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El sueño estradense de cuatro africanos

Tres jóvenes de Costa de Marfil y uno de Camerún se aclimatan en la villa tras varios sinsabores

De izquierda a derecha, Baba, Mamadou y Adama.

Entre los habitantes de A Estrada se encuentran cuatro jóvenes procedentes del continente africano. Son Paul, de 22 años, Baba, de 21, Mamadou, de 28, y Adama, de 26. El primero es de Camerún, los otros tres de Costa de Marfil.

Viven en este concello desde hace unos cinco meses, si bien hasta entonces residían en Madrid, donde trabajaban para una empresa de construcción. A España llegaron en momentos distintos; Paul con 17, Baba con 16, Mamadou con 26 y Adama con 21. Su esperanza,, cuentan, como la de muchos otros que tomaron su misma decisión al dejar su hogar para probar suerte en otro país, era la de encontrar trabajo y poder mandar dinero a sus familias, y traérselas consigo. Para ello, trabajaban a destajo, intentando ahorrar lo máximo posible, pues había bocas que dependían de ellos.

Fue el ahorrar, precisamente, lo que los trajo a este municipio. Pues, según explican, pese a estar contentos con la empresa para la que trabajaban en Madrid, el coste de la vida en la capital les hacía difícil juntar el dinero suficiente para mantenerse a ellos mismos y mandar dinero a los suyos. Así que, cuando recibieron la oferta de venirse a A Estrada, con el alojamiento pago y un sueldo de unos 1.800 euros no se lo pensaron, aseguran.

Por varios motivos, la promesa laboral que habían aceptado inicialmente, no acabó siendo lo que ellos esperaban, teniendo que llegar a manifestarse delante de la compañía a principios de este mes para pedir que se les pagasen las nóminas atrasadas.

El alojamiento tampoco cumplió con las expectativas, pues en lugar de una vivienda se encontraron una de las naves del complejo industrial en el que laboraban, con duchas y habitación compartidas.

Uno de ellos, Paul, contaba a este medio que “no nos importaba vivir aquí, si no nos cobrasen por hacerlos. Pero cuando nos dijeron que tendríamos que pagar también, nos dimos cuenta del problema”. Su única esperanza era ya cobrar los atrasos e irse, asegura el camerunés, y tras varios “tira y afloja” con la empresa, consiguieron llegar a un acuerdo.

Paul cuenta que “no es la cantidad total de lo que quedaba pendiente, pero como necesitábamos el dinero con urgencia, lo aceptamos”. Ahora, al menos, pueden cerrar ese capítulo y empezar de nuevo, esta vez, quizás, con un poco más de suerte.

Siguen residiendo en la localidad, “cada uno alquilamos una habitación porque no encontramos un piso para vivir juntos. Ahora lo pagamos nosotros pero estamos contentos”. No en tanto, sí consiguieron mantener el equipo unido para trabajar, al conseguir todos posición en la misma empresa, también local y en el sector de la construcción.

Por su parte, Paul afirma no descarta irse en algún momento, pero de momento se queda por su equipo de fútbol, que fue su apoyo y su vía de escape en los peores momentos del drama laboral. Mientras tanto, se mantiene optimista con esta nueva oportunidad.

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