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Barra libre para el olvido

En su interior todavía quedan los vestigios de una vida pasada. |   // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

En su interior todavía quedan los vestigios de una vida pasada. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Solo hay que agudizar el oído. Detenerse frente a sus fachadas y atreverse a contemplar su interior a través de los cristales. Todavía se puede escuchar a los fantasmas. El eco de unas risas enlatadas que se han quedado suspendidas en el tiempo. Permanecen encerradas, a la espera de que algún día puedan volver a abrirse sus puertas. Luchan contra el olvido y todavía recuerdan a los vecinos de A Estrada que un día fueron lugares llenos de esplendor y reconocimiento. Sin embargo, el paso de los años no perdona. El óxido de las balaustradas, la pintura caída y la suciedad se apoderan de todos aquellos locales de hostelería que fueron buques insignia de este pueblo. Algunos de los interiores, los que permiten al público echar un ojo, aún conservan las mesas y las sillas en las que algún día te sentaste. Muestran la barra de un bar con botellas de vino y cerveza que se resistieron a caer en la basura. Incluso algunos establecimientos mantienen sobre sus mesas un jarrón de flores artificiales. Tal vez la mejor metáfora para combatir la inevitable desmemoria que conlleva el paso del tiempo. Y aun así, no se olvidan. Como los cócteles que Elenita servía en la Puerta del Sol.

El emblemático café Puerta del Sol. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Puede que la afirmación sea atrevida, pero también certera. Ese bar echó el cerrojo en el 2004 pero muchos de sus recuerdos todavía permanecen inalterados en la memoria estradense. El café Puerta del Sol es un nombre de peso en la historia del municipio. Abrió sus puertas en las primeras décadas del siglo XX y luego fue Elena Piñeiro quien cogió el testigo. Fue conocida y reconocida por sus combinados, más allá de las fronteras de A Estrada. Y aquellas bebidas de colores llamativos y sabores resultones todavía guardan el secreto de su elaboración. O eso dicen por ahí. Puede que el paso del tiempo consiga convertir los cócteles de la Puerta del Sol en leyenda.

La plaza que le da nombre es un lugar prolífico en cuanto a locales de hostelería que han sido un símbolo de la historia de A Estrada. A tan solo unos pasos del pétreo salmón se encuentra el esqueleto de la Nixon. Un restaurante que destacó, justamente, por sus recetas basadas en el rey del río. Tras más de cuatro décadas, el negocio cerró sus puertas en el 2020. Un año duro para la hostelería, que ha tenido que pelear los embates de una crisis sanitaria sin precedentes. Sin embargo, la Nixon aún luce unos enormes ventanales que dejan contemplar el vacío. La extraña estampa de comprobar que no hay nadie detrás de la barra.

El restaurante Nixon, famoso por su salmón, cerró el año pasado. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

El otro gran eslabón de la Puerta del Sol era Casa Trabazo. Sus características puertas granates lucen hoy descoloridas. En las vetas de la madera se esconden, todavía, las historias de un pasado reluciente. Una casa de comidas que apostó siempre por lo tradicional. Cuyo principal distintivo era el cocido, un plato estrella capaz de atraer a personajes de renombre. En su larga lista de comensales se registraban altos cargos políticos y destacadas figuras del mundo de la cultura. Su fama traspasaba A Estrada y sus vecinos aún recuerdan que para comer en Casa Trabazo, el único secreto era reservar con antelación. Ahora solo quedan sus vestigios.

Casa Trabazo, uno de los más afamados locales de hostelería de A Estrada. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Sin embargo, estos tres locales no son los únicos que han sido marcados a fuego en la memoria estradense. Hay muchos otros que permanecen cerrados, a la espera de que alguien vuelva a apreciar su potencial y quiera recuperar el brillo que un día tuvieron. Hay muchos bares de A Estrada, desperdigados por cada una de sus esquinas, que merecerían un homenaje. Son una larga nómina de locales que guardan secretos tras las rejas que cubren sus puertas.

El Miami, por ejemplo. Dijo adiós en el 2016 por uno de los motivos más esgrimidos para echar el cierre: la jubilación. Su dueña, María Esther Rivas, decidió retirarse tras casi treinta años al frente del negocio. Uno lo suficientemente exigente como para saber que es el momento de disfrutar tras tres décadas de trabajo incansable.

El bar Miami echó el cierre en marzo del 2016 por jubilación. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Si uno vuelve al entorno de la Praza da Feira, los esqueletos proliferan. Uno de los más llamativos es el de Casa Melchor. Un local desvencijado, con los cristales rotos y la apariencia del abandono. Todavía hay una cunca de viño sobre su barra destartalada. Las latas, las botellas y los pañuelos siguen siendo un señuelo. Como si el propio interior del local pidiese ayuda para evitar la desmemoria. Sin embargo, su localización, en una de las esquinas de la Travesía Leicures 1, lo sitúan más cerca del olvido que del recuerdo. Parece que se cerró hace mucho tiempo.

Un cristal roto permite contemplar el interior de Casa Melchor. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Otros bares que reflejan la lejanía temporal son A Nosa Casa, situado en una de las entradas de la Praza da Feira, y el bar Novo Benidorm. El primero de ellos tiene un nuevo uso: el de la cartelería. Sirve para informar a los vecinos de A Estrada de todo cuanto acontecimiento merezca ser contado. Pero atrás quedan sus tiempos de local de ocio. De igual modo acontece con el Novo Benidorm, con entrada principal por la Avenida de Ponteareas.

La fachada del A Nosa Casa se ha convertido en una pared empapelada. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Pero los nombres del abandono son muchos, muchísimos más. Quién podría olvidarse de A Farola, que se despidió en el 2015 tras su brillante historia. La Santa Sede, el Aturuxo o A Esmorga. Y también resuenan otros como el Hórreo y La Flor. Qué ajustado resulta decir que son todos los que están, aunque no estén todos los que son.

Todos estos locales, aunque ya no permitan la visita de su público, todavía guardan en su interior una atmósfera especial. Una especie de neblina y de olor a cerrado le confieren el aspecto fantasmagórico que solo tienen las cosas abandonadas por el paso del tiempo. Las mismas que también conservan el encanto de lo que pudo ser y no fue. De lo que fue y no será. Son locales entrañables y reconocibles por nuestra memoria como estradenses. Tal vez ahora, cuando pasemos frente a ellos, seamos capaces de escuchar una última vez la voz gutural del fantasma: Ponme otra copa. Esta será la última.

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