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El entierro de Loriga, de Madrid a Losón

El cadáver del glorioso aviador fue traído en un féretro de caoba con incrustaciones de plata desde Madrid, pasando por Ourense, a Lalín | Fue recibido por un enorme gentío con las calles cubiertas de flores y los balcones con crespones negros | Está enterrado en el panteón familiar de la iglesia de Santa Eulalia de Losón

Recibimiento de los restos del aviador en loor de multitudes en el centro de Lalín. |   // VIDA GALLEGA/GALICIANA

Recibimiento de los restos del aviador en loor de multitudes en el centro de Lalín. | // VIDA GALLEGA/GALICIANA

Gentío ante la iglesia y uno de los aviones. | // VIDA GALLEGA/GALICIANA

Eliseo Loriga, a su llegada al templo lalinense. | // VIDA GALLEGA/GALICIANA

Llegada de la comitiva a la estación de Ourense. | // VIDA GALLEGA/GALICIANA

Joaquín Loriga Taboada. | // /DOMECQ EN GALICIA/GALICIANA

El féretro a su llegada a Prado. | // EL IDEAL GALLEGO/GALICIANA

El joven e intrépido aviador Joaquín Loriga Taboada falleció el día 18 de julio de 1927, víctima de un desgraciado accidente, días después de haber sido gloriosamente aclamado en Lalín y en toda Galicia. Se encontraba probando en el aeródromo de Cuatro Vientos (Madrid) un avión recientemente llegado desde París y, cuando se hallaba a una altura de sesenta metros, descendió violentamente el aparato, destrozando el cuerpo del aviador, que falleció instantáneamente. La prensa de la época narra con todo detalle como fue el traslado del féretro con el cadáver de Loriga, desde Madrid hasta el panteón familiar en el interior de la iglesia de Santa Eulalia de Losón, parroquia que alberga el famoso santuario de O Corpiño.

Minutos antes de las cinco de la tarde, del día 20 de julio, hora señalada para trasladar el cadáver a la estación del Norte, las autoridades dieron orden de cerrar el féretro. El cadáver iba en una caja de caoba con incrustaciones de plata y en la parte superior un crucifijo de caoba e incrustaciones de esta misma madera. En ese momento los familiares que allí se hallaban –la viuda, el padre y la hermana– pidieron como última merced que se les dejara besar el cadáver. Se accedió a ello, desarrollándose la triste escena que es de suponer. Al fin y tras no pocos esfuerzos se consiguió apartar a los familiares de la capilla ardiente, procediéndose a organizar el traslado del cadáver. A las cinco, el féretro fue sacado a hombros de sus compañeros Ruiz de Alda, Estévez, Belloch, Álvarez, Builla, Anselmo y Méndez hasta la carroza. Una escuadrilla de biplanos Breguet realizó diversas evoluciones sobre la carroza, arrojando flores. En los alrededores del Hospital Militar había una gran multitud de gente.

Se organizó la comitiva, ocuparon la presidencia el obispo de Madrid; el comandante Serra, que ostentaba la representación del Rey; el conde del Grove, tío del aviador muerto, en nombre del príncipe de Asturias; el jefe superior de la Aeronáutica Civil, en representación del ministro de Trabajo; el general Soriano con otros miembros del Consejo Superior de Aeronáutica militar; el comandante Franco; el agregado aéreo de la Embajada de Italia, comandante Zapettoni; el jefe de los servicios aéreos, coronel Kindelán; el alcalde de Madrid y el presidente de la Diputación; el capitán general de Madrid; el gobernador militar; el presidente y vicepresidente del Aéreo Club Duque de Extremera y Rentería, y otras muchas personalidades.

El féretro iba envuelto en la bandera nacional que regalaron a Loriga los españoles de Filipinas, cuando realizó el vuelo a Manila. Lo colocaron en una carroza, tirada por cuatro caballos. Fuerzas del batallón de Aviación rindieron honores al cadáver. El féretro era escoltado por una escuadra de dichas fuerzas, al mando de un cabo. Antes de ponerse en marcha la comitiva, el clero cantó un responso. El paso de la comitiva por el pueblo de Carabanchel fue presenciado por todo el vecindario y muchas mujeres arrojaron flores sobre el féretro. La despedida del pueblo de Carabanchel al glorioso aviador fue emocionante.

La comitiva era enorme, en ella figuraba un gran número de personalidades y representaciones. Inmediatamente detrás de la carroza fúnebre, iba en un coche acompañado de varios familiares y amigos íntimos, el padre del aviador muerto, Eliseo Loriga, coronel de Artillería. El número de automóviles se acercaba al millar y formaba una cola interminable. Se dirigió por la Puerta de Toledo y el Paseo Imperial a la estación del Norte, presenciada por millares de personas.

Poco antes de las seis de la tarde habían llegado a la estación del Norte destacadas personas para despedir el cadáver de Loriga. Entre ellas había una representación muy numerosa de todas las armas y cuerpos del Ejército. En la estación y sus alrededores se agolpaba el público. En el andén estaba el ministro de la Guerra, duque de Tetuán. La carroza fue conducida al interior del andén donde estaba preparado un furgón, en una vía muerta, al cual fue trasladado el féretro, quedando convertido en capilla ardiente, para unirlo luego al tren de Galicia. Fueron colocadas todas las coronas, quedando convertido en un verdadero jardín.

Entre tanto, dos escuadrillas de aviones, que habían venido dando escolta al féretro desde el hospital, evolucionaron sobre el furgón arrojando gran cantidad de flores. El momento era de una sencillez verdaderamente emocionante. El padre y demás familiares de Loriga, querían acompañar al cadáver en el mismo furgón, donde iba el féretro, pero se les hizo desistir, ante el temor de que las emanaciones de tantas flores, les fuese perjudicial. Se les acomodó en un departamento de primera clase en el mismo tren. El ministro de la Guerra, en nombre del gobierno cumplimentó al coronel Loriga y demás familiares del fallecido, dándoles el pésame. Velando el cadáver de su compañero, viajaron en el furgón el comandante Belloch, íntimo amigo del comandante Loriga y el primo del finado señor Taboada. Como el peligro de las flores era real, las puertas del furgón fueron entreabiertas durante todo el viaje, para librar a Belloch y Taboada de las emanaciones perniciosas de las flores.

A las siete y veinte en punto, arrancó el tren, en medio de un sepulcral silencio. Todo el mundo, que llenaba los andenes de la estación, descubierto o en posición de saludo permaneció callado mientras el convoy abandonaba la estación. En muchos ojos se observaban lágrimas. Los aeroplanos que habían escoltado la comitiva durante todo el trayecto, volaron largo trecho sobre el tren, arrojando flores. Todos los aeroplanos llevaban crespones negros en las alas. Esta fue la primera vez que se enlutaban los aeroplanos.

Desde mucho antes de las diez de la mañana del día 21 de julio empezaron a acudir gran número de personas a la estación de Ourense, deseosas de rendir el último homenaje a la memoria del malogrado aviador. Momentos antes de las diez y media, hora señalada para la llegada del Expreso, era materialmente imposible dar un paso por los andenes que se encontraban invadidos por el público como también la explanada exterior. A la hora fijada hizo su entrada en la estación el expreso procedente de Madrid. El momento fue de gran emoción. En el tren venía el furgón convertido en capilla ardiente, tapizado con paños negros y atestado materialmente de flores. En un coche inmediato venían el padre y la madre del fallecido, Eliseo Loriga y Esperanza Taboada, su viuda, Josefina Ruiz, y su hermana Araceli; los aviadores que le acompañaba desde Madrid, el comandante Estévez y Vello, el capitán Taboada primo del finado y Méndez Builla.

El Gobernador Civil Muñoz Delgado, el alcalde Ginzo Soto y el provisor y vicario general de la diócesis Bugallo se acercaron al coronel Eliseo Loriga, dándole el pésame en nombre de la ciudad. El padre del finado fue informado del deseo del pueblo de Ourense de que el cadáver fuese depositado en el Ayuntamiento aunque solo fuese brevísimo tiempo, a fin de realizarle el último homenaje; agradeció vivamente la atención, rogándoles que le eximiesen de ella, dado el estado de abatimiento en que habían realizado el viaje los familiares.

Después de las entrevistas de las autoridades con los familiares, se procedió a abrir el furgón. El féretro fue sacado por los aviadores compañeros del finado. Seguidamente se organizó la comitiva; el féretro fue llevado en hombros por los comandantes Estévez y Vello, capitanes Taboada y Méndez Builla, el ingeniero director de la fábrica de A Malinga, González Labarga, compañero de promoción del finado y el capitán del Batallón de Cazadores Guillén. En el andén se cantó un responso por el clero parroquial de Santa Eufemia del Centro, con cruz alzada, presidido por el párroco Carral. El duelo iba presidido por el coronel Loriga, el R. P. Gómez, de los Paúles, que había conocido a Loriga en Manila y que, estando accidentalmente en Madrid, vino acompañando el cadáver.

Una vez despedido el duelo, el féretro se depositó en una camioneta de la Jefatura de Obras Públicas, para acompañarle hasta Lalín numerosos automóviles. En el furgón fueron introducidas las coronas que acompañaban al féretro: las de los ayuntamientos de Ourense, Monforte y Santiago de Compostela, las de los obreros y los compañeros de Cuatro Vientos y los compañeros de Monforte, la de la Societé des Avions Alberty et Les Pilotes Français, las de su querido amigo y compañero, el comandante jefe del Grupo Joaquín Loriga, la de la Aeronáutica Naval, la del Real Aero Club de España, la de Construcciones Aeronáuticas SA, la de Omir Ibérico Industrial, la del Mercantil y Español de Filipinas, la de Esparza y Calpe, la del Centro de Galicia de Madrid.

En las inmediaciones de Dozón aguardaban al cadáver de Loriga, todas las autoridades de Lalín, gran número de particulares y amigos. A las dos y media de la tarde llegó la comitiva. El alcalde de Lalín, Sr. Aller, al que acompañaban el juez de Instrucción y el registrador de la propiedad, avanzó hasta el coche de los familiares de Loriga, dándoles el pésame en nombre del pueblo.

A las tres de la tarde llegó la comitiva fúnebre a Lalín. Iba delante el coche del señor Velón y seguidamente la camioneta de Obras Públicas de Ourense con el cadáver y, a continuación, los demás coches. Todo el pueblo se agolpaba impaciente por rendir el último tributo de admiración y cariño a su ilustre paisano.

Cuando la camioneta que conducía el féretro hizo su aparición, cayó sobre ella una verdadera lluvia de flores. Delante del padre del finado, se sacó el féretro del aviador que venía cubierto por un gran número de coronas ya reseñadas y por la bandera de España.

Las coronas fueron recogidas por los numerosos amigos y paisanos del aviador, formando con ellas una doble fila por entre la que desfiló el féretro, conducido en hombros de los compañeros y amigos, entre ellos los señores Velón, Gustavo Fernández, Poza Juncal, Goyanes y Golmar, hasta la iglesia parroquial, en la que se había instalado un túmulo y sobre el que se colocó el ataúd, estando expuesto una hora, cantándose seguidamente un responso, que presidía el clero, llevando la capa pluvial, el presbítero Ramón Aller; la iglesia estaba abarrotada de gente que se mostraba profundamente apenada. Terminada la ceremonia, el hijo del cónsul alemán en A Coruña, Eladio Rodríguez colocó una preciosa cruz de flores naturales sobre el féretro, al ver lo cual el padre del finado se inclinó sobre la misma, besándola.

Luego fue sacado el cadáver del templo y se organizó el nutridísimo cortejo, el que había sido engrosado por distintas personalidades, como el notario Cándido Calvo Cambón, el registrador de la propiedad Jacobo Varela Menéndez, el vizconde de San Alberto y primogénito, el teniente de alcalde de Santiago Ramón Mosquera Codesido que ostentaba la representación del alcalde de Compostela, integrando la comisión santiaguesa que era portadora de una preciosa corona de flores, el canónigo Antonio R. Vilasante, el conde Canalejas, Harguindey, el auditor de la Armada Rodríguez Toubes y el industrial Pérez Carnicero, los curas párrocos de Bendoiro, Sixto, Dozón y los presbíteros Emilio Rodríguez Calvo y Benito Rodríguez, encargado de la parroquia de Lalín y otras muchas personas.

Se inició la marcha en medio de un silencio religioso, figurando en el duelo los apenadísimos familiares del finado, todo el pueblo de Lalín y muchísimas personas de los municipios limítrofes. Todos los comercios cerraron sus puertas, los balcones estaban enlutado con crespones y un crespón negro cubría la lapida que recientemente se había colocado, dando el nombre de Joaquín Loriga a la principal calle de Lalín.

El alcalde Aller hizo presente al padre del aviador el deseo del Ayuntamiento de que se aplazase hasta el día siguiente el entierro para hacer capilla ardiente en el salón de aquél, pero Loriga no accedió a ello fundándose en que así había obrado con el de Ourense, que le dirigió el mismo ruego. En el puente a la salida de Lalín, se instaló nuevamente el féretro sobre la camioneta y custodiada por la Guardia Civil, que le rindió un respetuoso tributo, siguió el cadáver hasta Prado, yendo inmediatamente detrás la familia del finado ocupando el coche de Jorge Quiroga. Apenas iniciada la marcha, aparecieron cinco aeroplanos que con singular maestría seguían la ruta del cortejo. Mandaba dicha escuadrilla, que procedía de la base de Burgos, aunque actualmente se encontraba en Monforte, el capitán Bermúdez de Castro y en la que figuraba como uno de los elementos el aparato pilotado por el capitán Pardo y el jefe de la base de Burgos Sanz de Buruaga.

A las cuatro y media de la tarde llegó el cadáver al pueblo de Prado que estaba también enlutado, recibiendo el cadáver con muestras de honda impresión. Al llegar el féretro en vuelto en la bandera española, fue colocado en el salón de la escuela de niños que se convirtió en capilla ardiente acondicionada por las maestras doña Julia Calvo y doña Carmen Castromil, en las paredes había preciosas coronas dedicadas por el vecindario de Prado. Se rezaron varios responsos; desfilando después por delante del mismo todo el vecindario, muy apenado y rezando el Padrenuestro.

Allí estaba una comisión presidida por el cura párroco de Prado, los señores Cortizo y Madriñán; los tenientes alcaldes de Vigo, Domínguez Luna y Abal, que trajeron una preciosa corona de flores. Tanto en Lalín como en Prado, los niños de las escuelas públicas participaron arrojando sobre el féretro multitud de flores naturales.

Terminadas las plegarias, los mozos de Prado y aldeas limítrofes se brindaron a conducir en hombros el cadáver del aviador hasta la última morada de Loriga, en Losón. Entre otros participaron los mozos Failde Rozas, Álvarez, los hermanos Blanco y García. Siguió todo el cortejo por el camino hasta O Corpiño, a donde llegó a las siete de la tarde, después de recorrer diez kilómetros, en cuya iglesia de Santa Eulalia está el panteón de la familia Loriga. Rezado por el clero el último responso, los restos mortales del infortunado aviador Loriga fueron inhumados en el panteón familiar, en medio de una intensa emoción de todos los presentes.

El alcalde de Lalín ostentaba la representación oficial de los gobernadores civil y militar de la provincia y de muchos alcaldes de los municipios limítrofes. También recibió infinidad de telegramas, entre ellos los del Club Lalín, de La Habana; del presidente del Centro Gallego, de La Habana, del Comité hispano-filipino, Sociedad Hermanos del partido de Lalín en La Habana y otros muchos.

Terminado el funeral, cuando el padre de Loriga, abrazado a los aviadores Estévez y Gallarza, se apartaba de la tumba, decía: “Adiós, Joaquín, ahí te quedas solito”. Un paisano que lo oyó le replicó al momento: “Non señor, non, non queda solo quedamos nós perto d`el para traerlle flores e rezarlle. Tanto como o poida querer vostede o queremos nós e fillo d’ista terra e noso”. Eliseo abrazó emocionado al noble y generoso paisano. Los familiares volvieron al Pazo de Liñares, en Prado, desde donde en automóvil se dirigieron a Santiago con objeto de reunirse con la abuela del aviador que residía en dicha población.

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