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Tan cerca y tan sano

La pandemia eleva el recurso de los vecinos, en especial los de mayor edad, a los servicios de reparto a domicilio de productos frescos de alimentación en el ámbito rural

Una repartidora de Pescadería Pinche, ayer, en una de sus paradas en Nigoi.  | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Una repartidora de Pescadería Pinche, ayer, en una de sus paradas en Nigoi. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Una trabajadora de A Fogaza deja el pan a una vecina de Loimil y a su nieto. | // BERNABÉ/JAVIER LALÍN

Carmen cubre su ropa con el mandilón de cuadros que no puede faltar en una casa de aldea. La imagen de muchas madres y abuelas gallegas va entrañablemente ligada a esta prenda. Tan pronto como ve la furgoneta ir deteniéndose en las casas vecinas, se apresura a salirle al encuentro, sin que el repartidor tenga que molestarse en tocar la bocina para avisar de su llegada. Hoy preparará chipirones para su familia y, para comprarlos, no ha tenido siquiera que dejar descansar el mandilón en la percha de la cocina que le tiene asignada. Ahora, más que nunca, el reparto de productos frescos es una bendición para reducir las salidas al supermercado, un quehacer que para esta vecina del rural estradense supondría 20 minutos de viaje hasta la villa, sin contar con el tiempo de aparcar, desplazarse hasta la pescadería o superficie en cuestión y aguardar su turno antes de emprender el camino de vuelta con la bolsa de la compra.. Todo este tiempo se traduce, en la era del coronavirus y con los contagios totalmente disparados, en tiempo de exposición. Dulce melodía la de la bocina.

Pensar en el reparto de víveres en furgoneta por las aldeas es casi una estampa romántica y anacrónica. Sin embargo, por suerte para muchos, es un servicio más necesario y valorado que nunca en tiempos de pandemia. Panaderos, pescaderos o empresas dedicadas a la comercialización de piensos y productos para el campo realizan muchos kilómetros cada jornada para surtir a sus clientes, muchos de ellos de edad avanzada y con dificultades para desplazarse hasta núcleos urbanos en los que abastecerse de productos frescos. Pan y pescado son dos imprescindibles de la dieta que escasean en el menú que ofrece el campo. La mayoría tienen la carne asegurada en el corral y en el establo; fruta y verdura en el huerto y, algunos, también la leche. Sin embargo, comprar pescado exige un desplazamiento y son ya muy pocos los que encienden el horno para cocer su propio pan.

“Cuando no puedes salir, descubres lo importante que es tener un servicio como este, que te lo trae a casa. En esta pandemia pudimos reflexionar sobre el privilegio que tenemos, porque mucha gente mayor no tiene la opción de desplazarse”, explica la nieta de Carmen, que recuerda cómo toda su vida el pescadero llamó a la puerta de su casa, como sigue haciendo dos veces por semana. Reconoce que las ventajas de movilidad de las nuevas generaciones permiten llenar la despensa con productos de otros negocios. Sin embargo, el confinamiento animó a esta familia a tomar la decisión de comprar el pescado que consumen únicamente al pescadero que se ha mantenido fiel todos estos años para llevarles a casa la frescura del mar. “En estos momentos, para una persona mayor no es lo mismo bajar un momento al camino con la mascarilla que ir a un supermercado, por ejemplo, que ya sería mucho más tiempo de exposición”, apuntan.

De la lonja a la aldea

Elvira es una de esas repartidoras que acerca al rural el pescado que salió de la lonja unas horas antes. Trabaja para la Pescadería Pinche de A Estrada y reconoce que prefiere el reparto que trabajar en tienda. Su “puesto” está tan bien surtido como cualquiera que uno pueda encontrar en la plaza. Este viernes se ha vendido muy bien el pulpo, pero no han faltado las luras, fanecas, bacalao, jibia, merluza, jurel o las ricas xoubiñas. Por lo general, el cliente observa y elige, aunque las casas que se saben al final de la ruta de reparto aseguran sus preferencias llamando por teléfono para que se las reserve.

“Es muy bonito. Me gusta mucho el reparto porque estás en contacto con la gente. Muchos son personas mayores y, en general, son todos muy buenos y agradecidos. Esos días de helada o en los que llueve me ofrecen un café o algo caliente o me preguntan si tengo necesidad de ir al baño”, explica. Elvira Rey se reincorporó al mercado laboral hace meses, después de que un accidente de tractor le ocasionase problemas de movilidad. No puede, ni pretende, ocultar lo feliz que está con el trabajo que tiene. “Ahora la gente se para menos por el virus, pero muchas son personas que viven solas y que tienen necesidad de hablar”, reconoce.

El reparto de pescado en el rural se hace escuchar con el sonido de la bocina. La gente sale a la puerta, con la cartera en la mano o para informar de que están servidos. A los clientes habituales se suman estos días otros que, generalmente, se encuentran trabajando fuera pero que ahora están confinados en su hogar. En estos casos se adoptan medidas de protección adicionales y se evita por completo el contacto, pero no se les deja sin suministro. “Hoy son ellos y mañana somos nosotros”, sentencia Elvira. A ella, como a otros repartidores de Pescadería Pinche, les toca llevar hasta la puerta el pescado que se compra en los puertos durante la noche. Son al menos cinco horas haciendo sonar el claxon para vender frescura puerta a puerta.

Fresco y tierno llega también el pan al rural de las comarcas de Deza y Tabeirós-Terra de Montes. En la estradense Panadería A Fogaza las furgonetas de reparto comienzan a salir a primerísima hora para sus siete rutas de distribución en aldeas. El último vehículo sale a las 08.30, si bien algunos clientes ya tienen el pan para desayunar o preparar el bocadillo para el trabajo colgado en su puerta a las 06.30. Recién salido del horno.

No solo dan vive el hombre. Las furgonetas de A Fogaza van provistas también de empanada, bollería y encargos que puedan realizar los clientes, sumando a su variedad un amplio surtido de dulces, pan de molde o galletas para el fin de semana. Su llegada se anuncia a golpe de bocina para que el cliente salga a recibir su pedido o bien se deja el pan en el lugar convenido con el cliente.

“En el confinamiento ofrecíamos también un servicio de compra a nuestros clientes mayores que viven solos. Hacíamos una lista y les íbamos al supermercado, entregando sus productos en un caja cuando le dejábamos el pan. Por ahora no volvimos a hacerlo pero, a lo mejor, hay que pensar en repetirlo”, apunta José Manuel Loureiro. “La gente tiene más miedo ahora que antes; mucho más en estas fechas que en abril del año pasado”, expone. Cuando se le pregunta por qué, lo tiene claro: “Llegó más cerca”. Su reflexión encuentra pronta explicación en el propio cambio en la percepción social de la enfermedad y en la confirmación de que el rural no es, ni mucho menos, inmune a la extensión del coronavirus. “Antes la gente salía sin mascarilla a buscar el pan e, incluso, les parecía mal si se les pedía que guardasen la distancia. Ahora ya no es así”, apunta. De hecho, asegura que está pensando en llevar TPV en sus furgonetas de reparto para cobrar –hay clientes que pagan al contado pero otros saldan sus cuentas semanal o mensualmente– con tarjeta. “Nunca tanto pan cobré por el banco como hasta ahora. La gente no quiere andar con dinero”, indica.

Aldeas que se vacían o los cambios en los hábitos de consumo hacen que muchos profesionales de la panadería abandonen este reparto por las aldeas y se queden solo con el despacho. Sin embargo, en tiempos en los que el enemigo está ahí fuera y en los que quedarse en casa ayuda a que pierda terreno, este servicio de corte nostálgico y pintoresco permite estar cerca aunque toque estar lejos.

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