La primera vez que vino a verme me pilló en cama. Llegó en mitad de la noche y no tuvo la delicadeza de avisar. Fue hace diez años. No recuerdo qué hora era, pero sí que fue la madrugada de un domingo que, para mí, había sido laborable. La sensación que me dejó su llegada la conservo intacta. Me hizo sentarme en la cama como si fuese un muñeco de esos que saltan como un resorte cuando abres la caja que los encierra. Aquella noche en la que el pánico me visitó por vez primera se abrió mi propia caja de Pandora, una que todos tenemos guardada en el rincón más oscuro del alma y que, una vez que se destapa, ya nunca vuelve a sellarse.

En medio de una vertiginosa nebulosa de pensamientos, los síntomas eran claros. El corazón me golpeaba el pecho, como si quisiese huir. La boca estaba seca y era como si todo mi cuerpo se hubiese declarado en rebeldía, como si ya no me perteneciese y se negase a acatar las órdenes que le lanzaba mi confuso cerebro. El sudor me recorría la piel como un gélido vaho y creí que algo en mi garganta se quebraría de la tensión que sentía en cada fibra muscular. Traté de interpretar todos los indicios que me juraban que algo malo me estaba sucediendo. Sé que le puse varios nombres que no voy a repetir, pero no atiné con el suyo. Simplemente me despedí de la vida, de la que tenía y de la que creía que en aquel instante se me estaba negando.

Miedo al miedo

Esa noche tuve mi primer ataque de pánico. Estaba decidida a correr, a pedir ayuda médica mientras pudiese hablar. Recuerdo que me alarmaba la convicción de que me costaba hacerlo. Cuando me vi a mí misma descartando algunas opciones entre las primeras prendas que me ofreció el armario, frené en seco mi huida. El razonamiento que hice lo tengo fresco: si estás escogiendo la ropa que llevas al médico en mitad de la noche, va a ser que no te estás muriendo. Tómate un tiempo.

Me fui al salón y encendí la tele. No voy a decir que mantener a raya los pensamientos de catástrofe fuese tarea sencilla. Me costó un mundo. Pero desviar la atención hacia la tele, tomarme una tila –es un eufemismo, pero ya saben que automedicarse, además de malo, no está bien visto y exigiría explicaciones que no vienen a cuento– hizo que la ansiedad se fuese apalancando un poco y, haciéndose un hueco en el sofá a mi lado, se echase una cabezadita.

Cuando abrí los ojos de nuevo, era como si me hubiese atropellado un camión. Celebré seguir consciente, orientada y, sobre todo, viva. Tenía una cierta presunción de lo que me había pasado, pero me negué a aceptar que yo, que me creía tan racional y centrada –un nuevo eufemismo: léase controladora y perfeccionista patológica– me hubiese dejado caer en las garras de la ansiedad. Y todavía no tenía ni idea de lo feo que era aquel monstruo. Sin embargo, en aquel momento lo menosprecié, buscando explicaciones en otras enfermedades para entender aquel episodio, que se repitió nuevamente la dos noches siguientes.

Pruebas

Decidí pedir cita con mi médico –al que no había visto delante en todos los años que llevaba ya viviendo en A Estrada– y allí tuve que explicarme sin encontrar muy bien las palabras para hacerlo. Solo quería gritar. Atreverme a decirle que estaba segura de que me estaba muriendo, que aquello no podía tener otra explicación. Que yo no era una histérica. ¿O quizás si? Él pidió pruebas para confirmarlo, pero no llegué a hacerlas todas.

No me presenté a la analítica aquel lunes, pero regresé a ver a aquel doctor con ella hecha. El malestar del fin de semana me decidió a presentarme de noche en el hospital. Salí de allí feliz: había podido verificar que no me estaba muriendo. Menuda ilusa. No sabía que tenía semanas por delante tratando de reponerme a sentir terror al miedo, a ese que venía a por mí cada noche y al que ya empezaba a esperar con los ojos abiertos.

Acabo de desnudarme en público, aunque créanme que me voy a tapar muchas de mis propias vergüenzas. ¿Por qué les cuento todo esto? Pues porque este domingo ha sido el Día Internacional de la Salud Mental y, ahora que el coronavirus parece batirse en retirada, creo que es momento de ser conscientes de que ya podemos esperar que nos llegue la factura que nos pasó, está pasando y pasará a nivel emocional. Agárrense que vienen curvas.

Llega la factura

La pandemia ha disparado los casos de ansiedad. Sí, de esos episodios que muchos, como yo misma lo hacía, creen que la ansiedad es sólo una manifestación de que uno no es capaz de controlarse. Menuda imbécil. Aprendí eso de que es una respuesta adaptativa a una situación en la que nuestro cuerpo aprecia un peligro y nos prepara para pelear o escapar. Sí, ¿pero que sucede cuando ese peligro solo existe en nuestra cabeza? ¿Qué pasa cuando no es real pero nuestro cuerpo responde como si lo fuese; cuando cada milímetro de nosotros reacciona con pánico ante un monstruo que solo nosotros vemos y sentimos porque nos ataca desde dentro?

Ahí va un spoiler: lo que pasa es que nos prescribirán un tratamiento que parece marcarnos como una letra escarlata; que llega la incomprensión total, las hojas de registro, la vergüenza de uno mismo, la frustración, la necesidad constante de hallar una justificación, de intentar saber qué botón fue el detonante de todo, de dar el paso de pedir ayuda y de acostumbrarse a estar completamente “desnuda” ante un extraño, expuesta completamente aunque vistas un jersey de cuello vuelto.

Hay que vivirlo

Nadie que no haya experimentado en carnes propias lo cruel que puede llegar a ser la ansiedad sabe de qué hablo realmente. El desasosiego puede ser de tal magnitud que dejas de ser, al menos por un tiempo, quien eras. O quién creías ser.

Tienes que calmarte. No te puedes poner así. Hay que ser más fuerte. Al final te vas a provocar un ataque. Estás perdiendo la cabeza. Pero, ¿no ves que no tienes ninguna enfermedad? ¡Mira qué vida perfecta tienes! ¿Qué cliché prefieren? Los he escuchado todos. Cualquiera de ellos cae sobre una como aceite hirviendo. Te convences de que te han colgado un San Benito y que ya no podrás volver a pedir socorro sin ser cuestionada. Y en muchos casos así es. Sientes que si un ataque de pánico o un tratamiento por ansiedad consta en tu historia clínica, ya no tienes derecho a regresar al médico sin tener la certeza de que puedes adivinar cuál va a ser su primer diagnóstico. Y, por desgracia, muchas veces estarás en lo cierto. Serás Pedro asegurando que viene el lobo, pero sin el ánimo de mentir y llevándote de cuando en vez un mordisco, porque te aseguraron que solo tú lo sentías, que nadie más veía peligro alguno. Es tremendamente injusto, pero real.

No eres un bicho raro

Sin embargo, un día miras a tu alrededor y ves que no estás sola. Que no eres un bicho raro. Te sorprendes con la cantidad de gente que siente o ha sentido el miedo como tú lo has hecho. Y alucinas. ¿Cómo algo tan extendido permanece oculto? ¿Cómo es que toda esa gente padece y calla? Pues, sencillamente, porque les da vergüenza contarlo. Uno no tiene empacho en hablar de que tiene unas piedras en el riñón que se las hacen pasar canutas cada vez que le provocan un cólico, pero siente pudor a contar que el pánico le visita y lo sacude con multitud de síntomas que mete bajo la alfombra. Ambas cosas tienen tratamiento, solo que la ansiedad no desaparece con extraerla o completar la pauta de un antibiótico. Se queda para siempre, aunque aprendas a vivir con ella y le marques unos límites que os permitan llevar una vida parecida a la que conociste, aunque ya nunca te saques el cuchillo de entre los dientes.

¿Por qué ir al psiquiatra o al psicólogo sigue siendo algo que se calla? Pues porque vivimos en un mundo en el que la ignorancia y los prejuicios de despachan como en un take away: rápido y sin tacto. Los problemas de salud mental no son como aquel traje nuevo del emperador. Están realmente ahí, solo que las muchas capas de ropa que nos hemos puesto sobre la piel no nos dejan liberarnos de sus ataduras. De su peso. Ni tampoco de la sensación de estar siempre desnudos, expuestos a que alguien levante el dedo para que empiece el juicio o la mofa.

Cajas de Pandora

El coronavirus ha abierto muchas cajas de Pandora. Nos hizo ponernos en pie de guerra contra algo que existe, pero que no se ve. Nos encerró, en casa y en nosotros mismos. Nos dejó el sabor del miedo en la boca y, cuando algún día nos deje volver atrás para retomar el camino donde lo dejamos, muchos se sentirán abrumados por las dudas, desorientados, perdidos, presas del pánico. Así que, por favor, despertemos. Hay muchas enfermedades y trastornos que no cantan las analíticas, pero eso no significa que no sean reales o que no necesiten el mismo cuidado y respeto. Uno no se siente mal a propósito. No baja al mismísimo infierno de cuando en vez porque le dé la gana. El que así lo crea, que se ponga bien fresquito, porque en cualquier momento le toca visita. Si es tan amable, dígale a Satán de mi parte que no sirva café para mí, que sigo luchando para no volver.