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La ansiada segunda dosis de José

Los 33 trabajadores y 46 usuarios de la residencia de Vila de Cruces, incluidas tres centenarias, se convierten en los primeros vecinos de ambas comarcas en completar el ciclo de vacunación

Las tres centenarias (en el centro), junto a otros usuarios y personal.

Las tres centenarias (en el centro), junto a otros usuarios y personal.

José Videira a la espera de su dosis.

José Videira a la espera de su dosis.

Vacunación de una trabajadora.

“Bien, muy bien. Nada de dolor, no noté nada, ni ahora ni la otra vez”, responde vía móvil la centenaria María Sánchez Campa al ser preguntada por la vacunación contra el COVID-19 que completó ayer, tras haber recibido la primera dosis el 30 de diciembre. El proceso implicó a 46 usuarios y 33 trabajadores, toda la comunidad geriátrica, salvo el anciano que estaba hospitalizado –por motivos ajenos al virus– cuando se inoculó la primera dosis, que será citado aparte. Ahora les toca esperar una semana para ver si la sustancia inyecta cumple su función inmunizadora.

La jornada de vacunación discurrió con absoluta normalidad y con más rapidez que la primera, dada las mañas adquiridas desde entonces por sanitarios y pacientes. Solo había que combatir el ansia que, en mayor o menor medida, suele llevar consigo toda espera. Que se lo digan a José. “Lo que quería era que la trajeran pronto, que no esperaran mucho tiempo, y así fue”, declaraba este septuagenario, muy contento por haber estado entre los primeros vecinos de Deza y Tabeirós-Montes en recibir los dos aguardados pinchazos. “La vacuna bien, todo perfectamente”, añade.

Con 77 años cumplidos el 2 de enero, José Videira Covelo ya piensa en volver a su casa de Chapela –“al lado del periódico”, como él mismo dice en alusión a la sede de FARO DE VIGO– en cuanto las circunstancias sociosanitarias lo permitan. ¿Cómo termina un redondelano en un geriátrico dezano? La pérdida de la hija con la que convivía le afectó sobremanera y tuvo que ser ingresado en un hospital. Cuando le dieron el alta eran los albores de la pandemia, por lo que le plantearon ir a una residencia para estar mejor atendido y había una plaza libre en la cruceña. En absoluto se arrepiente. “Cuando me vaya os echaré de menos siempre, y si tuviera algún problema os avisaría para volver aquí”, le dice a su “amiga” Rocío Carbón, directora del centro. “Aquí las personas son maravillosas”, declara el hombre. “También él lo pone fácil”, apostilla Carbón.

Entre las personas vacunadas ayer en Vila de Cruces hay tres mujeres centenarias y dos de ellas pueden presumir de haber sobrevivido ya a otra gran pandemia del siglo pasado: la de la gripe española de 1918. Son Encarnación Placer Cuiñas, que cumple 104 años el 15 de abril, y “se maneja” con el ascensor, aunque tiene dificultades para caminar, e Isaura Tojo Galeano, que llega a los 103 el 27 de enero. Las dos trabajaron como internas con sendas familias, una en A Coruña y otra en Santiago de Compostela, con las que mantienen vínculos muy estrechos. “A las llaman tata, les quieren mucho, se preocupan por ellas”, explica Rocío Carbón, que corrobora que, como el resto de la comunidad de convivencia, no han padecido secuela alguna de las dosis anti-COVID recibidas. Las dos ingresaron en el centro porque sus cuidadoras, hijas o nietas de las familias que ellas mismas ayudaron a sacar adelante, “también se fueron haciendo mayores” y no podían proporcionarles la atención debida. Pero volverán a visitarlas e incluso a llevarlas de fin de semana en cuanto “todo esto pase”. “Porque la convivencia familiar no se pierde por estar en una residencia”, subraya la responsable del geriátrico cruceño, ni aun con la distancia. Al principio, cuando a Encarnación, le tocó Vila de Cruces, su familia pidió el traslado, por la distancia que hay hasta A Coruña, “pero le daban una residencia con mucha gente y, más tarde, ya decidieron que se quedara porque se adaptó muy bien”, relata Carbón.

Costurera titulada

El trío de centenarias se completa con la estradense de adopción María Sánchez Campa, nacida el 18 de abril de 1920 en un pueblo del municipio de Verín. Se dedicó a la costura toda la vida, hasta que era “bien mayor”, con taller propio, y después de haber obtenido “el título”, como ella misma se encarga de remarcar desde el otro lado de la línea telefónica. A una edad tardía para la época, con 41 años, se casó con un cabo de la Guardia Civil y, tras una estancia en Zamora, la pareja vino a establecerse en Nigoipara cuidar de una cuñada. A esta parroquia estradense anhela retornar, para ver sus frutales y saludar a sus vecinos. “Quiero volver en cuanto esté bien y la situación mejore”, confiesa María.

Las dos “tatas” centenarias

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