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Desearás que te dé calabazas

Montse Fernández, muestra dos calabazas en su tienda del Novo Mercado. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Quienes piensen que el Samaín es un invento reciente, comprometerán su conocimiento del tema si lo dicen en alto. Ni mucho menos. No se trata de un intento por poner acento gallego al Halloween que desde niños hemos conocido –y envidiado– a través de las películas americanas. Muchos se recordarán de niños, en la aldea, tallando ojos y boca a calabazas del huerto que más tarde se comerían los cerdos. Después se le colocaba una vela dentro y la imagen era fantasmagórica. Eran esos los vestigios de un Samaín procedente de nuestros antepasados celtas, que quedaron ocultos por la tradición cristiana de la celebración del Día de Todos los Santos y de Difuntos. Ahora, la apuesta por recuperar lo que siempre fue nuestro va en aumento y todos deseamos, literalmente, que nos den calabazas para, como reza la tradición, convertirlos en faroles con los que guiar a los espíritus buenos de vuelta a casa en la noche mágica del 31 de octubre y espantar a los malos.

Con la pandemia, redujo una producción que suele situarse entre los 3.000 y 4.000 kilos de calabazas, de tallas y colores.

Con el Samaín los celtas celebraban el final de las cosecha de verano y daban la bienvenida al Nuevo Año Celta. Caminaban hacia los días cortos y las noches largas propias del invierno. Pero, además, con esta llegada de la oscuridad, creían que las puertas del Alén se abrían y que las almas de los muertos tenían esa noche especial la oportunidad de regresar a sus casas para visitar a las familias. Y estos faroles para guiar o alejar, que antes de comenzase en Galicia el cultivo de la calabaza se hacían con otras hortalizas, fueron bautizados con muchos nombres en función de la zona, caso de los Calacús o las Caliveras, entre otros muchos.

Montse Fernández tiene tallas y colores para quienes están buscando ya su calabaza para este Samaín. Las comercializa en su tienda del Novo Mercado de A Estrada –Casa Xorxeira– y también a través de internet (www.casaxorxeira.com), recibiendo pedidos desde distintos rincones. Por el momento, la mayoría de las que fueron saliendo se convirtieron, principalmente, en rica crema de calabaza, si bien esta productora apreció el tirón del Samaín hace años. Y sus calabazas, también.

Desearás que te dé calabazas

Fernández comenzó hace siete años a cultivar calabazas en una finca en Moraña. Apunta que no se trata de un cultivo muy extendido para la comercialización, ya que quienes se deciden a plantarlas suelen hacerlo para el autoconsumo y, con frecuencia, arrojando las semillas de forma combinada con sus maizales. El furor por las calabazas llevó a Montse a dedicar miles de metros de finca a este cultivo, recogiendo en los últimos años entre 3.000 y 4.000 kilos. La pandemia recortó la demanda y este año ha recogido mucho menos: 500 kilos. No obstante, confía en que los colegios vuelvan a pedir a sus alumnos que dediquen un tiempo en familia a tallar la calabaza de Samaín. Si sube la demanda, volverá a subir la producción.

“El año pasado tuvo poca salida y fue un mal año de conservación”, indica Montse Fernández. Apunta que las calabazas que se recogían en la huerta tradicionalmente estaban destinadas muchas veces a la alimentación del ganado, porque carecían de carne. “No es que no sean comestibles, es que son muy grandes y casi todo cáscara”, aclara.

“Aumentó mucho el cultivo para los colegios”, continuó la responsable de la tienda ecológica Casa Xorxeira, que no deja de señalar que “esto en la aldea ya se hacía”. Además de vender en la tienda las calabazas que cultiva, también las distribuye a clientes autonómicos y nacionales a través de su página web, si bien concreta que en este caso se trata de pedidos realizados por colectivos que necesitan grandes cantidades, “a lo mejor de cien calabazas”, por ejemplo.

Colegios a pie de huerto

Volviendo a los colegios, Montse señala que está recibiendo peticiones de algunos centros para que los alumnos puedan acudir a la finca a elegir y recoger su propia calabaza de Samaín, una idea que no le disgusta pero que, asume, requiere una preparación previa a la finca. Indica que acoge con agrado la propuesta, pero que tendrá que ser planificada de un año para otro. “Se hace ya en otros países: ir directamente al agricultor”, apuntó.

El ciclo de este cultivo arranca en el mes de mayo, momento de la plantación, muchas veces asociada al maíz, las patatas o las habas. La recogida se realiza en septiembre. Montse Fernández tiene ya toda la cosecha recolectada, indicando que es hacia finales de este mes cuando se dispara la demanda para decorar la calabaza para Samaín. Indica que es este un cultivo muy agradecido, que solo requiere quitarle las malas hierbas y que anuncia su punto de maduración cuando la rama está seca y “trisca”. Es un fruto de otoño que simboliza, no una fiesta importada de Estados Unidos, sino una tradición tan enraizada en estas tierras como las propias calabazas. Solo hay que dejar que siga creciendo en la superficie y que, con ayuda de una vela, guíe y proteja. Así que, que te den calabazas.

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