Morir tiene un precio... y no es barato

Los servicios fúnebres oscilan entre los 3.000 y los 4.000 euros | En A Estrada prefieren la inhumación mientras que en Lalín se dispara la demanda de incineraciones desde la pandemia

El cementerio de A Estrada en el día de Todos los Santos. |   //BERNABÉ/ CRIS M.V.

El cementerio de A Estrada en el día de Todos los Santos. | //BERNABÉ/ CRIS M.V. / nerea couceiro

Si hay algo inevitable en este mundo, es la muerte. Definitivamente nadie puede escoger hacer lo contrario. En torno a ella giran miedos, creencias, duelo y gastos, muchos gastos. Y es que morir sí tiene precio y no es barato. Según las empresas dedicadas a este sector en la zona de Deza y Tabeirós-Montes, los servicios fúnebres parten de entre los 3.000 y los 4.000 euros (más IVA), aunque la cifra puede crecer dependiendo de las peticiones de los clientes.

Suena frívolo referirse a un fallecimiento como una gestión que se ofrece y se paga, con extras como pueden pedirse en un concesionario cuando se adquiere un coche nuevo, o en planificadores de eventos como bodas y comuniones. No obstante, así es, y las funerarias basan su línea de negocio en ello.

Esto puede observarse en el método que se escoge para tratar el cuerpo. La religión católica, con fuerte presencia en los concellos de las comarcas, se inclina más hacia la inhumación, mientras que ek ateísmo solo plantea la incineración. En este sentido, resulta interesante que la funeraria Santa Lucía de A Estrada gestione más inhumación, mientras que en Funeraria Jesús Taboada de Lalín las incineraciones se han disparado desde la pandemia.

En la actualidad, los más previsores intentan liberar a sus familiares y allegados del desembolso que supone velarlos mediante la contratación de un seguro de decesos, que cubriría los gastos de todo el proceso que se de inicia tras un fallecimiento: recogida del cadáver, féretro, velorio, oficios religiosos o de otro tipo, arreglos florales...etc. De hecho, en Santa Lucía reconocen que este es el método más habitual con el que trabajan. Sin embargo, en Funeraria Jesús Taboada el panorama es muy diferente, y predomina el pago de particulares.

Es difícil concretar cuánto cuesta cada uno de esos pasos, pero según los datos que aportan ambas funerarias, puede saberse que un ataúd suele rondar los 500 euros, lo mismo que el velorio.

“El precio de los servicios fúnebres puede variar también en función del número de curas que se pida, no es lo mismo dos que ocho, aunque lo normal ahora es no superar los tres”, cuentan desde Funeraria Jesús Taboada. Aunque cada vez son más frecuentes otro tipo de ceremonias aconfesionales. “Ahora también se celebran reuniones familiares, o no se abre el velorio al públicos... hay muchas maneras de despedirse y si bien al principio algunas sorprenden, después te acabas acostumbrando” declara el personal del negocio lalinense.

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La empresa estradense Calpep se conoce muy bien el sector vinculado a la muerte. Allí se encargan de fabricar y vender el tapizado de los féretros, unos 100.000 al año, a toda España y Portugal. Una de las propietarias, Susana Perol, asegura que el mercado es cerrado y competitivo: “por cada defunción solo vendes una pieza, como es lógico, y al final hay un número concreto de muertes al año, por lo que en ese sentido es bastante limitado”.

Este negocio familiar lo pusieron en marcha sus padres a finales de los 80 cambiando el método de producción radicalmente: “lo normal antes era que las fábricas de ataúdes también se encargasen del tapizado, por eso era novedoso presentarlo como una pieza de producción independiente” declara Perol.

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La muerte significa también duelo, “un proceso emocional que se experimenta siempre que hay una pérdida significativa”, señala la psicóloga estradense Verónica Barros. Este puede dividirse en varias fases, que según el modelo de Kübler-Ross, el más utilizado para analizarlo, consisten en: negación, ira, negociación, depresión y finalmente aceptación. Si bien estas no siempre se sufren en este orden y puede pasarse por varias simultáneamente, según apunta la facultativa. “Cuando no se da llegado a esta fase final aparece el conocido como duelo patológico, que excede el tiempo considerado ‘normal’” expone Barros, que aconseja pedir ayuda cuando se pasa del año. Un factor importante a la hora de sobrellevar una pérdida es la fe, o la ausencia de ella. “Teóricamente las personas que tienen fe en algo tienen mayor capacidad para tolerar estas situaciones, pero a veces nos encontramos justo lo contrario y consideran que el duelo debe durar y que sufrir significa querer” declara. Aunque al final Barros afirma que “todo depende de la relación que se tenga con la muerte”.

Calros Solla: “la muerte se ha externalizado”

La muerte se gestiona ahora de forma externa. Una empresa se encarga de organizar todo lo relacionado con el duelo y el tratamiento del cadáver de un fallecido, pero esto no siempre fue así. En el pasado un defunción era un momento que se vivía en comunidad y al mismo tiempo en la intimidad del domicilio. Así lo cuenta el historiador y antropólogo cerdedense Calros Solla, con numerosas estudios a sus espaldas sobre esta materia. “La muerte se ha externalizado” dice este, “antes existía la sociedad se relacionaba de forma estrecha y doméstica con la muerte, los difuntos se velaban en casa y los familiares cohabitaban con ellos”. Prueba de este cambio de paradigma es la práctica desaparición de algunos rituales o ritos asociados al duelo y la muerte, como son los banquetes fúnebres, el “ritual do abellón” y la “encomenda da chave”. Todos ellos llevados a cabo antaño en la zona de Tabeirós-Montes, según recogen los estudios de Solla. Los banquetes fúnebres consistían en que las familias de los fallecidos invitaban a vino y pan a los asistentes al funeral después de los oficios. “En Cerdedo se hacía mucho en Casa Troitiño” comparte Solla. Mientras que en la “encomenda da chave” se puede leer un fuerte sentido de comunidad relacionado con los cuidados. “Era habitual que las mujeres de una aldea, al enterarse de que en una casa había un enfermo a punto de fallecer o un muerto, se presentasen en el domicilio para hacerse cargo de las tareas y que así la familia pudiese centrarse en cuidar o velar a su ser querido” declara el historiador cerdedense. Sin embargo, el ritual más llamativo y que dejó de practicarse tras las posguerra es el “ritual do abellón”: “una tradición vinculada a la cultura celto-atlántica que consistía en bailar alrededor del difunto mientras se imitaba el zumbido de las abejas, que simbolizaban el alma” declara Solla.

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