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El rural, en números rojos

De izquierda a derecha: Mari Carmen Silva, Eloy Rey, Teresa Mendoza y Manuel Porto

De izquierda a derecha: Mari Carmen Silva, Eloy Rey, Teresa Mendoza y Manuel Porto

Hay quien dice que nada une más que un enemigo común. Sea cierto o no, nadie duda de que el coronavirus podría haber protagonizado cualquier película de villanos. Lo ha arrasado todo. En este largo año de pandemia, el COVID-19 deja una apabullante estela de víctimas. Todavía asusta hablar del impacto sanitario, que alcanza cifras sin precedentes. Pero la otra cara de la moneda, aquella que se mide en términos económicos, también sangra. Los negocios de A Estrada, igual que los de cualquier otro punto del país, han tenido las manos atadas. Pero este concello tiene una singularidad de la que no pueden presumir muchos otros: su amplia extensión rural. Esos espacios, alejados de lo urbano, donde también se emprende. Donde el virus ha llegado después de otro agravante: la despoblación y el envejecimiento de sus vecinos. Son muchas las voces detrás de todos esos negocios rurales que resisten los embates, tanto los demográficos como los causados por la pandemia. Y hoy, más que nunca, es hora de que ellos también cuenten su historia.

A pesar de que el ritmo de vacunación sopla a su favor y de que la situación epidemiológica parece situarse en términos de estabilidad, los malos recuerdos no se borran. En algunos casos, todavía atraviesan dificultades y piden que se les eche una mano. Que se les ayude a sobrellevar esta crisis estrepitosa y abrasadora. La misma que se ha atrevido a colorear sus números de rojo.

“Todavía seguimos con pocas ventas y aun así nos arrasan a impuestos”

Mari Carmen Silva - Dama do Río

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Silva, detrás de la barra.

“Fatal”. Así de contundente se muestra Mari Carmen Silva, propietaria del negocio Dama do Río, en Rubín. “Hemos pegado un bajón muy grande, no hay gente”, dice en relación al bar que regenta. Ella atribuye este descenso de la clientela al miedo al coronavirus, pese a que la mayor parte de los consumidores están vacunados. Otro de los motivos que Silva quiere subrayar son los horarios. “A ver si pronto los amplían porque cerrando a las nueve, a mí no compensa”, declara. “Fatal” sigue resonando en la conversación como el mejor adjetivo para describir la situación actual.

Las cosas no parecen mejorar demasiado cuando habla de la panadería, otro de los negocios de los que es propietaria. “También perdimos bastante porque al no haber fiestas ni comidas la gente no compra tanto pan”, asegura. Insiste en que son muy pocas las ganancias y que, sin embargo, está subiendo el precio de todo. “Los impuestos nos arrasan”, dice Silva. “A los autónomos podrían perdonarnos algo”, continúa afirmando. Apela, así, a una situación límite en la que no se perciben ayudas suficientes como para seguir a flote. Y en la que a la clientela le frena más el miedo que el deseo de pasar un rato distentido al otro lado de la barra.

“Durante la segunda ola se notaba que tenían miedo y solo venían a lo esencial”

María Collazo - Supermercado O Sol

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Eloy Rey, propietario del supermercado O Sol.

Al otro lado del teléfono se escucha el trajín de media mañana. “Empecé a trabajar aquí hace seis meses, por lo que no viví la primera ola”, dice María Collazo. Forma parte de la plantilla del supermercado O Sol, en la parroquia estrandense de Rubín. Uno de esos comercios blindados, incluso en los momentos más duros de la pandemia, por considerarse esencial. Sin embargo, ellos también se enfrentaron al virus en primera línea, encarándose a una ola tras otra. “Lo que sí puedo decir es que durante la desescalada se notó un gran crecimiento. Sin embargo, durante la segunda ola se veía que la gente tenía miedo y solo venía a comprar lo esencial”, declara Collazo. Según cuenta, el comportamiento de la clientela ha ido cambiando según mejoraba la situación epidemiológica. “Sí que se ha notado un poco que hay más población vacunada”, afirma la trabajadora. Algo que influye si se detiene a analizar el tipo de cliente que acude al establecimiento. Suele ser “muy mayor” y de los alrededores de la parroquia, pese a que también cuentan con un sector de la población más joven que se mueve entre los 30 y 40 años.

“Tengo clientela que no ha vuelto al bar; no sé si la hostelería volverá a ser lo que era”

Manuel Porto - Casa Porto

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Porto, en su bar de Ouzande.

Manuel Porto puede dar dos perspectivas bien distintas: la de la hostelería y la del sector de la alimentación. Regenta Casa Porto, en Ouzande, y declara sin miramientos que en el bar las pérdidas “fueron totales”. “Calculo que pudimos tener una bajada del 70%, lo cual es lógico dado que no pudimos trabajar por temporadas”, afirma el propietario. La mejoría en la situación epidemiológica debida al ritmo de la vacunación tampoco la ha notado mucho e incluso llega a afirmar que no sabe si la hostelería volverá a ser lo que era.

“Mucha gente dejó de venir al bar. Es como si hubiesen cambiado los hábitos. Antes compraban en el supermercado y se tomaban una cerveza, algo que ha dejado de suceder”, asegura Porto. En lo que respecta a su negocio de alimentación dice que al principio, cuando confinaron a la población, fue un boom. “Este año hemos vuelto al ritmo normal y, en este caso, se nota que no se han cambiado los hábitos de consumo”, declara el propietario. Pone la vista en el futuro, en un mayor porcentaje de gente vacunada. Sin embargo, ahí queda la duda suspendida. La de no saber si esta nueva normalidad en la que se vive recuperará, algún día, el encanto que tuvo en un pasado.

“Estoy empezando a remontar, pero fueron tiempos muy difíciles ”

Teresa Mendoza - Peluquería Tere

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Teresa Mendoza en su peluquería de Rubín.

“De momento no me puedo quejar porque estoy remontando”. Así lo afirma Teresa Mendoza, propietaria de una peluquería en el rural. Sin embargo, cuando recuerda los meses más duros de la pandemia no duda en decir: “Fueron tiempos muy difíciles, de muchas pérdidas”. En su caso, además del cierre obligado durante el confinamiento estricto, tampoco pudo trabajar durante dos semanas porque se contagió de coronavirus. “Tuvieron que pasar casi dos meses para poder remontar”, declara Mendoza. “El haber pasado el virus me afectó muchísimo a nivel económico porque había clientes que tenían mucho miedo”, continúa explicando. Sin embargo, esos malos momentos quedan atrás y el balance actual es positivo. “Han recuperado la confianza y tengo la suerte de contar con una clientela fiel y fiable”, afirma la peluquera. De todas formas, hay usuarias que atiende a domicilio, especialmente a las personas de más edad. “Suelen tener más de 85 años y tienen miedo de venir aquí”, declara Mendoza. Pese a ello, sí está notando que la vacunación va a buen ritmo. “Hay alguna clienta que, con las dos dosis, me dice: he dejado de tener miedo”.

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