La fortaleza inconquistable de A Estrada
Que la Torre de Guimarei es, a la vez, un emblema estradense y una ruina es algo incontestable; que flaquearon las fuerzas para intentar que sea pública, también

Los ciudadanos se afanan en señalar el estado de abandono y la peligrosidad. / BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Se levanta, con las pocas fuerzas que le quedan, muy cerca del casco urbano de A Estrada. Pese a que pasa el año tratando de resistir el envite de la maleza, continúa teniendo un imponente perfil. La Torre de Guimarei es, a la vez, emblema y ruina de A Estrada. Su importancia para el municipio la lleva hasta el mismísimo escudo de este concello pontevedrés. Sin embargo, en la práctica, el conjunto arquitectónico que esta torre medieval forma con el pazo anexo es, a día de hoy, una ruinosa propiedad privada.
La incongruencia la persigue: se la considera como propia de todos los estradenses aunque no lo es y se la protege como Bien de Interés Cultural (BIC), aunque figura en la Lista Roja de Hispania Nostra, donde coinciden los elementos del patrimonio cultural español que se encuentran en “riesgo de desaparición, destrucción o alteración esencial de sus valores”, en un intento de servir de voz de alarma para darlos a conocer y lograr su consolidación o restauración. El PP incluyó la recuperación de este conjunto en su último programa electoral, pero continúa sin haber avances que permitan aguardar que la Torre de Guimarei deje de ser la fortaleza inconquistable de A Estrada.
La Torre de Guimarei se cuela en la actualidad del municipio estradense de vez en cuando y siempre por los mismos motivos: porque los ciudadanos insisten en la necesidad de su conservación para evitar accidentes o porque desde el BNG se piden fondos para que este patrimonio no termine perdiéndose un día definitivamente entre las zarzas y la aplastante losa que fabrican, en colaboración y con maestría, el abandono y el olvido, con el paso del tiempo como cómplice necesario.
Promesa electoral
Entre las 100 promesas que el PP de A Estrada incluyó en su programa electoral de cara a las elecciones municipales del pasado mes de mayo, se incorporó la de “gestionar la adquisición de la Torre de Guimarei”. Evidentemente, queda mucho mandato por delante, si bien es cierto que en todos estos años en el gobierno local los avances que este grupo dio en la dirección prometida se limitaron a algunos contactos con los propietarios que no supusieron, en la práctica, avance alguno.

El conjunto, en una vista aérea, relativamente desbrozado pero asediado por la vegetación. | // BERNABÉ / ANa Cela
Lo único que trascendió en los últimos años fue la celebración de una la reunión entre el alcalde de A Estrada, José López Campos, con los herederos de esta propiedad, aprovechando su paso por Galicia durante un período vacacional. Según indicó el mandatario, la familia se comprometió a encargar un informe a un arquitecto especialista en patrimonio para conocer las deficiencias estructurales tanto en la torre como en el pazo, un documento del que quedaron de hacer partícipe al Concello de A Estrada y del que se esperaba extraer las acciones que habrá que ejecutar para consolidar la estructura.
Si esta comunicación llegó a producirse, nunca más se supo. Eso sí, la imagen que muestra el conjunto hizo que en más de una ocasión fuesen los propios ciudadanos los que tomasen la iniciativa de advertir del riesgo de derrumbe o para lanzar un SOS improvisado, demandando que alguien haga algo para evitar lo que parece inevitable: que este patrimonio termine siendo un montón de piedras sin sentido alguno.
Lo paradójico del asunto es que la Torre de Guimarei –que no el pazo, que es posterior– fue declarada Bien de Interés Cultural (BIC), de ahí la obligatoriedad de garantizar que sea visitable. Claro que esta declaración también comporta una protección que parece haberse perdido igualmente entre las malas hierbas.
Negociaciones desde los 70
La Torre de Guimarei se levanta unos 15 metros sobre el suelo. Su planta cuadrada va tomando forma con gruesos muros, coronándose con unas aspilleras casi a modo de gárgola. Sus orígenes medievales la sitúan en el siglo XII y la historia la asegura como lo único que quedó en pie de un castillo derruido por las revueltas de Os Irmandiños, en el siglo XV.
Reconstruida en el siglo XVII, fue objeto de negociaciones entre la administración estradense y sus propietarios en la década de los 70, durante el mandato de Mario Blanco. Tras desvanecerse este proyecto, un registrador de la propiedad adquirió este conjunto histórico en el verano de 1999. Seguidamente, el Concello de A Estrada estimó que debería haber sido informado de esta operación de venta por si quería ejercer el derecho de retracto y, con el respaldo de la Xunta, acudió a los tribunales. El proceso judicial se dilató durante años, pero el resultado fue favorable para los intereses de la administración local.
Un derecho caducado
Así, en agosto de 2007, el Concello plantó su bandera en esta fortaleza, amparado por la resolución del Supremo de permitirle ejercer el derecho de retracto y hacer público este patrimonio. Sin embargo, aunque en un primer momento todas las voces políticas del municipio se unieron en el mismo deseo de conquistar esta torre, el derecho de retracto se dejó caducar. Después de que los tribunales apoyasen las pretensiones del Concello de A Estrada y las distintas fuerzas políticas municipales abogasen por aventurarse en la conquista de este Bien de Interés Cultural (BIC) para su posterior puesta en valor y disfrute público, fue como si un velo de hermetismo cayese sobre la construcción y las sucesivas gestiones realizadas por los dirigentes locales. ¿Por qué? Pues, quizás, algún día se sabrá, pero seguramente nunca se dirá de forma pública. Lo único que trascendió en este tiempo es que el retracto afectaba de manera exclusiva a la Torre de Guimarei, no al pazo.
Las imágenes antiguas que atesoran algunos vecinos de la Torre de Guimarei generan una combinación de admiración y tristeza. En tiempos con menos posibilidades y muchas menos políticas de valorización, este patrimonio lucía cerca del casco urbano de A Estrada –lo separa un pequeño paseo que hasta daría para configurar una ruta de lo más accesible– con un dominio mucho más evidente. El tiempo pasa y lo único que no se detiene en Guimarei es la voracidad de las malas hierbas y la garra hiriente del deterioro.
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