de este artículo.

Señala Sánchez Arines que, tanto por la observación de los ejemplos que conserva el casco urbano de A Estrada como por los bocetos de las solicitudes de licencia que atesora el Archivo Municipal, las puertas cocheras de la villa eran adinteladas. La mayoría –explica– estaban incorporadas a la estructura de la vivienda y solo un pequeño porcentaje se abrían adosadas a la edificación principal. “En cuanto a las dimensiones, oscilan entre los dos y los tres metros de ancho por dos y medio de alto, igual que en los tratados barrocos”, precisa esta experta, que señala que para su cierre estas puertas cocheras de A Estrada acostumbraban a emplear carpintería de madera, con puertas de dos, tres o hasta cuatro hojas con montante de cristal. Ninguna de ellas conserva a día de hoy el salvarruedas. Muchas sirvieron para guardar carros, pues tenían huertas y cuadras en la parte posterior. Hoy son el acceso a garajes, escaparates o entradas para bajos comerciales.

Zonas

El estudio realizado por Sánchez resume que la mayor concentración de este tipo de puertas se da en la Avenida Fernando Conde, la Rúa Peregrina y la Rúa San Paio, en coincidencia con las principales arterias de comunicación del momento y –también– con la concentración de viviendas más antiguas en la actual urbe estradense. El artículo ofrece un recorrido pormenorizado por muchos de estos ejemplos, aportando curiosidades sobre más de una treintena de estas puertas cocheras existentes, no solo en las calles anteriormente citadas, sino en otras como la céntrica Calvo Sotelo, Avenida de América, Waldo Álvarez Insua, Rúa Gradín, Irmáns Valladares, Baiuca, Marqués de la Vega de Armijo, Serafín Pazo, Pérez Viondi o la Praza da Feira.

A Estrada, de puertas abiertas

A Estrada, de puertas abiertas / Marga Fraga

Carmela Sánchez reconoció ayer que se animó a realizar este estudio a sugerencia del director de Miscelánea, Juan Andrés Fernández Castro. Explica en él que su objetivo fue poner el foco de atención en un elemento arquitectónico que pasa desapercibido con frecuencia, pese a tratarse de una pieza “que habla de un pasado rural de una población agrícola y ganadera y de su tránsito hace una villa comercial y de servicios”. Muchas de estas puertas cocheras se conservan, al menos en parte, ya que sus amplios vanos están ahora cerrados con rejas o persianas de garajes. En otros casos, las reformas de las edificaciones para adaptarse a nuevos tiempos y usos hicieron que se perdiesen, como lo harán en inmuebles en estado de abandono. Sin embargo, trabajos como este ayudan a conocer y entender el patrimonio urbano de A Estrada, despertando la sensibilidad de desear que se conserve y rehabilite para que no se diluya con la efervescencia de los nuevos tiempos.