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Esa “basura verde” que nos hace enfermar

Dos hermanos de A Estrada durante el primer día de paseo tras el confinamiento, hace un año.

Dos hermanos de A Estrada durante el primer día de paseo tras el confinamiento, hace un año.

Alejandro ha vivido un tercio de su vida en pandemia. Se sienta junto a su hermana, al otro lado de la mesa, sin poder reprimir una sonrisa tan pícara como nerviosa.

–¿Qué es entrevistar, mamá?

–Es como un juego. Yo te hago preguntas y tú me contestas. Solo tiene una regla: tienes que decirme lo que piensas de verdad, no vale inventárselo.

Asiente, mientras le pregunto qué cree él que es el coronavirus. No tiene ni que pensárselo.

Es como basura verde que nos hace enfermar, pero no mata a la gente, tranquila.

–Sí que mata a la gente, Alejandro –corrige su hermana.

–¿Y qué más sabes de esa basura verde? ¿Qué tenemos que hacer para que no nos enferme?

–Pues que no se puede ir a las casas de los amigos ni de los primos y tampoco nos dejan pasear sin mascarilla.

–¿Qué crees que pasará cuando ya no tengamos que tener cuidado con el coronavirus?

–Ya lo sabes, mamá...Podremos ir a casa de los primos y también podemos invitarlos a la nuestra.

Así de fácil. El mismo niño que pidió durante los largos días de confinamiento que la policía detuviese al coronavirus –en honor a la verdad, él utilizó la palabra “matar”, pero hubo que aclararle esa imagen distorsionada– ahora asume la pandemia como lo que es: una basura. Mientras, conserva por completo la esperanza de recuperar una normalidad que, traduciendo sus palabras, termina representando lo que también ansiamos los adultos: dejar de sentir miedo al contacto.

Aquel domingo

El discurso de Sofía dista mucho del de su hermano y evidencia algunas lecciones aprendidas a su recién cumplidos siete años. Le recuerdo aquel domingo de abril en el que pudieron salir a la calle después de más de un mes encerrados en casa. Le pregunto si recuerda haber tenido miedo. “No tenía miedo porque llevaba mascarilla. Recuerdo que no había casi nadie en la calle y que vimos a algunas personas con el perro...y también a algunos niños, pero no nos dejaste acercarnos. ¡Ah! Y que llevamos pompas de jabón”, me responde. Sí, recuerdo el truco de las pompas para que, si se bajaban del patinete, se entretuviesen persiguiéndolas y no tocasen nada. “Ahora está todo normal. Ya podemos salir a la calle, ir al colegio... pero es un poco pichípichá porque no podemos hacer todas las cosas que queremos”, continúa. La siguiente pregunta es obligada, ¿qué es lo que añora? “Echo de menos cuando no teníamos que llevar mascarilla y nos podíamos juntar, ir de viaje y esas cosas. Me gustaría ir a Londres, que dicen que allí hay muchas cosas de Harry Potter”, me confiesa cómplice, conocedora de que soy tan fan de la saga como ella. Para lo siguiente no estaba preparada y me dará para reflexionar unos días: “Si te digo la verdad, me gustaría volver al confinamiento porque pasábamos más tiempo la familia y hacíamos muchas cosas, aunque también odiaba que no podíamos salir”.

Esta semana se cumplió un año desde aquel 26 de abril de 2020 en el que los niños fueron los primeros en iniciar la desescalada saliendo una hora a la calle. Con más de un año de pandemia a sus espaldas, los más pequeños han asumido como normal una vida con la sonrisa tapada por una mascarilla y en la que la limpieza de manos tenga que ser constante, aunque protestasen los primeros días presumiendo de tenerlas completamente limpias. Han interiorizado –mejor que muchos adultos– lo que debemos hacer para protegernos.

–Es fácil. Hay que cumplir unas normas: lavarse las manos, llevar mascarilla y, cuando hay mucha gente, la distancia de seguridad.

–¿Y tú cómo aprendiste todo eso, Sofía?

Se encoge de hombros.

–Yo misma–, y se queda tan ancha– Sé que no puedo quitármela en el colegio, aunque me moleste. Solo si se me cae un diente o cuando meriendo en el recreo. Mis amigos tampoco se la sacan.

Cuántas lecciones nos han dado, y pueden darnos todavía, los niños en esta crisis sanitaria. Cuando acabamos nuestra “entrevista” pienso que ellos no tienen ni idea de qué es eso de la “fatiga pandémica” y, si soy sincera, no creo que la padezcan. Echan de menos muchas cosas, pero su capacidad de adaptación es, sencillamente, pasmosa.

Tras 44 días de encierro

La primera vez que Daniella salió a la calle aquel día de abril estaba “como loca”, explica su madre.Se hizo una foto en el portal de su casa, justo antes de poner un pie en la acera. Más bien un patín, porque no podía aguantar las ganas de echarse a rodar. “En el momento de ver la calle sin nadie se llevó impresión”, continúa. Ese día dejaron el calendario de la nevera con 44 días de encierro tachados. La ilusión no dejaba sitio para el miedo. Sin embargo, el confinamiento hizo algo de mella. “Al principio le costaba quedarse en las actividades. Tuvo un pequeño retroceso, que creo que es normal. Le costaba socializar. El primer día en el parque le costaba interactuar como lo hacía antes; no dejaba tocar sus juguetes ni su bici y me preguntaba si se podía tirar por el tobogán, pidiéndome a cada rato que le echase gel porque había tocado algo”.

En esta misma estampa se reconocerán muchos padres, tanto en el primer día como en esos momentos de retomar costumbres como la de acudir al parque. “Recuerdo que al principio, lógicamente estaban deseosos de salir, pero no sabían a qué jugar, se encontraban desubicados. Era como si se hubiesen perdido”, explica la madre de Marco y Bruno. Aquel domingo escogieron la robleda municipal de A Estrada y los restos de poda le brindaron la ocasión perfecta para convertir palos en espadas y construir luego una cabaña.

Después de unas primeras semanas en las que la atención excesiva de los mayores hacía que los propios niños se mantuviesen alerta en el momento en el que se acercaban otros pequeños, la normalidad, al menos para ellos, se fue imponiendo. “Marco, si encuentra algo en el suelo, dice que no se puede tocar porque puede tener coronavirus. El pequeño no; a él si le dejas lamer el cristal del ascensor, lo lame”, bromea.

Pequeños grandes maestros

Los niños se han convertido en maestros. No salen a la calle con miedo, ni siquiera hace un año lo hicieron. Han interiorizado que se socializa con mascarilla y que el codo resulta tremendamente útil para abrir las puertas o pulsar un botón. Sin embargo, todavía les cuesta entender por qué, si aparentemente han retomado la vida normal y adoptan las medidas para estar protegidos, no pueden hacer cosas que desean muchísimo, como celebrar su cumpleaños. “Esas cosas aun les cuesta”, indica una madre.

Todo se mide ahora de un modo diferente. Ya no se habla de lo que haremos cuando llegue el verano o cuando estemos de vacaciones. La frase, también en la boca de los más pequeños, se ha sustituido por la de “cuando pase esto” o “cuando no haya coronavirus”. Después, los mayores asumimos incoherencias que el raciocinio infantil acusa: no puedo quedar con mis amigos para ir al cumple, pero me siento con ellos en el cole o puedo juntarme con un montón de niños desconocidos en el parque. No hay respuesta sincera que ofrecerles. ¿Cómo explicarles que aquel 26 de abril pudieron salir a la calle pero, un año después todavía no han recuperado la libertad?

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