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Deza

Pero no pudo jugar porque tenía que desbrozar

Mucha hierba para tan poco columpio | FOTOS: CEDIDA/BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Mucha hierba para tan poco columpio | FOTOS: CEDIDA/BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Durante meses el parque ha sido territorio vedado. Los niños podían recordar ese vértigo maravilloso de sentirse en lo alto del tobogán, justo antes de descender a toda mecha. El rítmico vaivén del columpio les estaba prohibido porque un virus abusón se había colado en todas las zonas de juego y se había atrincherado burlón detrás de un cordón policial. Ahora, con una situación epidemiológica que permite regresar al parque –todavía con ciertas precauciones–, algunos espacios de A Estrada añaden otra exigencia al chorro de gel hidroalcohólico. Podría colocarse un cartel que rezase No usar sin limpiar o desbrozar previamente. Disculpen las molestias. En algunos, además de hidrolavadora y cortacésped el niño ha de llevar de casa el mismísimo columpio.

En una canción de infancia, de aquellos tiempos en los que no existían canales públicos de televisión para niños o plataformas en las que poder elegir contenidos en cualquier momento y lugar, los Payasos de la Tele enseñaban los días de la semana invitando a imitar sus gestos con la cantinela de una niña que, antes de almorzar, siempre se quedaba sin jugar porque tenía que planchar, barrer, coser o guisar. La situación en que se encuentran algunos parques de A Estrada podría poner su propia letra: Lunes antes de almorzar, una niña iba a jugar, pero no pudo jugar porque tenía que desbrozar. Es solo una broma, pero tristemente real.

Estructura sin columpio junto al Liñares. Bernabé/Javier Lalín

En la nueva alameda de A Estrada el Concello ha perdido la batalla contra los estorninos. Hace más de un año la daba por ganada con ayuda de medios técnicos. La victoria fue efímera. Nadie gana a estas aves en el fuego cruzado. Está claro que es un asunto difícil de resolver y que non es exclusivo del parque estradense. El diálogo no sirve de nada en este enfrentamiento. No se puede convencer al enemigo de que deje caer su munición en otro lado y tampoco se puede poner la venda antes que la herida. Sin embargo, sí se puede evitar el campo minado. Es una cuestión de insistente, muy insistente, mantenimiento para garantizar unas condiciones de higiene mínimas.

No es una cuestión de escrúpulo. Las imágenes hablan por sí solas. Los niños han de sortear los excrementos de las aves, que parecen haber aplicado gotelé al colorido y mullido pavimento. La situación de algunos bancos, tanto en los de madera como en los de hormigón, es de “mírame, frunce el ceño y no me toques”.

Zona de juego infantil en Santo André de Vea

La estampa de la falta de agua y cepillo no es exclusiva de las zonas de juego del casco urbano. La reposición de elementos deteriorados tampoco es, precisamente, ágil. El parque del Novo Mercado lo sabe bien. Una de las estructuras de juego falta desde tiempos inmemorables. Tanto que hasta cuesta recordar cómo era originariamente. En otras zonas la ausencia de los juegos es más evidente. El arco de los columpios de los que no cuelgan más que las arañas es una estampa clara de esta situación. Puede encontrarse en el parque instalado hace años por el Concello junto a la playa fluvial de Liñares que, al menos, no luce estos días tan comida por la maleza como acostumbraba. Lo mismo sucede con los juegos de gerontogimnasia en San Miguel de Castro, eso sí, gracias a los trabajos de mantenimiento recientemente realizados por la asociación de mujeres rurales.

Banco lleno de excrementos de estorninos en la alameda estradense. Bernabé/Javier Lalín

No hace falta ser antiguo para caer en el olvido. La parroquia de Cora fue una de las escogidas para la instalación de nuevos parques. Sin embargo, todo apunta a que unos elementos tienen más éxito que otros, a juzgar por la hierba que crece en torno a algunos juegos, tanto dentro como alrededor. Aquí el uso parece ser quien pasa la desbrozadora. Las malas hierbas también son un impedimento para subirse al columpio en el parque de Santo André de Vea y, hasta hace poco, también en el de A Penela, en Arca, en el que todavía se puede seguir la huella del abandono.

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