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Amigos hasta en el infierno

El bombero forestal Pablo Durán, sonríe con las dos crías de pájaro carpintero en las manos.

El bombero forestal Pablo Durán, sonríe con las dos crías de pájaro carpintero en las manos.

Es difícil meterse en su piel. Uno se puede imaginar el miedo; el agobio de trabajar mirando a la cara al mismísimo infierno; el sentirse pequeño y extraño en una tierra desconocida, que peligra frente a unas llamas golosas a las que, muchas veces, algún desalmado invita a mesa ajena y con una cuenta que pagamos todos. Sin embargo, enfundarse en el traje de un bombero forestal y estar preparado para afrontar el fuego haría recular al más osado. “Las primeras veces vas con mucho miedo”, reconoce el estradense Pablo Durán. Lo dice después de 14 años trabajando para que el monte no sea pasto fácil de las llamas y soportando temperaturas extremas cuando el fuego se presenta y amenaza toda vida que trate de frenar o escapar de su avance. Aunque el suyo es un trabajo duro, tiene momentos muy tiernos. En sus manos –literalmente– está muchas veces la ocasión de salvar vidas: las de aquellos que no encuentran salida ni sentido a tener que huir de un hogar en llamas.

Las brigadas Cádavo y Forcarei, del Distrito Forestal XVI, fueron movilizadas este domingo hasta Salvaterra de Miño, junto con una motobomba de Silleda y un agente forestal. Pablo tenía el turno de mañana en la base de Codeseda y le tocó partir hacia el sur de la provincia. “El incendio era muy grande. Nos ubicaron en el flanco derecho. Ardía un eucalipto muy grande y vi cómo se movía algo en la base”, relata este estradense. Decidió acercarse y allí estaba la cría de un pájaro carpintero intentando buscar la manera de salir vivo de entre las llamas. A poca distancia cayó su hermano, otro precioso pollito con la mancha roja en la cabeza que, ante la desesperación de tener que afrontar un terrible final, decidió lanzarse al vacío desde el nido que compartían.

Uno de los polluelos estaba en la base del eucalipto en llamas.

Los bomberos recogieron a los dos polluelos y comenzaron a hidratarlos con el agua que todavía contenían sus cantimploras. “Se echaban al agua de la sed que tenían”, explica Pablo. Tenían el plumaje algo quemado pero parecían fuertes. Los condujeron hasta sus coches y se pusieron en contacto con el Servizo de Protección da Natureza (Seprona) de la Guardia Civil, que procedieron a custodiar a estos dos pájaros y a conducirlos al correspondiente refugio para asegurar su total recuperación.

“No sé si habría más. Nosotros solo encontramos estos dos”, indica este bombero, a quien su compañero no dudó en inmortalizar con los dos pájaros en las manos y una cara que no podía contener la emoción por haberlos descubierto entre las llamas y el denso humo. “Lo que estaba ardiendo era eucaliptal y eso es como la gasolina; son incendios muy complicados de apagar”, indica este profesional. No en vano, el foco de Salva Terra do Miño de este domingo –que podría haber sido provocado por la caída de un rayo– se cobró al menos 250 hectáreas.

Salamandras y crías de ardilla, otras especies que suelen rescatar.

No es la primera vez que esta brigada salva animales de morir abrasados entre las llamas de un incendio. En alguna ocasión fueron salamandras y, en otras crías, de ardilla. “Salvas lo que ves, pero lo que no sabemos es todo lo que se pierde en cada incendio”, reflexiona. Los equipos con base en Codeseda llegaron a este fuego cuando lo más fuerte ya había pasado. “Todavía quedaban puntos calientes y la cabeza aun tiraba; nos encargamos de que no hubiese reproducciones en el flanco derecho”, relata Durán.

¿Miedo? Pues seguramente iría por dentro. “Aprendes a saber cómo moverte, cómo actuar; vas siempre con unas normas de seguridad que hay que seguir y siempre con mucho cuidado”. “La temperatura ambiente era ya en la zona muy elevada pero al lado del fuego no se paraba”, continúa. Se dice que hay que tener amigos hasta en el infierno. Estas crías de pájaro carpintero encontraron los suyos en estos superhéroes de amarillo, capaces de rescatar vida de las fauces del fuego.

PIDEN, AL MENOS, NUEVE MESES DE CONTRATO


“Nuestro objetivo es trabajar todo el año; carga de trabajo hay de sobra e incendios fuera del verano, también. Pero podemos entender que el aumento se haga por pasos”, apunta el estradense Pablo Durán. Este bombero forestal pertenece al grupo de profesionales del sector que trabaja en turnos de seis meses. Antes de que comience la época de alto riesgo de incendio se centran en las labores de prevención o, lo que es lo mismo, en tener el monte lo mejor posible por si produce un foco. Sin embargo, el quehacer en mucho y el tiempo escaso. Hay que poner al día puntos de agua, acceso a los montes, limpieza de pistas...

“Con seis meses hacemos los trabajos a contrarreloj, lo mejor posible, pero queda mucho trabajo por hacer porque hay mucho monte”, expone. El colectivo reivindica un mínimo de nueve meses de contrato “para que dé tiempo a preparar el monte para los incendios”. Además, indican que es este un grupo profesional, con “ganas de colaborar en otro tipo de emergencias en el rural”. “Somos un colectivo que tiene muchas ganas de trabajar y no cuentan con nosotros para ese tipo de emergencias, estamos como muy mal aprovechados”, considera Durán.

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