Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Un año sin bajar la persiana

Productoras de huerta de Lamas, en las instalaciones de la sociedad Peregrina.

Productoras de huerta de Lamas, en las instalaciones de la sociedad Peregrina. Bernabé/Javier Lalín

Aunque pueda dar la impresión de que hace un año la vida se frenó en seco cuando se obligó al país entero a quedarse en casa, el mundo siguió girando. No pudimos disfrutar de la primavera, pero estaba al otro lado de la ventana, llenando el campo de flores y los árboles de promesas con sabor a fruta. Llegó también el verano, para muchos con más olor a tierra que a sal desde que tienen memoria, y tras él sopló el viento para hacer caer las hojas, sembrando de desnudos el paisaje invernal. Las estaciones continuaron su curso y esta es la única doctrina que sigue el campo y, por extensión, el sector primario. Si siembras y el tiempo lo permite, recogerás el fruto de tu trabajo. Poco o nada importa que lo hayas hecho regando los surcos con más sudor del habitual por el simple hecho de sumar al esfuerzo la falta de aliento que causa una mascarilla.

Cuando se vive del campo, entendiéndolo en un sentido amplio, no hay persiana que bajar. Es por ello que los efectos económicos de la crisis sanitaria no supusieron un golpe fuerte para el sector primario, el encargado de asegurar que nunca falte comida en la mesa. Sus ritmos de trabajo son completamente distintos. No entienden de horarios; no saben lo que son los días de asuntos propios y no hay opción a dejar la puerta atrás y que el trabajo se acumule sobre la mesa en el mes de vacaciones. Son oficinas que se mantienen abiertas los 365 días del año. Simple y llanamente por que no hay quien las cierre.

Proveedores

Cierto es que el golpe que se ha llevado la hostelería en esta crisis termina afectando a la actividad primaria. Al fin y al cabo, la mayor parte de las explotaciones acaban siendo, de manera directa o indirecta, proveedores de bares y restaurantes. Sin embargo, aquellos que tienen una producción más o menos constante y de primera necesidad fueron colocando sus artículos en el mercado. Como dice Alberto Baños, de Ovos do Volteiro, “comer hay que comer” y como comenta Jesús Conde, desde Gandeiría Conde da Xesteira, las vacas no entienden de pandemias.

El trabajo en este sector no espera por nadie, pero tampoco se ha detenido en este año tan difícil. Además, todos estos profesionales tienen a su favor el hecho de que el comercio de proximidad ha recogido de manera especial en esos meses la confianza del consumidor, que ha seleccionado más dónde compra y qué se lleva en la cesta de la compra, animándose a ser más selectivo y buscar lo natural que, naturalmente, también está mucho más cerca.

Integrantes de la sociedad Peregrina de Lamas, especializada en horticultura. / Bernabé/Javier Lalín

“La gente está apostando por el producto local”

Hace 15 años que cinco mujeres decidieron hacer del campo su oficina en la parroquia estradense de Lamas. Fundaron la sociedad civil Peregrina, una agrupación dedicada a la horticultura. En su puesto de trabajo no hay verja ni persiana que bajar, así que el 2020 pasó casi como cualquier otro año. La tierra no entiende de pandemias, sigue sus ciclos y, si la cultivan y la miman, da sus frutos. Poco le importan los confinamientos, los estados de alarma o que el conjunto de la sociedad esconda su rostro detrás de una mascarilla.

"Se notó la falta de la hostelería, que mueve mucho"

María Jesús Mato.

decoration

Acto seguido, apunta a la salida que tienen en bares y restaurantes productos como los pimientos de Padrón o los grelos para los cocidos. Junto a ella trabajaban esa huerta colectiva Juana Porto, Fina Brea y Mari Castro, después de que falleciese una de las socias fundadoras. “Las ventas se mantuvieron en la plaza y con los particulares”, señalan, reconociendo que, aunque faltó el consumo de los hosteleros, durante la pandemia se viene apreciando una clara apuesta de los clientes particulares por el producto de proximidad.

“La gente está apostando mucho por el producto de la zona y ya no se desplaza tanto a comprar”. Las hortalizas de Lamas se comercializan también a través de tiendas de proximidad, además de venderse en grandes cantidades para almacenes y a pie de huerto. En estos momentos tiene especial salida la verdura en general, como el repollo y los grelos. Estas productoras estradenses tienen lechuga todo el año gracias a sus invernaderos y ya están plantados productos de temporada como los pimientos o los guisantes. Recogen lo que siembran, lo que trabajan. Aunque la meteorología puede tener algo que decir, el coronavirus todavía no.

Jesús Conde, en su explotación láctea Conde da Xesteira, en Lamas. / Bernabé/Javier Lalín

“No tuvimos tiempo ni para coger el virus”

“No tuvimos tiempo ni para coger el virus. El trabajo fue constante”, explica Jesús Conde, propietario de la explotación Conde da Xesteira, especializada en la producción láctea. “A las vacas hay que cuidarlas así que, en este sentido, no lo notamos”, apunta este productor estradense. Su granja tiene cerca de cien cabezas, que no entienden de pandemia. Cada día precisan sus cuidados y también ofrecen su mejor leche, de tal modo que la actividad no ha cesado en este rincón del rural de A Estrada.

Conde reconoce que, ya desde un punto de vista particular, el virus sí le ocasiona temor, pensando en las personas de edad avanzada que hay en casa. Además, confiesa que se cuida mucho de extremar todas las precauciones porque su medio de vida no puede permitirse que las dos personas que se encargan de la explotación caigan enfermas. “Si uno de nosotros coge el virus no podríamos salir de casa. ¿Cómo cuidamos entonces de los animales?, se pregunta retóricamente este estradense. Incide en que ello le llevó a efectuar el reparto de la leche que producen sus vacas contemplando con esmero todas las medidas mantener alejado al coronavirus y garantizar la seguridad en el establo.

“Así que aquí seguimos, trabajando como tontos a precios ridículos y sin margen”

Jesús Conde

decoration

Señaló este ganadero que el ritmo de producción de la explotación Conde da Xesteira mantuvo a lo largo de todo este año de crisis sanitaria sus ritmos de producción, con entre 1.500 y 1.600 litros diarios. Una parte muy pequeña de esta leche la destinan a la venta directa y el resto se vende a una central que acude a la granja a recogerla “El sector no está pensado para el caso de que tengan que confinarse los propietarios o trabajadores de la explotación”, reflexionó Jesús Conde.

Alberto Baños, con una de las 800 gallinas que producen los Ovos de Volteiro. Bernabé/ Cris M.V.

“El balance es bueno; comer hay que comer”

En abril de 2019, Alberto Baños decidió apostar. Lo hizo por la libertad, la suya y la de sus gallinas. Dejó la oficina y comenzó a comercializar los hoy famosos Ovos de Volteiro, procedentes de gallinas que viven dichosas en una finca de Gondomar de Abaixo, en la parroquia estradense de San Xiao de Vea. Antes de que su negocio cumpliese un año, llegó la crisis sanitaria del coronavirus. Sin embargo, su ámbito de actividad no se cuenta entre los más castigados por la pandemia. “Comer hay que comer”, apunta Alberto, que confiesa que el 2020 no se ha portado mal con su explotación.

“El balance es bueno”

decoration

Apunta que sus resultados de 2020 mejoraron los de 2019, si bien recalca que este último fue el ejercicio en el que su negocio se echó a andar. Con todo, este productor de A Estrada apunta que la situación que arrastra la hostelería se está dejando notar. “Cualquier empresa que trabaje con la hostelería tiene que notarlo”, insistió. En su caso, un 70% de la producción se dirige al sector de la alimentación y un 30% se corresponde con el consumo de los hosteleros. En estos momentos, la finca O Volteiro, que bautiza a estos huevos camperos, reúne a unas 800 gallinas que viven felices y a sus anchas. Producen una media de 720 huevos al día. La desescalada se está notando. “Hoy estoy de reparto y todo lo que llevo es para hostelería. En otras semanas no había nada”, indica. Su idea empresarial partió de comercializar huevos como los de casa con todas las garantías de sanidad para el consumidor.

Begoña Iglesias y Nieves Rodríguez, en A Artesa. / Bernabé/Javier Lalín

“Aumentaron los clientes, pero más en los primeros meses”

A Artesa no tiene muchos metros de superficie, pero los suficientes para reunir lo más selecto del producto con sello de A Estrada. En este establecimiento de proximidad de la Rúa Iryda se han formado durante esta pandemia largas colas de clientes deseosos de hacerse con las hortalizas de Lamas, la sidra de Agar y Ribela, el pan de Rubín o de San Miguel de Castro, la miel de Moreira, los chorizos de Barbude, el queso de Santeles, el aceite de Callobre o las galletas de Codeseda, entre otros muchos productos con acento local.

Uno de cada cuatro españoles ha tenido miedo a morir por Covid-19, según el CIS Agencia ATLAS

Detrás del mostrador, Begoña Iglesias reconoce que durante los primeros meses de pandemia las ventas se incrementaron, en parte por la apuesta por el producto de cercanía y, también, por el miedo de los consumidores a las aglomeraciones que podría encontrar en los supermercados más grandes. “Ahora la gente perdió un poco el miedo y no hay dinero para mover”, apunta esta comerciante. “La gente sigue viniendo a por productos naturales pero antes venía más; se fue perdiendo el miedo a las aglomeraciones”, señala.

“Notas que la gente está un poco frenando. Todos vamos detrás de la hostelería y a las seis de la tarde no es un horario normal; hay más movimiento cuando la hostelería está abierta”

decoration

Aunque considera que ahora mismo mucha gente presta mayor atención al precio porque “sabe que esto va para largo”, no deja de reconocer que el producto local tiene un público fiel.

Carlos Carollo, en las instalaciones de Embutidos San Martiño, en Barbude.

“En esta época se gastó más en alimentación”

“Las ventas en hostelería quebraron, por lo menos en un 90%, pero, por otro lado, la gente gastó más en alimentación y nos mantuvimos bien. Lo que pierdes de vender por un lado, lo vendes por otro”, explica Carlos Carollo, desde Embutidos San Martiño, un negocio de transformación aunque directamente vinculado a la actividad primaria.

A la semana, esta firma –una empresa familiar con más de 70 años de experiencia en la elaboración de embutidos y afincada en la parroquia estradense de Barbude– produce unos 4.000 kilos de chorizo. La pandemia les obligó a cambiar su forma de trabajar, haciendo que se habilitase un turno de mañana y otro de tarde para intentar que, si saltaba un positivo en uno de ellos, el otro pudiese garantizar que la producción de la empresa siguiese adelante.

“Vendemos mucho en tiendas pequeñas y se notó que vendían más y que todavía siguen haciéndolo”

Carlos Carollo

decoration

Expone que muchas personas, a lo mejor en régimen de teletrabajo, comenzaron a apostar por la comprar en establecimientos de proximidad, cuestión a la que favoreció el hecho de que los desplazamientos estuviesen limitados. “Y mucha de esta gente se quedó”, continuó, apuntando a la fidelización de este tipo de mercado. El volumen de ventas de Embutidos San Martiño logró mantenerse pese a la pandemia. Ahora trabajan para sacar también al mercado sus salchichones.

Los fundadores de Rebulideiro Granxa Eco, con productos de huerta ecológicos, mermeladas artesanales y fruta deshidratada. / Bernabé/J.C. Asorey

“Nos aumentaron mucho los pedidos”

Lucía Gómez y Manuel Rey sembraron hace tres años lo que acabaría siendo su medio de vida. En un primer momento, Rebulidoiro Granxa Eco simplemente tenía la intención de que esta familia comiese de un modo más sano. Sin embargo, poco a poco comenzaron a dar pasos para ir ampliando su quehacer hasta apostar por la profesionalización de estos cultivos. Tres años después, Lucía reconoce que la situación vivida durante la pandemia les ayudó, en la medida en que sus pedidos se vieron incrementados. “Aumentaron los pedidos de cestas a domicilio”, señaló esta vecina de Santa Cristina de Vea, que reconoce que los de la hostelería “están subiendo y bajando” por la propia situación que atraviesa el sector.

Sus productos con certificación ecológica llegan a algunas tiendas y se comercializan a través de una lista de distribución de Whatsapp, en la que ya figuran unas 80 personas. Con esta herramienta se gestionan los pedidos, que se reparten dos veces a la semana. Productos frescos recogidos solo unas horas antes. “En alguna gente hubo concienciación y se apostó por la comida ecológica, buscando mejorar su alimentación para estar mejor de salud”, explica esta productora, poniendo el acento en que mucha gente considera que una buena alimentación puede ayudar a sus defensas contra el COVID. Hay semanas que entregan 15 o 20 cestas. “Se incrementó muchísimo. Antes de la pandemia teníamos clientes fijos. Ahora los seguimos teniendo pero, además, muchos variables. Aumentó más de un 50%”, indican.

Compartir el artículo

stats